No me caracterizo últimamente por tener pensamientos ingenuos. Cuando se trata de política la limpieza de miras casi nunca existe. Y si no hay limpieza de miras en los intérpretes, tampoco debe haber en la crítica. Por eso no voy a exigir a un gobierno como el mío –que, como todos, debe tener cierto grado de pragmatismo y se debe diferenciar de una ONG- que critique abiertamente a Pekín por vulneración de los derechos humanos en estos días de Olimpiadas. Me hubiera conformado con un discreto segundo plano de nuestro país… pero no. Resulta que somos de sus mejores amigos, si se toman al pie de la letra las declaraciones que hizo el otro día Yang Jiechi, el ministro chino de asuntos exteriores.
Esas amistades, calificadas por algunos de peligrosas, para mí son causa de turbación y asombro. Creía que ZP era el adalid de los derechos humanos, las minorías desfavorecidas y los no alineados. Sin embargo, con China se venda los ojos y, como un monito de Gibraltar no ve, no oye, no dice. ¿Dónde está ese respeto por las micro naciones que de puertas para adentro tanto ejercita? Que yo sepa no ha dicho ni palabra de Tibet. Y esos sí que están mal, a diferencia de nuestras comunidades históricas.