Los políticos catalanes han llegado a ser maestros en la
deslealtad. Viven de ella. Viven de la separación. Han puesto énfasis hasta
límites inimaginables sobre sus particularidades supuestamente identitarias
(que en la mayoría de los casos no son más que rasgos folklóricos), para
cimentar sobre la diferencia una construcción ficticia de un Estado.
Para ello, siempre han jugado sus cartas de la misma manera,
aunque con desigual suerte. El truco ha consistido en aprovecharse de las
diferencias políticas entre los españoles. Ya en la Guerra Civil quiso Companys
hacerse independiente, aprovechándose de la debilidad de la República española.
Ese Companys era un mediocre y un traidor, al que los nazis con su entrega y
Franco, con su ejecución, dignificaron inmerecidamente. Aquellos tiempos
convulsos ya pasaron y, aunque haya algunos que quieran revivirlos, parece que
por fortuna la situación política es bastante más sosegada. Por eso Artur Mas
no tendrá la suerte de ver su postura dignificada. Aunque podría merecer una consideración de traidor, corren otros tiempos y bastará con dejar
que él mismo se consuma en sus delirios como un azucarillo en el café de la
historia.
Porque es eso, historia, lo que tiene España como Estado
independiente, y es eso precisamente lo que no tiene Cataluña, que nunca ha
sido siquiera reino, sino que formó parte del de Aragón, de quien parasita
colores e historia.
Hoy nos insultan al resto de los españoles con natural
desparpajo, fruto de mentes contaminadas por una odiosa y constante propaganda
que ha ido alternando el estado de ánimo de sus gentes entre el victimismo, el
odio y el rencor. Lo qie es una sedición en toda regla, lo ven como una
reclamación justa de identidad enraizada en lo más hondo de los sentimientos de
la gente catalana. Nada má
s falso porque ahora más que nunca han perdido la
oportunidad histórica de obtener la expresión real y sincera del pueblo
catalán, al que han bombardeado durante más de treinta años con una educación
manipulada y unos medios de prensa afines al poder.
Han hecho crecer un orgullo de identidad catalán basado en
falsedades y manipulaciones que han exacerbado a un pueblo. Un orgullo que
sería legítimo si se basara en la lealtad hacia el resto de España y sus
pueblos compañeros en la historia, pero que se torna ilegítimo porque se basa
en la diferencia y la separación.
Lo peor de todo es que ese pueblo será quien sufra más que
nadie las consecuencias. Lo van a pasar mal por culpa de sus políticos. Cuando
ese pueblo acuse la catalanofobia en sus carnes debería pensar que esa
animadversión no ha sido gratuita, sino planificada y preparada por sus propios
políticos rupturistas con España. Porque es precisamente a ellos – que quieren
la ruptura total – a quienes interesa victimizar al pueblo para justificar la
construcción de una independencia.
No es buena idea, desde luego, a esta altura de historia,
después de haber caminado juntos durante cientos de años, de haber mezclado los
apellidos, de haber intercambiado las poblaciones, de estar juntos y ser una
única nación, llamar a la segregación. La historia les pasará factura, en lugar
de reconocerles esta iniciativa indigna.