Hay tres tipos de corrupción
política, perfectamente diferenciables que se producen de distinta manera en
los partidos políticos.
1.- La forma individualista: El político que se vale de su cargo e
influencia para dejarse corromper por empresas privadas e impulsa contratos o
adjudicaciones irregulares o bien el que se lleva directamente cantidades del
presupuesto público a su bolsillo. Esta es una forma descarnada de robo al
bolsillo de todos los ciudadanos que, si están atravesando por malos momentos
debido a la crisis, se sienten doblemente indignados. Es el caso del Bárcenas,
Blesa o Gómez de la Serna: Tiburones engominados alineados normalmente con la
derecha. Se produce más frecuentemente en partidos liberales o conservadores y
tiene un impacto limitado sobre los presupuestos, pero muy grande sobre la
imagen. Se trata de políticos que, por su cargo, entran en contacto con
empresas y sociedades, interesadas en ser contratistas en infraestructuras,
suministros o servicios. Esos políticos tienen la llave para adjudicar y
obtienen a cambio las comisiones. Muchas veces los propios políticos
constituyen empresas “ad-hoc” con testaferros al frente para obtener contratos
públicos y esquilmar las arcas de las administraciones. Este tipo de corrupción
va ligada al ejercicio del poder y puede caer en cualquier partido con
independencia de su ideología, aunque es verdad que la sofisticación del mundo
mercantil y su potencialidad para el aprovechamiento en beneficio propio se
produce algo más en la derecha.
2.- El clientelismo: El político incurre en las mismas ilegalidades
y reparte algo más los fondos sustraídos o desviados entre gente cuyo voto (y
el de sus familias) capta sin problemas. Eso no quiere decir que no robe para
su propio bolsillo, que no sea comisionista irregular y se lleve pellizcos. Lo
que significa es que hay unos fondos que fluyen hacia unas colectividades cuya
intención de voto va quedando cautiva. Si esos colectivos son desfavorecidos
puede llegar a provocarse la apariencia de legitimidad. Aquí entra la corrupción
“ideológica”. Se paga a la gente con bienes procedentes de los presupuestos que
son de todos a cambio de una adhesión, simpatía o incluso filiación en el
partido. Y el pago no es necesariamente
único, puesto que se pueden reconocer derechos periódicos (por ejemplo
pensiones, inclusión en expedientes de regulación de empleo con prejubilación o
funcionarización de interinos sin reunir los méritos o la capacidad necesarios).
En estos casos el daño para los presupuestos es mucho mayor ya que el gasto
puede hacerse crónico y afectar a muchas personas. Y el dinero se derrama entre
miles de familias completas cuyos integrantes pasan a engrosar las listas de
estómagos agradecidos.
3.- La financiación irregular: Los partidos políticos en nuestro
país, a diferencia de otros, tienen limitada su obtención de ingresos, que debe
ser con cargo a los presupuestos. Esto significa que toda aportación privada a
los partidos (con el evidente ánimo de aupar al poder a una determinada
ideología) es ilegal y cuando se hace, se hace en negro. La iniciativa para
regular y limitar la financiación de los partidos partió de los socialistas en
tiempos de Felipe González (quizás porque pensaban que los partidos conservadores
podían tener un acceso más fácil a fondos privados por recibir más apoyo del
empresariado). Con el tiempo se ha hecho evidente que tanto socialistas como
conservadores pueden hacer acopio de recursos de procedencia desconocida y que
sus respectivas tesorerías tienen el reto de ocultar esos recursos y gastarlos
sin que se note, ni se origine alarma para las unidades de prevención de
blanqueo de capitales, dependientes del Ministerio de Hacienda. Ya pasó con
FILESA y recientemente con el PP. En otros países la financiación privada a los
partidos políticos (que al fin y al cabo son verdaderos lobbys) no es ilegal.
Es verdad que podría sospecharse que quien financia a un partido espera algo a
cambio. Pero eso únicamente demuestra que lo que hay que vigilar es la
actuación política posterior y la transparencia de actuaciones.
En definitiva, en nuestro país
hay muchas posibilidades de corrupción y deben redoblarse los esfuerzos para
evitarlas. Es una materia tan delicada que debería exigir el esfuerzo y el
compromiso de todos y no ser utilizada como arma política, con el ya
institucionalizado “y tú más”.
Partiendo de esta realidad y
viendo lo que sucede estos días en Galicia con Besteiro (por ejemplo) es
inadmisible que se quiera marginar y tratar a un partido político como el PP,
como si fuera el “apestado” de la cámara. Y hacerlo precisamente por tacharle
como corrupto, cuando la corrupción salpica a todos.
Pero Sánchez lo hace, consciente
de un par de realidades que merece la pena analizar:
En primer lugar la
primera de las formas de corrupción es mucho peor tolerada por el pueblo llano
a quien le resulta odiosa la figura del tiburón que se lo lleva crudo
mientras el pueblo pasa hambre. Esa figura han conseguido mantenerla asociada a
la derecha, sobre todo en Andalucía, donde aún se viven las secuelas
ideológicas de la lucha de clases entre terratenientes y jornaleros. La
propaganda es tremendamente eficaz: Asocian el aspecto físico de los chorizos a
los políticos del PP corruptos y a sus lujos y la gente se cabrea en la
dirección que ellos quieren y clama contra quien ellos quieren.
La corrupción de la izquierda se justifica por el fin último de
ayudar al pueblo. El escándalo de los EREs de Andalucía, por ejemplo, teniendo
un alcance mucho mayor y más perjudicial para los presupuestos, no se percibe
por la ciudadanía como un escándalo. Parece que lo perdonan más porque el
pueblo percibe que se está socializando la riqueza en beneficio de todos. Nada
más lejos de la realidad: Se está gastando lo que se obtiene de los impuestos
de todos (y sobre todo de la clase media) en beneficio de los amigos
pertenecientes a un determinado club, cuya llave la tienen los políticos
socialistas. Es como si nos hicieran a todos ser socios capitalistas de una
empresa solo para poner dinero y no nos repartieran nunca dividendos porque los
reparten entre otros. Sería una forma de quitarnos el dinero para dárselo a
otros cuyo único mérito es ser de la cuerda.
El robo se ve todavía más claro
con el escándalo de los cursos de formación. Ahí hay un fraude manifiesto
porque el dinero que se obtiene está sometido a una condición finalista: Que se
forme a la gente para que esté en mejores condiciones de encontrar trabajo. Mal
está que se den cursos sobre temas que nada tienen que ver con las relaciones
laborales, pero mucho peor que ni siquiera se impartan esos cursos y se sigan
percibiendo las subvenciones.
Las incursiones que también hace
la izquierda en el mundo mercantil son deliberadamente silenciadas por la
mayoría de los medios de comunicación, que prefieren recurrir al tópico del
tiburón con chistera de derechas. Pero el dinero no entiende de ideologías y
podemos ver casos como el de Moltó en Caja Castilla La Mancha o el del propio
Besteiro. Hay cientos de imputados en el PSOE, como para que al menos se lo
hagan mirar, y dejen de utilizar siempre el mismo argumentario sobre la
corrupción del PP.
Pero no lo hacen porque el
argumento de la corrupción es hoy muy eficaz con una gran bolsa de población
que sigue indignada porque viene padeciendo la crisis desde el 2009 y no
percibe mejoras en su vida. Esto nos conduce a considerara el segundo de los
factores que Sánchez conoce bien:
La prensa es mayoritariamente de izquierdas y esa mayoría es aún más
abrumadora cuando hablamos de las redes sociales.
Ambos factores perjudican
seriamente al PP, que maneja mucho peor los medios. En estos momentos tenemos
un guapo de cara frente a un señor de barba canosa. Da lo mismo que el primero
no haya acreditado ninguna experiencia y quiera pasar nada menos que a dirigir
el país. Lo importante es que es joven y con buena facha y además no ha
gobernado nunca y se le presume libre de corrupción (los testaferros y
marionetas también están aparentemente al margen de la corrupción para la cual
colaboran).
El Partido Popular no ha apostado
por controlar de alguna manera el impacto de los medios audiovisuales. En esta
pasada legislatura muchos hemos pensado que la televisión española parecía que
seguía en manos de los socialistas y que las cadenas privadas MEDIASET y
MEDIAPRO apostaban claramente por la izquierda.
Es verdad que gran parte del
apoyo mediático ha ido a beneficiar directamente a una izquierda más radical
representada por Pablo Iglesias y Podemos y que algunos han pensado en la
rocambolesca teoría de que el PP buscaba desde el principio la arriesgada apuesta
de fracturar la izquierda. Pero esto no es más que una teoría algo “conspiranoica”.
La realidad es que la imagen de
Rajoy y del PP ha sido maltratada, queriendo siempre asociar al Presidente de
Gobierno con la inacción, con la corrupción y con la soledad parlamentaria.
En este terreno los populares
deben trabajar seriamente, porque además tienen claras posibilidades de
combatir con eficacia a la izquierda actual, sobre todo a la más radical, cuyo
mensaje es fruto del marketing y la especulación y además adolece de un grado
de desconocimiento que raya en la irresponsabilidad. En tiempos recientes hemos
podido ver a ministros como unos tertulianos más a los que no ha quedado más
remedio que acudir para contrarrestar de alguna manera la presión mediática y
congraciar a su partido con el electorado. No sé si lo conseguirán, pero el contrapeso desde
luego que es necesario.
