Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

1 de octubre de 2017

La solución está en la firmeza: No hay que negociar nada.

He leído en algún lugar que lo que ha disparado este brote de secesionismo y radicalidad en una sociedad que se caracterizaba por el “seny” y cierto conservadurismo, ha sido entre otras razones la decepción por el tratamiento dado al estatut. Algo de eso hay. Pero se dan  muchos más factores que han confluido como una tormenta perfecta en esta situación. Veamos las posibles causas: 

-          La frustración del pueblo catalán y el atentado a sus sentimientos
Aunque se trate de algo que muchos sienten sinceramente – algo que no pongo en duda -, en general el discurso de la pretendida frustración catalana es falso y artificial. Es una arma más del victimismo-trampa, que lleva al engaño a gente tan bien intencionada como ignorante y también ¿por qué no decirlo? a gente irresponsable que intenta culpabilizar al gobierno actual de pasividad y falta de sensibilidad. Según todos estos hay que dialogar y negociar. El torpe gobierno actual habría permitido con su pasividad e inoperancia llegar a esta situación. La culpa de todo la tiene Rajoy; ahora estamos con él a la fuerza, pero “la historia le pasará factura”. Eso es lo que dice el tendencioso análisis del periodista de la SER Iñaki Gabilondo, el hermano del político socialista y amigo de Felipe González. Según él se tendría que haber percibido por el Gobierno ese descontento social y frustración que ha disparado el sentimiento del independentismo hasta porcentajes inéditos.
Sin embargo Rajoy no tiene la culpa del origen de este desastre. En primer lugar habría que decir, en honor a la verdad, que no estaba en el poder cuando se prometió lo imposible a los catalanes. En general todos los gobiernos de la democracia han hecho cesiones, pero el gran acto de irresponsabilidad lo hizo Zapatero, actuando más como político socialista que como hombre de Estado serio y riguroso, al prometer que el Estado español aceptaría lo que acordara el Parlamento Catalán. Ahí puede situarse el origen de esta última etapa de secesionismo. ¿En qué pensaba? Probablemente en votos. Lo cierto es que traspasó una línea roja prometiendo algo que no se iba a poder dar porque se iba a oponer la derecha española. ¡Jugada redonda! Vuestro gran amigo socialista, siempre más sensible que la derechona heredera del franquismo, os comprende, querido catalanes. Os dará más autogobierno, pero ahora votadme para la Generalitat y el engendro de tripartito que he formado. Se levantaron expectativas entre los políticos catalanes que les condujeron indefectiblemente al radicalismo, al comprobar cómo los planes se truncaban con la modificación de su Estatut por el Tribunal Constitucional, en el que por cierto formaban mayoría de voto los magistrados propuestos por el PSOE. En ese año (2010) se derrumbó toda una estrategia que había servido al PSOE para mantenerse en el poder desde 2004 y para alcanzar la presidencia de la Generalitat y del Gobierno Vasco. En mayo el presidente de gobierno tuvo que comparecer ante el Congreso desdiciéndose de toda su política de gasto y en junio sale la sentencia controvertida del Estatut cuyo contenido permitía ya tener la certeza de que los socialistas perdían la presidencia de la Generalitat. Se ha visto después cómo el PSC se ha reducido considerablemente en posteriores compromisos electorales. Y, aunque ellos es un signo inequívoco de que los nacionalistas catalanes culpan al PSOE de faltar a su compromiso, este partido se ha obstinado siempre en culpar al PP por interponer el recurso, cosa que por cierto no hizo en solitario. Lo que queda claro es que esta estrategia de promesas que no había intención de cumplir, es la que provocó en mayor medida la indignación y radicalización del catalanismo. Siempre he pensado que no es la firmeza, sino los errores en la política de concesiones lo que lleva al pueblo catalán a radicalizarse.
Por lo demás, dejando al Estatut al margen, el supuesto anticatalanismo no pasa de ser una reacción de una parte del pueblo español (a quienes ellos llaman nacionalistas españoles) que, con toda legitimidad, aunque a veces sin las formas correctas, han expresado su profundo malestar por los cansinos intentos de ruptura y desconexión. Hay mucha gente hoy que se siente cada vez más ofendida de los pasos que vienen dando los políticos secesionistas. Ellos desde luego son perfectamente conscientes de este malestar y lo alimentan y provocan con la esperanza de que la situación se encone cada vez más. Saben que solo un enfrentamiento abierto les conducirá finalmente a la independencia. Por eso ponen énfasis en las agresiones del Estado para alimentar el victimismo de sus conciudadanos, pasando por alto toda la cadena de ofensas que ellos profieren de forma continua con la política que practican al resto de los españoles, entre los que se cuenta un elevado porcentaje de catalanes.
Por lo tanto – insisto – esa ofensa a los sentimientos, es muy matizable. Yo diría que no es real. Son ellos quienes quieren sentirse ofendidos para justificar su marcha.

-         La crisis económica: Hay muchos catalanes hoy que, sin darse cuenta están pregonando a los cuatro vientos que adolecen de un grave defecto como es la insolidaridad. Sienten que España les tendría que estar agradecida por dignarse a caminar con ella en contra de sus deseos, por compartir un destino que podría ser mucho mejor si lo acometieran en solitario. He visto a un catalán hijo de andaluces que sin rubor alguno llega a decir que se siente agradecido a sus padres por haberle salvado de vivir hoy en un mundo subdesarrollado donde estaría cobrando el PER, sin esperanzas y quizás coreando “a por ellos”.
Ese mismo miserable justifica que hoy tengan que separarse “…hemos tenido mucha paciencia con España, y ya es hora. Con la crisis y la gestión que se hace de la misma, ya hemos madurado la decisión de que es hora de irse”. ¿Cree acaso que la crisis la hubiera gestionado mejor una Generalitat gobernada por la CUP? ¿Es que no se da cuenta de que si Cataluña le puede ofrecer oportunidades es porque el resto de España consume sus productos y va a pasar allí sus vacaciones y se ha desangrado con abnegados emigrantes que han ido allí a trabajar y buscar mejor vida?
Estos miopes que no saben ver cómo son los políticos locales quienes les están esquilmando lo que contribuyen a través de los impuestos, en lugar de indignarse con quienes deberían ser diana de sus críticas, han caído de lleno en su propaganda hasta el extremo de renegar de su tierra de origen y de sus ancestros. Y todo por el motivo más prosaico: El dinero.
La crisis y el “sálvese quien pueda” sin duda están detrás de esta marcha orquestada. Los catalanes siempre se han sentido superiores y han querido liderar España, seguramente para aprovecharse de ella. Y los gobiernos centrales del Estado español que se han sucedido durante todo el periodo democrático le han venido haciendo el caldo: Ubicación de importantes empresas españolas, designación de altos cargos – nada neutrales – de origen catalán para responsabilidades estatales, apoyo a multinacionales catalanas en el exterior, impulso de obras públicas y negocios como el AVE o las olimpiadas, designación de Barcelona como sede de grandes ferias etc… Siempre hemos tenido altos cargos catalanes en el gobierno español: Punset, Serra, Roca Yunyent, Piqué, Borrell, Lluch, el propio Montilla fue ministro de industria antes que President de la Generalitat, ahora está Dolors Monserrat en Sanidad etc.
Quizás lo único que les hubiera satisfecho es la designación de Barcelona como capital, el uso obligatorio del catalán como idioma oficial y el cambio de régimen institucional, pasando a una república y destituyendo la monarquía borbónica a la que los secesionistas no perdonan desde la derrota de 1714, en la guerra de sucesión española. Estamos pues, ante una realidad cultural e identitaria relativamente menor que siempre ha pretendido fagocitar al pez grande. Pasado el tiempo han constatado que no pueden hacerlo, de ahí la movilización y el órdago lanzado contra la legalidad constitucional. Esta insolidaridad, este querer marcharse, porque no pueden regir nuestros destinos, porque no se conforman con las mayorías democráticas integradas por despreciables campesinos andaluces que les recuerdan demasiado a sus padres, es lo que se trata de combatir mañana.
No es casualidad que los momentos históricos en los que el separatismo radical más arrecia, siempre coincidan con crisis en España… en una guerra de sucesión, en la pérdida de las colonias, en la guerra civil, en la crisis de 2008. El nacionalismo siempre está ahí acechando para decirnos “no me conviene seguir contigo” “no quiero hundirme contigo”. Ya se sabe: Las ratas son las primeras en abandonar el barco. Por eso hemos de cortar las amarras para que no bajen por ellas, y si quieren abandonar el barco que se tiren al agua y se ahoguen.
-          El pretendido agotamiento del modelo diseñado en el 78: El modelo del 78 está agotado en lo que respecta al diseño territorial de España y, no obstante, hay que defenderlo hoy. Algunos, que quieren destruir la configuración actual del Estado y que cabe calificar como “anti-sistema” abundan hoy constantemente en la idea de que el sistema del 78 no vale, proviene de la dictadura y hay que destruirlo en su integridad. No cabe reforma: Es precisa una ruptura total. Estos son hoy valedores de los secesionistas catalanes y no merecen que se entre siquiera a analizar sus endebles premisas ideológicas, pero lo cierto es que ahí están porque se les ha permitido estar. En Cataluña es la CUP, en el resto de España el mundo radical de PODEMOS: Son los oportunistas de la crisis. Todos una colección de irresponsables a quienes no importa hacer de nuestro país una tabla rasa para favorecer el nacimiento de un Estado distinto que – no lo dudemos – se cimentaría sobre el totalitarismo y la falta de libertades.
Hay que darles la razón solamente en una cosa: Los hechos de estos días pasarán a la historia como la demostración de la ineficacia sobrevenida del Título Octavo de nuestra Constitución y el agotamiento de un sistema constitucional que pretendía asentarse sobre la solidaridad de las comunidades y que partía de la idea de que la descentralización podía llegar a ser vertebración de la sociedad. Hoy constatamos que era de una ingenuidad casi risible. Y si se pretendía un sistema consolidado de entendimiento, desde luego estamos ante un fracaso: Una de las comunidades más importantes, que supone el 20 % del PIB nacional  tiene aproximadamente un 50 % de la población que no cree en la solidaridad, se siente maltratada y no quiere definitivamente formar parte de este invento. Otras comunidades, aunque en menor medida, tampoco consiguen ponerse de acuerdo ni en la política impositiva ni en la regulación (desigual y conflictiva) que se hace respecto a materias transferidas. Muchos hoy pensamos que el sistema autonómico es disfuncional, multiplica el gasto y resulta pernicioso ideológicamente porque se basa en la acentuación de la diferencia y en el fomento del localismo. En eso consiste el fracaso del sistema del 78. Quienes afirman que este sistema ha servido para crear un marco de convivencia, obvian que la paz y la estabilidad en realidad se estaban comprando a través de peligrosas cesiones económicas y de parcelas de soberanía. Se estaba alimentando al monstruo con la esperanza de que se mantuviera dormido.

Hoy es patente el fracaso del modelo, pero no por ello hay que dejar de defender la Constitución, la única que tenemos, la legítima. No se puede poner en cuestión esa legitimidad so pena de destruir el Estado para crear otra cosa incierta. La Constitución de 1978 ha sido un gran intento de una generación de españoles que quería entrar en el grupo de Estados civilizados y democráticos del primer mundo y muchos de sus preceptos siguen rigiendo hoy con plena actualidad. No es leal ni honrado aprovechar la crisis económica o el auge de los separatismos para destruir un sistema de convivencia que ha sido meritorio en muchos de sus aspectos y, desde luego legítimo en su origen.  Por eso el fracaso parcial que supone el agotamiento del diseño territorial hay que arreglarlo desde dentro del sistema. Se impone una reforma constitucional pausada que debería buscar ante todo una coordinación nacional y el establecimiento de unos límites definitivos a la descentralización. Ahora no es posible solucionar este entuerto soltando más pasta. Eso no vale de nada. No se trata además de comprar la opinión favorable de la ciudadanía catalana. Se trata de explicar el artículo 2º de nuestra Constitución. Por qué debe entenderse que la soberanía reside en todo el pueblo español. Por qué el proyecto histórico de España es indisoluble para quienes formamos parte de él. Hay que hacer una labor didáctica combinada con firmeza.  Solo la firmeza puede revertir la peligrosa situación actual. Si no se percibe una actitud firme y coordinada de las fuerzas constitucionales esto se puede transformar en un dominó incendiario extendido a otras comunidades. El apoyo a un Estado español, por fortuna es hoy mayoritario. Pero una gran parte de los constitucionalistas son tibios. No quieren aplicar firmeza, quieren pactar, quizás con la esperanza de obtener el agradecimiento y los votos de los nacionalistas. Algunos hoy piensan que lo primero que habría que hacer es modificar la ley electoral para corregir el exceso de representacióin que tienen algunas comunidades autónomas. Eso fue un premio de la transición que han demostrado no merecer. Cuando ya no representen más que lo que son PP y PSOE dejarán de pelearse por ser amigos de ellos. Después de los sucedido hoy, naturalmente esa batalla la tiene ganada el PSOE y es lógico pensar que no le interese la firmeza. Pero hace falta altura de miras, porque lo que han hecho en Cataluña es muy grave y ha puesto en peligro la unidad nacional. Ése es un peligro que todavía subsiste, por lo tanto la política en Cataluña tiene que ser clara y diáfana: No dejar lugar a ninguna duda.

-      La contaminación ideológica: Ha sido una constante y los poderes públicos lo han permitido. Por parte de mucha población española había una lógica preocupación al ver el creciente desapego, sobre todo de las generaciones jóvenes con todo aquello que oliera a España. Se ha cultivado el rechazo a todos los símbolos culturales de la opresora España. Da igual lo que fuera; la bandera nacional, el toro de Osborne, el Real Madrid, el idioma, las plazas de toros… Ha habido una propaganda continuada e incansable que identificaba todo esto con una cultura fascista y centralista, a la vez que se insistía en el victimismo ideológico y económico. Se ha manipulado la historia hasta el paroxismo, ignorando los hechos reales: Primero la incorporación del Condado de Barcelona a la Corona de Aragón, después la designación unánime de un infante de Castilla de la Casa de Trastámara para el trono de Aragón, en el Compromiso de Caspe, siguiendo por el matrimonio de un descendiente de éste, Fernando el Católico, con la reina de Castilla, para llegar después a los Decretos de Nueva Planta de Felipe V en los que simplemente este monarca les quitó privilegios a los nobles catalanes por no apoyarle pero no les hizo de menos respecto de otros territorios. Incluso después de abandonar sus pretensiones el archiduque Carlos de Austria, Barcelona siguió en rebelión, lo que obligó a batallar y derrotar a los catalanes en la fecha de 11 de septiembre de 1714 que cien años después comenzó a conmemorarse como una fecha de reafirmación nacional

    Aquellos que han percibido desde hace ya muchos años estos signos de rechazo radical, además de sentirse ofendidos por lo que supone un insulto constante, experimentaban una preocupación lógica por un proceso de inoculación colectiva de odio que unos irresponsables políticos nacionales se arrojaban – y se siguen arrojando – entre sí. La inmensa torpeza de no llegar a un acuerdo en el diagnóstico y en formar un frente común para la solución, es lo que ha permitido a los secesionistas llegar a las bravuconadas hasta el extremo del órdago que acaban de lanzar. El PP y el PSOE estaban muy atareados en sus peleas como para advertir la amenaza.