Es imprescindible que nuestra sociedad política dé un paso adelante y asuma de forma responsable la adopción de medidas encaminadas a conseguir la madurez de una democracia. Si queremos sentirmnos entre los mejores. Si queremos vanagloriarnos de ser demócratas como los que más, tenemos que modernizar este sistema que amenaza ruina.
Estuvo bien en un primer momento. Quizás no hubo otro remedio y fue un mal necesario. El sistema proporcional instaurado constitucionalmente y la descentralización autonómica fueron un tributo de la democracia, como la lluvia y las nubes grises son un tributo de los campos verdes del norte.
Ahora nos encontramos bloqueados con la amenaza constante de partidos minoritarios chantajeando a los grandes, con el solapamiento y la superposición de diecisiete modelos distintos de hacer política. Todos barriendo para casa y mientras, el guardián del Estado, vendiendo al mejor postor los últimos resortes del poder.
Hay quien incluso pretende vender esta oscura y desalentadora realidad como un signo de madurez de nuestra sociedad política. Es todo lo contrario. Somos una democracia endeble y no hemos aprendido a superar nuestras diferencias. No asumimos un proyecto único de Estado. No reconocemos nuestro propio Estado. No tenemos altura de miras. Estamos balcanizados.
¿Alguien puede creer que nuestro actual presidente ha sido alguna vez profesor de derecho constitucional?
Con el paso de los años he llegado al convencimiento de que nuestro sistema se ha revelado completamente ineficaz para lograr su objeto primario. Lejos de haberse llegado a una concordia, los problemas competenciales y de toda índole proliferan entre las administraciones locales, autonómicas y central. Los principales partidos políticos luchan a degüello por quitar espacio al adversario coaligándose con pequeños grupos que adquieren una inusitada importancia, de todo punto impropia para la representación que ostentan. Se ha llegado a este modelo ingobernable cuando la Constitución hablaba de solidaridad entre comunidades. ¿Qué solidaridad?
Dentro del marco democrático tenemos que intentar poner las cosas en su sitio. Si es preciso introduciendo una reforma de la Ley Electoral, que permita eliminar el sistema proporcional. Los gobiernos autonómicos tienen que dedicarse a gestionar en sus ámbitos y sus partidos políticos deben perder la influencia que actualmente tienen a nivel nacional. Las instituciones autonómicas, en manos de de estos partidos nacionalistas, no pueden seguir sometiendo a acoso al Gobierno Central, con una reivindicación constante y cada vez mayor de autogobierno. La soberanía debe quedar de una vez por todas fuera de las expectativas de cualquier colectivo nacionalista de nuestro país.
Estuvo bien en un primer momento. Quizás no hubo otro remedio y fue un mal necesario. El sistema proporcional instaurado constitucionalmente y la descentralización autonómica fueron un tributo de la democracia, como la lluvia y las nubes grises son un tributo de los campos verdes del norte.
Ahora nos encontramos bloqueados con la amenaza constante de partidos minoritarios chantajeando a los grandes, con el solapamiento y la superposición de diecisiete modelos distintos de hacer política. Todos barriendo para casa y mientras, el guardián del Estado, vendiendo al mejor postor los últimos resortes del poder.
Hay quien incluso pretende vender esta oscura y desalentadora realidad como un signo de madurez de nuestra sociedad política. Es todo lo contrario. Somos una democracia endeble y no hemos aprendido a superar nuestras diferencias. No asumimos un proyecto único de Estado. No reconocemos nuestro propio Estado. No tenemos altura de miras. Estamos balcanizados.
¿Alguien puede creer que nuestro actual presidente ha sido alguna vez profesor de derecho constitucional?
Con el paso de los años he llegado al convencimiento de que nuestro sistema se ha revelado completamente ineficaz para lograr su objeto primario. Lejos de haberse llegado a una concordia, los problemas competenciales y de toda índole proliferan entre las administraciones locales, autonómicas y central. Los principales partidos políticos luchan a degüello por quitar espacio al adversario coaligándose con pequeños grupos que adquieren una inusitada importancia, de todo punto impropia para la representación que ostentan. Se ha llegado a este modelo ingobernable cuando la Constitución hablaba de solidaridad entre comunidades. ¿Qué solidaridad?
Dentro del marco democrático tenemos que intentar poner las cosas en su sitio. Si es preciso introduciendo una reforma de la Ley Electoral, que permita eliminar el sistema proporcional. Los gobiernos autonómicos tienen que dedicarse a gestionar en sus ámbitos y sus partidos políticos deben perder la influencia que actualmente tienen a nivel nacional. Las instituciones autonómicas, en manos de de estos partidos nacionalistas, no pueden seguir sometiendo a acoso al Gobierno Central, con una reivindicación constante y cada vez mayor de autogobierno. La soberanía debe quedar de una vez por todas fuera de las expectativas de cualquier colectivo nacionalista de nuestro país.