Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

16 de octubre de 2007

Su Serenísima ZP

Rodríguez Zapatero dijo de su gobierno y su partido que era el de la España “serena”, esa España que es capaz de unir, convocar, dialogar y señalar lo que une por encima de lo que puede separar”. Y uno, de verdad, se queda entre estupefacto y anonadado, por el cinismo y la falta de veracidad de esta afirmación.

Es curioso, desde luego que venga de quien parte de una unión con el otro gran partido del país en el Pacto por las libertades y contra el terrorismo y se desune unilateralmente del mismo para ponerse a pactar con el entorno terrorista de la ETA.

Resulta llamativo que predique unión y serenidad quien suscribe el pacto del Tinell para dejar fuera de todos los ámbitos en los que es posible acordar y consensuar – (curiosa forma de entender el diálogo) – al Partido popular, buscando su aislamiento.

Y es que lo que nos une a todos es España. La unidad de España y de sus pueblos es un principio constitucional básico y desde el inicio del gobierno de ZP ha sido puesto en entredicho para dar alas a las aspiraciones más descabelladas de los partidos localistas e independentistas de todo signo. (Curiosa forma ésta de poner énfasis en lo que nos une a todos).

Por otra parte todos podemos convenir en que serenidad es lo contrario a provocación. Zapatero ha basado su gobierno en la provocación a los contrarios y a los suyos, radicalizando a todos y buscando la movilización de bolsas de votos. Nunca antes un gobierno socialista había llegado tan lejos en todos los frentes en su rupturismo. Han engañado a la ciudadanía haciéndole creer que el pacto con partidos minúsculos equivale a política de consenso, cuando en realidad han practicado el enfrentamiento abierto con un gran sector de la sociedad (precisamente aquél que representa el PP y que viene a ser casi media España). Al propio PP le han achacado que no tiene cultura pactista en una maniobra artera y tramposa, porque los que se han movido han sido ellos y no pueden esperar que el PP se sume a iniciativas que ponen en cuestión sus propias esencias. Al PP que todos sabemos que es partidario de la unidad nacional le enfrentan con la “nación de naciones” y con los nuevos estatutos. Al PP que es partidario de la lucha antiterrorista le piden que se adhiera a un proceso de negociación con los propios terroristas. Al PP, que engloba a sectores más proclives a la defensa de las tradiciones culturales y religiosas, le enfrentan con el anticlericalismo, el matrimonio homosexual, la educación para la ciudadanía. Al PP que no quiere identificarse con el bando ganador de la guerra civil sino olvidarla, le ponen en el brete de defender a una República y condenar el franquismo, so pena de aparecer ante los ciudadanos como los herederos de Franco que no quieren cerrar las heridas de la guerra. ¿Qué podía esperarse que hiciera el Partido Popular? ¿Pretendían acaso que aprobara pasivamente todas estas medidas rupturistas cuando son verdaderas andanadas contra la línea de flotación de nuestras instituciones?

No hay que engañarse. Es el gobierno quien ha llevado la iniciativa una y otra vez y es el gobierno quien, en un ejercicio supremo de maniqueísmo acusa al PP de contribuir a la crispación.

Su serenísima – el del gran talante – ha tomado a sabiendas medidas más radicales que ningún otro socialista desde la Guerra Civil. Su serenísima, ha permitido que se celebren exposiciones ofensivas y pornográficas de pésimo gusto en dependencias cedidas por la propia Iglesia para fines culturales. Aquél que pregona serenidad es el mismo a quien un video insultante y ofensivo sobre la educación para la ciudadanía, le parece “gracioso”. Es el mismo que nombra como ministro de Justicia a alguien tan zafio y parcial como Bermejo (ése que incriminará a ANV “si lo aconseja la jugada”, en una curiosa manera de entender lo que debe ser el principio de seguridad jurídica). Es el mismo que se chotea corrigiendo las previsiones económicas del FMI, diciendo que se “ha equivocado un rato” y haciendo un torpe juego de palabras que implica a su actual presidente y antiguo dirigente del PP. Su Serenísima es el que anteayer llamaba hombre de paz a Otegui o se preocupaba por el estado de salud de De Juana Chaos, mientras criticaba a las víctimas del terrorismo. Su Serenísima es el que, mostrando una lerdez y falta de comprensión inauditas, comparaba el sufrimiento de una de ellas (la madre de Irene Villa, que resultó junto con su hija gravemente herida en un atentado), con su inmenso desconsuelo por haber perdido a su abuelo en la Guerra Civil.

Todos estos gestos han sido entendidos por un gran sector de la población como lo que son: Provocaciones procedentes de alguien que afirma que es capaz de unir, dialogar y convocar y que dice representar la España serena. ¡Qué gran falacia!