Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

16 de enero de 2015

La heroína era una mentirosa

"Voy a vivir del ébola toda la vida". Eso dijo el marido de Teresa Romero según algunas personas cercanas manifiestan hoy, cuando ya la sabía salvada y era consciente del gran impacto mediático que había tenido su caso, despertando la solidaridad de mucha gente tan bien intencionada como ignorante. En aquellos días intensos en los que el ébola presidía todas y cada una de las noticias, todos teníamos algo de miedo y sentíamos a la vez un respeto enorme por los sanitarios que ponen en riesgo su propia salud para cuidar a este tipo de enfermos contagiosos.

Por eso, aunque Teresa Romero estuviera muy lejos de ser unos de esos valerosos voluntarios de ONGs que marchan a Africa a paliar el sufrimiento de aquellos desgraciados de Sierra Leona y Liberia, se sabía que ella había resultado contagiada por cuidar al misionero repatriado. Y eso ponía automáticamente a toda la opinión pública de su lado, pese a que había muchos elementos que no encajaban.


Además, por si fuera poco la enfermera contagiada, estaba completamente amparada por los sindicatos de izquierdas y muchos de los medios que vieron una ocasión idónea de crucificar el sistema sanitario de la Comunidad de Madrid, con el que viene litigando en defensa de "lo público" desde mucho tiempo atrás. Definitivamente la marea verde también se enredó en esta historia y les ayudó en gran medida la forma de expresarse del Consejero de Sanidad que por sí mismo se colocó a los pies de los caballos.

Pero hoy debería decirse a todos esos sindicalistas, periodistas y demás gente bien intencionada, que Teresa Romero no era digna de esa confianza ciega e inmerecida que le prodigaron. Que realmente era una mentirosa y, por su forma de actuar, una verdadera irresponsable que ha podido ocasionar una grave epidemia.

En cuanto tuvo fiebre (da igual que sea 38,6 que 38,9) necesariamente debió imaginarse que ésta podía ser debida a un contagio. Y así lo hizo, porque a su marido y a otros familiares les avisó para que mantuvieran una distancia imprescindible en aras de evitar un posible contagio. Sin embargo no le importó callar y no prevenir a su doctora de cabecera, a la que no informó de su condición de enfermera que ha estado en contacto con el letal virus, tratando a los misioneros repatriados. Y no le importó tampoco mentir después diciendo que sí había avisado a la doctora. Ese ha sido su gran error, aunque no el único.

Pese a tomar medidas en beneficio de sus seres queridos (que demuestran que tenía un fundado temor a haber contraído la enfermedad), no vio problemas para depilarse las piernas en una peluquería, para acudir a su ambulatorio o para acudir después a un hospital que no era el indicado según el protocolo.

Por todo ello han tenido que pasar una cuarentena de más de veinte días las peluqueras, la doctora y el médico del hospital entre otros. Durante ese tiempo se habrán acordado de Teresa (o de su madre) más de una vez. Estas personas sí que podrían pedirle a ella una indemnización por daños y perjuicios y han aceptado la situación sin rechistar, al menos en público.

La amenaza de la doctora, absolutamente lógica, de denunciarla penalmente por injurias ha pesado sobre su ánimo y le ha obligado a rectificar restaurando a través de sus declaraciones el buen nombre de una profesional, a la que no le importó dañar, si con ello servía a sus propios fines.

Todos nos alegramos de que Teresa esté ya recuperada. Pero por el hecho de haber estado enferma no hay que perdonarle todos sus pecados.