Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

5 de julio de 2009

Ya no piden respeto. Piden adhesión.


Ya no había represión contra ellos. Ya tienen la ley que les permite casarse. Podía haberse dejado reposar el tema para que, poco a poco y al margen de cualquier ideología política se extendiera en la sociedad la comprensión hacia este colectivo de forma natural y reposada. Pero no. Hay prisa. Quieren más avances en esta batalla sin tregua. Ell@s y los políticos que manosean sus aspiraciones.

Cierto es que debemos ver ya como algo natural la homosexualidad. Hay un porcentaje de personas que la sienten y no tienen por qué vivir recluidos u ocultos, ni mucho menos estigmatizados. En España se les ha dispensado un trato vejatorio e injusto y se les llegó a aplicar la Ley de Vagos y maleantes, aprobada en los primeros sesenta. Pero hay cosas hoy que huelen a podrido alrededor de esta fiesta reivindicativa del Orgullo gay.

- ¿Es una fiesta o es una manifestación? Si vemos a Bibiana Aido con Zerolo encabezando la marcha con una pancarta reivindicativa, diríase que se trata de una manifestación. Pero observamos las carrozas festivaleras y la mayoría de la gente que asiste, consideraríamos que es una fiesta o cabalgata. Esta indefinición interesa mucho, puesto que se consiguen índices de asistencia muy superiores. De este modo la simpatía por la homosexualidad, la transexualidad, la “diversidad” en definitiva, es lo que uniría a los asistentes muy numerosos de este evento. Sin contar naturalmente con todos aquéllos deseosos de participar sin más en una fiesta multitudinaria, un masivo botellón autorizado que invade el centro de Madrid durante demasiados días. Pero naturalmente, el partido político impulsor del matrimonio gay, reclama en el acto su parte de protagonismo a través de Bibiana y de Zerolo. A ver si es posible que los gays nos identifiquen con los logros y avances facilitados a su comunidad y nos voten.

- ¿Buscan el respeto de su idea o les da sencillamente lo mismo? Como se ha visto hay una cierta identificación entre orgullo gay y bacanal desenfrenada y hedonista, donde los disfraces, los gestos libidinosos, los maquillajes horrendos, la reivindicación de la promiscuidad y la pluma campan a sus anchas. Todo eso, lejos de buscar la integración en una sociedad en la que son minoría, parece buscar la provocación. Y resulta difícilmente asumible para la mayoría de la sociedad (incluyendo en esta mayoría a mucho votante socialista). ¿Por qué hemos de ver como natural, algo que nos repele? ¿cuál es la razón de que nos resulte repelente? Ahí estarían las preguntas del millón. Lo que está claro es que muchos estamos dispuestos a admitir las relaciones homosexuales, pero no las drag queens y los osos de gimnasio con correajes nazis. Esas aficiones deben permanecer en los cuartos oscuros y no llevarse a las escuelas.

- ¿Hasta dónde alcanza la diversidad? ¿Por qué no se reivindica la pederastia o la zoofilia o el incesto? Todo llegará. Y a este paso, antes de lo que pensamos. Los tabús que la especie humana se ha ido creando obedecen a razones lógicas que en muchos casos tienen que ver con la propia conservación de la especie. Pero hoy estamos en una sociedad en la que hay que desterrar la extrañeza y admitirlo todo: Que una niña de dieciséis años que ni siquiera puede comprar tabaco sola, pueda decidir abortar unilateralmente sin contar con nadie, que un barbudo esté embarazado y vaya a dar de mamar a su hijo, o que dos mujeres vayan a engendrar una hija en común gracias a la técnica, poniendo una el óvulo y la otra el útero.

¿Hasta dónde alcanza el respeto que les debemos a los homosexuales y a todos estos colectivos? Todas estas prácticas a las que he aludido, por extrañas, promiscuas o escandalosas que nos puedan resultar, son respetables en la medida en que con ellas no se hace daño a nadie. Pero a mí no me pueden exigir que enseñe a mis hijos este tipo de diversidad como si fuera algo natural. A mí no me pueden impedir que les rechace y me sienta incómodo en su presencia. Si al menos estuvieran reivindicando sus peculiares lazos familiares de una forma más seria y menos festivalera, podrían merecerme más respeto pero desde luego no como aparecían ayer en el desfile. Así no.