En septiembre de 1933, en un mitin celebrado en Don Benito
(Badajoz), Largo Caballero calentaba el ambiente para las próximas elecciones
generales que se iban a celebrar, después del primer bienio de la segunda república,
y decía lo siguiente: “Francamente decimos que vamos por todo el poder
político. Es preciso que la República sea una República socialista y no
burguesa. Tardaremos más o menos pero no ocultamos que vamos a la revolución
social. ¿Cómo? No nos asusta eso. Vamos a la revolución social y habrá que
expropiar a la burguesía por la violencia (…) No debemos dejar de luchar hasta
que en las torres de los edificios oficiales ondee la bandera roja de la
revolución socialista.”
Vistas estas expresiones y sabiendo lo que ocurrió después
en el otoño de 1934, perdidas ya las elecciones generales y desencadenada una
verdadera revolución armada, ¿Cabe alguna extrañeza de que se acuñara la
expresión “rojos” para ellos? ¿Querían o no querían traer por la fuerza el
comunismo? ¿Avasallaron o no derechos fundamentales (o querían hacerlo) tales
como la propiedad privada, derecho a la educación libre y no sectaria, a
profesar la fe y religión mayoritaria en España?
Los socialistas de nuevo cuño y demás radicales de
izquierda de hoy, que quieren reconstruir la historia – y casi lo están
consiguiendo – como si el 34 o estas mismas palabras de Largo Caballero no hubieran
existido nunca, podrán seguramente aducir que Franco trajo un régimen fascista,
con un saludo brazo en alto y unas ayudas que llegaron descaradamente del nazismo
de Hitler y el fascismo de Mussolini. No mentirán si lo hacen, pero conviene
analizar algunas diferencias en las que no repara la gente:
Franco inicialmente aceptó la República y solo se levantó
frente a ella cuando se transformó en revolucionaria (en los términos que
define Largo Caballero). Hasta ese momento había muerto mucha gente, se habían
expropiado muchas propiedades y se habían quemado muchas iglesias. Supo que
encabezaba un movimiento que tenía que buscar, por su parte, apoyos en el
exterior, en la polarizada Europa que existía entonces y era natural que esa
búsqueda se focalizara en los antagonistas del comunismo. No busco restaurar la
democracia republicana. Eso es cierto. Sin embargo su dependencia respecto a
los alemanes e italianos disminuyó pronto, a medida que avanzaba la guerra,
mientras que los republicanos se echaban paulatinamente en brazos de Stalin que
tejió hábilmente sus redes, llegando a hacer primar en la mente de sus
seguidores españoles la ideología comunista por encima del sentimiento de
nacionalidad española. Eso no le sucedió a Franco con sus aliados porque en
todo momento demostró que lo primero para él era su país, mientras que en la
izquierda el que no se sentía afrancesado, se sentía rojo: Todo con tal de
renegar de la historia y trastocar cualquier elemento tradicionalista que
pudiéramos tener.
Sin duda tomó como
modelo los regímenes fascistas, hasta tal punto que creó en España una variedad
de los mismos. Eso es innegable. Pero al frente de la cocina estaba él,
removiendo en la marmita el mix de trazas de fascismo de Falange, los coqueteos
con la vuelta a la monarquía de Renovación española, el republicanismo moderado
y de derechas de muchos de sus militares, la facilona y propagandista guerra
santa nacida a partir de las agresiones padecidas por la Iglesia española
aderezando todo ello con un progresivo distanciamiento de todo lo que oliera a
germanofilia.
En la República (en esa cosa en la que se convirtió durante
la guerra), la revolución lo fagocitaba todo: Dinero, personas, ideas. Los
gobernantes españoles habían perdido cualquier control desde que se repartieron
las armas a la gente. La violencia desencadenada, en efecto, introdujo la
revolución y ésta terminó gestionándose desde Moscú, por alguien a quien le importaba poco España. Luego estaremos de acuerdo en que gran parte del socialismo ya se había hecho rojo, comunista, bolchevique o como se le quiera llamar.
En cuanto a la agresión fascista, el golpe de Estado, la sublevación o el alzamiento - como le llamaron los propios generales - es evidente que legítimo del todo no fue. El régimen que estaba en vigor había salido de las urnas (aunque las elecciones del 36 estuvieron trufadas de irregularidades hasta el punto de que se pudo escamotear de forma irregular la victoria a la CEDA de Gil Robles). Sin embargo había muchos motivos y provocaciones que llevaban a media España a identificarse con este levantamiento. Y este es el motivo por el que luego progresó y triunfó. Nunca un golpe militar, considerando a todos ilegítimos, había sido más legítimo que éste.
Hay quien cree que hubo que “animar” a los militares a dar
el golpe y solamente se consiguió cuando se capitalizó propagandísticamente la
indignación popular con la muerte del Teniente Casado y se movilizaron los
asesinos a sueldo de Prieto de “la Brigada motorizada” para asesinar a alguien
significativo del parlamentarismo de derechas que resultó ser el desafortunado
Calvo Sotelo. (Parece una broma de la historia que el lugar en el que fue
encontrado su cadáver, junto a un muro del Cementerio de la Almudena, hoy se
encuentre en la Avenida de Largo Caballero, nuestro apóstol de la violencia con
el que comenzábamos esta reflexión).
Esta visión cuadra con el hecho histórico de que el gobierno
se sentía fuerte, con las grandes ciudades y la industria a su favor, con la
mayor parte de la población de las zonas más desarrolladas y con los mayores
destacamentos militares y armamentísticos del país, incluida la fuerza aérea y
la Armada. Naturalmente se estaba oyendo “ruido de sables” e interesaba
desactivar cuanto antes esa amenaza para la revolución. La mejor manera era
desencadenar el enfrentamiento, una vez habían sido trasladados a destinos
lejanos e inocuos a aquellos generales considerados más peligrosos o con mayor ascendencia
sobre la tropa. El propio Franco, que había sido General director de la
Academia de Infantería de Toledo, estaba en Canarias, no por casualidad.
Si añadimos hechos históricos incontrovertibles como la
antedicha declaración de Largo Caballero a favor de la violencia o la
implicación de Indalecio Prieto en el episodio del buque “Turquesa” con el aprovisionamiento
clandestino de armas a los mineros asturianos del treinta y cuatro, no resulta
tan extraño conjeturar que la propia república (o el engendro que ya era en ese
momento después del fraude electoral de 1936, los ataques a las iglesias y los
pistoleros de ambas tendencias campando por las calles), pudo dar pasos para
forzar el golpe contra sí misma.
Sería bueno que se enseñara historia de verdad a la gente.