Se acude a la transversalidad de Francisco Giner de los Ríos y a la búsqueda de los ideales de libertad, igualdad y justicia, para fundamentar la nueva asignatura de “educación para la ciudadanía” y se muestra por parte del gobierno una beligerancia para imponer esta educación forzosa, que no existe a la hora de comprender a otras religiones con mucha menor tradición en nuestro país, con las que todo son buenas palabras. Ese nivel de compromiso, casi activista, esgrimido por nuestros estadistas para imponer sus valores de libertad, igualdad y justicia, a los que – según entienden – todos debemos plegarnos, se disuelve como un azucarillo cuando se refieren a otras civilizaciones que nos llegan, personificadas en los inmigrantes. La alianza con civilizaciones asentadas sobre principios antidemocráticos y caracterizadas por respetar muy poco esos principios e incluso algo todavía más valioso como es la propia vida humana, nos lleva a una posición gubernamental muy distinta, en la que lejos del activismo advertimos pasividad y complacencia.
¿Tiene el Sr. Zapatero en mente imponer con la misma energía la educación para la ciudadanía a los sectores discrepantes de la sociedad?
Cuando estudié derecho me enseñaron que las civilizaciones sobreviven gracias a la regulación de normas escritas o no escritas y, dentro de las últimas, hay una serie de convencionalismos, las llamadas “reglas del trato social” en las que se podría inscribir la educación para la ciudadanía. Desde este punto de vista un ciudadano debe aceptar unas reglas de convivencia y esa aceptación es la que le hace – demás de ser humano – ciudadano. Pues bien; la educación para la ciudadanía debería extenderse a la adaptación social de los individuos a una colectividad en el intento de evitar individualidades o gregarismos que resulten objetivamente dañinos para la sociedad.
El ámbito de aplicación de la asignatura de educación para la ciudadanía se presenta diáfano, si hablamos de fomentar la tolerancia entre los musulmanes más fanáticos, fomentar la franqueza y el civismo entre colectivos como gitanos y chabolistas, fomentar el respecto por la minorías (siempre que éstas no atenten contra las mayorías).
Ejemplos:
Los gitanos a los que se nos acusa de denostar sistemáticamente, son – a mi juicio -claramente merecedores de las críticas que les hacemos. En pleno siglo XXI siguen sin escolarizar a muchos de sus hijos, siguen teniendo hábitos antihigiénicos, siguen engañando al primero que llega (que se lo digan a las constructoras que tienen promociones en obras, a quienes les toca pagar la vigilancia que los gitanos se hacen a sí mismos, para evitar la pérdida de materiales). Tienen, en suma, una identidad colectiva indómita que ha resistido a todos los intentos de educación para la ciudadanía de las sociedades en las que se han insertado.
Los musulmanes siguen promocionando en las escuelas la injusta sumisión de la mujer y han traído consigo sus propias reglas que chocan frontalmente con las que ha costado años implantar en nuestra sociedad.
Pero al margen de grupos concretos más o menos numerosos, que no respetan ni aplican las reglas comúnmente aceptadas en nuestra sociedad podemos encontrar bases sobre las que se comentan los acuerdos y la construcción de la convivencia:
Por ejemplo:
Los nudistas pueden practicar su afición y modo de vida en lugares aptos para ello, pero está demostrado científicamente que el nudismo bajo techo y en lugares públicos además de resultar antihigiénico puede ser sumamente molesto para los demás, por ello, con toda lógica la práctica se restringe a lugares concretos.
El tabaco se ha restringido obligatoriamente a lugares abiertos o al ámbito doméstico.
El ruido o la música elevada en exceso se restringe también a ciertos horarios y es objeto de regulación en las ordenanzas municipales, generalmente poco efectivas contra este tipo de locales.
Hay muchos y variados ejemplos de lo que constituyen las reglas de trato social sobre las que con mayor o menor amplitud de coincidencias todos podemos intentar encontrarnos para convivir pacíficamente. En eso consiste la educación para la ciudadanía: En saber convivir pacíficamente dentro de la tolerancia hacia todo aquello que no sea dañino objetivamente contra algo o alguien.
Entendida así, la educación para la ciudadanía no pasa de ser una competencia bastante local, en la que tendrían voz los ayuntamientos o las comunidades autónomas.
Sin embargo tenemos a un gobierno central empeñado en educarnos para ser ciudadanos y, lejos de poner el énfasis en los aspectos básicos de la convivencia (entre los cuales estarían los ejemplos aludidos y muchos otros), lo que hace es centrar su discurso en nociones de contenido político como el concepto de democracia. La democracia todos sabemos básicamente en qué consiste. La explicación es corta y no da para una asignatura. Es el gobierno del pueblo, la celebración de elecciones etc…
Si lo que se pretende con la educación para la ciudadanía es enseñar a nuestros estudiantes los aspectos estructurales e institucionales de nuestra democracia – por otra parte, manifiestamente mejorables – lo primero que deberían hacer los políticos promotores de esta panacea educativa es no atentar contra las instituciones en su quehacer diario y respetarlas un poco más. ¿Qué legitimidad tiene el gobierno del Sr. Zapatero para imponer la enseñanza de algo que él mismo incumple? ¿Está garantizada la separación de poderes en nuestro país? ¿Están nítidamente separados los poderes ejecutivo y judicial? ¿Sirve de algo el Senado? ¿Es independiente el Fiscal General del Estado?
Está visto que si le damos a la educación para la ciudadanía el contenido político que algunos pretenden, tampoco sale bien parada la asignatura ni sus promotores, que tendrían que estudiar con aplicación los principios básicos de la democracia, para intentar llevarlos a la práctica (porque democracia no es solo la celebración de elecciones cada cuatro años, sino que encierra mucho más).
¿Qué es entonces la educación para la ciudadanía? ¿Enseñar a los escolares a que sean laicos? ¿Decirles que Mahoma, Jesucristo y Shiva tienen o deben tener el mismo valor para ellos? ¿Apartarles de aquello que sus padres les han querido enseñar, dentro de la mejor de sus voluntades y en el convencimiento de que hacen lo mejor para sus hijos? ¿Regular a través de una ley algo que no requiere regulación legal? ¿Tan escasos andan de leyes estos gobernantes, que se tienen que meter en estos sinuosos terrenos? ¿O se meten quizás porque esperan obtener algún tipo de rentabilidad?
Por otra parte hay referencias al mundo actual y a las sociedades democráticas “del siglo XXI” que encierran un margen de manipulación alarmante. Cabe preguntarse hasta qué punto el sistema educativo de la comunidad autónoma de que se trate abordará con imparcialidad y sensatez ciertos aspectos políticos a la hora de impartirse esta asignatura en sus escuelas. ¿será la ciudadanía igual en todos los modelos educativos de nuestro país o - como cabe esperar - se deslizarán valores cuestionables como el respeto por supuestos valores identitarios que traen consigo ansias de soberanía y disgregación de nuestro Estado?
Más valdría que se educara a muchos educadores que ahora están contribuyendo a sembrar futuros conflictos y a radicalizar la sociedad.