Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

31 de marzo de 2014

El Estado se queda con las inútiles autopistas de peaje.

España siempre ha sido un país público y afrancesado. Incluso los representantes de la derecha y del liberalismo no terminan de valorar lo que es el respeto de los poderes públicos por los ciudadanos, que se resume en tres palabras: Gastar lo imprescindible.
Esto es así porque cuando los poderes públicos gastan lo hacen con un dinero que en el origen no es suyo; lo tienen que obtener del bolsillo de los ciudadanos. Y si respetan a estos ciudadanos deben trabajar sobre mínimos y adelgazar sus bolsillos lo mínimo posible para posibilitar que ellos mismos se administren.
Fijémonos en las obras públicas del país más rico del mundo: Los Estados Unidos. Nos llama la atención que no están soterrados los cables de electricidad. Quizás sean menos bonitos, pero cuando se estropean no hay que hacer zanjas y a lo mejor eso permite destinar más recursos a  hacer más puentes. El mobiliario urbano es el imprescindible. No hay papeleras de lujo instaladas por el ayuntamiento, no hay paneles publicitarios hechos con dinero público, no se cambian cada dos por tres los bancos, las barandillas, las señales de tráfico, el mobiliario urbano en general, no se encuentran paseos con farolas en medio del campo, no hay costosos depósitos de sal en las carreteras para aprovisionar a los camiones quitanieves en una o dos situaciones de emergencia que surjan al cabo del año, si es que surgen.
Todo esto se traduce en ahorro para el bolsillo del ciudadano, que percibe que con sus impuestos no se hace un uso caprichoso. 
Los políticos deberían seguir un curso sobre "uso racional del dinero público". Donde yo trabajo (una institución pública de la administración central), uno de los objetivos a conseguir por las unidades administradoras de recursos en nuestra red periférica de direcciones provinciales, consiste en agotar el crédito presupuestario. Debe agotarse para que pueda mantenerse o aumentar la reserva de crédito. Es decir, se ve como algo negativo que de un año para otro se pase a gastar menos. ¿Por qué? 
La explicación es obvia: El gasto guarda relación con la importancia de los departamentos y unidades y con su estructura. Cuanto más crédito se tiene disponible más se manda y eso es lo que quieren los fantoches que ocupan las cúpulas del poder. 
Esta tendencia se agudiza si además tenemos empresas privadas constructoras, de servicios, de suministros,  etc que se acercan al poder a corromperle. Y a fe que lo consiguen. No hay más que ver el destino al que han ido a parar miles de millones de dinero recaudado de los contribuyentes. La gente se ha dado cuenta y ha acabado tremendamente indignada porque se ha cruzado una crisis por el camino. Pero no nos engañemos; con crisis o sin ella el gasto es exagerado, superfluo e irresponsable. 
Estos días se está hablando del rescate de las autovías de peaje, sobre todo las que rodean Madrid. ¿Quién pudo creer en algún momento que iban a ser rentables algún día? Discurren paralelas  otras autovías gratuitas, tienen precios exagerados y no evitan los atascos porque nacen y mueren en donde éstos se producen. No suponen una alternativa y, como es natural, están vacías. Ahora, después de una quita del 50 % el Estado deberá hacerse cargo de ellas, pero tendrá que pagar con el dinero de todos. Pero lo peor no es esto. Lo peor es que la causa de este exceso en infraestructuras se debió ni más ni menos que a dar a unas cuantas grandes empresas, contratos de construcción, con los que pensaban que la sociedad se enriquecía. 
Ahora somos un país pobre con flamantes aeropuertos sin estrenar, con récords en kilómetros de vías de alta velocidad, oficinas públicas, mobiliario urbano, depósitos de sal, polideportivos inútiles y urbanizaciones abandonadas. Y nadie tiene la culpa. 

Comentarios al homenaje de Zapatero

Ha escrito Zapatero en el periódico EL MUNDO, un deleznable artículo, por la inmensa desfachatez que entraña, viniendo de él. 

Dice 

"Nadie puede discutir que la actitud de Adolfo Suárez fue siempre abierta, tolerante, afable, respetuosa y que esa actitud contribuyó decisivamente al consenso y a la concordia que estuvieron presentes en nuestro proceso de transición a la democracia.
Tolerancia, capacidad de diálogo, permanente disposición para salir al encuentro de los adversarios políticos; y también,  eterminación, fortaleza, valentía. Por más veces que vemos las imágenes del 23-F, la gallardía mostrada en el Congreso de los Diputados por el presidente del Gobierno democrático de España no deja de llenarnos de orgullo"

Es un intento de adoptar una actitud digna ajena ¿Por qué no se avergüenza de la cobardía de los demás diputados entre los que estaban los socialistas que se tiraron al suelo y escondieron detrás del escaño? A ZP le da lo mismo que Suárez sea de otro signo político: No le hace ascos y quiere parasitar sus merecimientos cuando dice que se siente orgulloso de él. Lo adopta después de muerto para servirse de sus virtudes, con las que en realidad quiere identificarse de una forma patosa y zafia.

"Merece la pena destacar también que en el reconocimiento a Suárez está implícito el que merece toda una sociedad que con alto sentido de la responsabilidad acompañó la hoja de ruta hacia la libertad..."

Mentira: No fue toda la sociedad. Suárez tuvo muchas zancadillas e incluso aquella parte de la sociedad que colaboró con la instauración de la democracia, lo hizo en gran medida por miedo a una nueva dictadura. No exageremos los merecimientos.

"Es nuestra memoria de la libertad lo que estamos afirmando cuando honramos a Suárez. Con su pérdida física, reafirmamos nuestra
memoria colectiva, la confianza en los valores democráticos, la confianza en nosotros mismos, en nuestro país. De modo que estos días, con ocasión de este homenaje, podemos transmitir a los más jóvenes que la sociedad española fue capaz de lograrlo. Podemos transmitirles que la democracia es siempre la lucha por la democracia y nunca una concesión de la historia".

Aquí la desfachatez de ZP es inaudita cuando se incluye en primera persona entre los artífices de la transición, cuando en aquella época era un imberbe. Esto podría decirlo Felipe González, pero no él. El fue todo lo contrario. El fue el político profesionalizado y sin escrúpulos que llegó muchos años después a minar y explosionar el trabajo que Suárez y otros hicieron a favor de España. ZP ha sido un irresponsable que casi destruye España y ahora se permite dar lecciones.

"Completo estas líneas después de asistir en el Congreso de los Diputados a los actos de despedida y homenaje a Adolfo Suárez, presididos por los Reyes de España. Y creo que bien podemos decir que las instituciones y las fuerzas políticas han estado a la altura en su despedida. La solemnidad, la imagen de unidad, el aluvión de sentidas palabras de reconocimiento han sabido dar la réplica al hondo sentimiento de aprecio y gratitud expresado en estas horas por los ciudadanos. Y si deseo resaltar esta reacción colectiva es para poner de manifiesto que nuestra democracia retiene virtudes esenciales como son la de hacer justicia con la historia reciente o la de responder con espíritu de unidad ante circunstancias que, como ésta, lo requieren"

Espero que, en efecto, a Zapatero le hagan justicia cuando se escriba la historia. Que no se diga sencillamente que fue un instaurador de libertades solo porque en una ley se permitió el matrimonio gay. Zapatero experimentó con la sociedad española tensando hasta el límite su capacidad de aguante, provocando irresponsablemente el enfrentamiento, jugando con los sentimientos y las creencias de una gran fracción de ciudadanos, ofendiendo deliberadamente a unos para contentar a otros. Siempre con una visión partidista y electoralista. Nunca tuvo visión de Estado (justo aquella que se le reconoce hoy a Suárez).

"Deseo resaltarlo porque la muerte de Suárez también está generando, de manera no prevista, una especie de introspección nacional sobre nuestro carácter como país que aparece envuelta en una añoranza del pasado. Un pasado que muchos no veían tan idílico en aquel momento y cuya añoranza no debería llevarnos a cuestionar el proceso de los últimos 35 años, la postransición, el desarrollo de la España democrática."

Aquí ZP se empieza a destapar criticando a la España de la transición como peor que la actual y postulando su mandato como una especie de periodo sublimado de construcción de libertades y derechos. Reivindicando la modernidad que él trajo (está convencido de ello). Pero se equivoca: Nada hubo de modernidad en su mandato a excepción de un par de detalles cosméticos en relación a la igualdad de sexos y otras cuestiones sociales.

Y esta píldora sí que no se puede tragar. Su periodo de gobierno en realidad ha supuesto un retroceso, una vuelta al rencor y al guerracivilismo, del que nos va a costar recuperarnos. No puede en absoluto reivindicarse como una suerte de postransición o desarrollo sublimador de la transición. Pocos hoy tienen dudas de que ha supuesto un paso atrás, una brillante colaboración al descrédito de la clase política y de las instituciones. La estrategia de Suárez fue la concordia y la de zapatero fue la del enfrentamiento. Nada que ver.


"Un tiempo que, en gran medida, lo ha sido de realización, con todos los defectos e imperfecciones que muchas veces con lucidez se ponen día a día en el centro de nuestro debate público, de los designios fundacionales de la primera etapa. No olvidemos que la promesa de la Transición fue construir un país de derechos y libertades, garantizar la alternancia democrática en el poder, modernizar nuestra sociedad, hacer que España se insertara en la comunidad de las naciones democráticas más avanzadas, resolver el histórico problema de la relación entre la Iglesia y el Estado y fundar un modelo de convivencia territorial –éste era el reto más difícil– sobre el equilibrio entre la unidad y la diversidad. Buena parte de los objetivos contenidos en aquella promesa se fueron colmando bajo sucesivos gobiernos, incluso alguno tan duro y difícil como el de poner fin a la violencia terrorista."

Si se lee entre líneas, ZP está diciendo que él ha terminado los deberes que España se puso en la etapa fundacional. Diríase que durante su gobierno se ha entrado en la UE, se ha resuelto definitivamente el mapa autonómico, se han construido los derechos y libertades y se ha terminado con el terrorismo. Es una visión idílica propia de un idiota optimista, que no tiene nada que ver con la realidad. Cierto es que se entró en la UE en la que llegamos a ser el hazmerreir por obra y gracia de Zapatero (la entrada fue muy anterior a su mandato y la regeneración de nuestra imagen será muy posterior y siempre con el permiso de pepiño blanco al que ahora envían a Europa que, si está callado, colaborará a una aceleración del proceso). Los derechos y libertades construidos incluyen el de asesinar impunemente a niños no nacidos, acampar en la puerta del sol en una permanente fiesta asamblearia con los piojos y la ratas como principales invitados o tomar la calle y las universidades para la realización de actos violentos y agresivos.
Respecto al problema entre la Iglesia y el Estado estaba prácticamente resuelto antes de su llegada al poder. El Concordato vigente venía a establecer unas reglas del juego en un país mayoritariamente católico. Quien abrió la caja de los truenos fue Zapatero agrediendo a media España donde más le dolía. Eso no supuso ninguna resolución del problema ni, mucho menos, supuso llegar a un entendimiento definitivo. De hecho ahora se va a volver a aprobar una nueva Ley del aborto, con la que se podrá estar o no de acuerdo, pero que señala  que no hubo acuerdo y entendimiento, sino sectarismo e imposición. Todo lo contrario de lo que habría hecho Suárez. ¿Y qué decir respecto a las autonomías?  Por prosaicas y electoralistas razones, los socialistas abrieron lo que llaman un periodo fundacional de federalismos que nos está conduciendo a un camino de enfrentamiento con Cataluña del que no sabemos cómo saldremos ambas partes. Nuevamente, también en este escenario ZP apostó por la fractura y pese a ser el gobernante de España se alió con la posición contraria, en una actitud rayana en la traición. Se lanzaron mensajes de apoyo a los nacionalistas (cuyo voto se necesitaba en el Congreso de los Diputados) indicando que el gobierno central apoyaría aquello que decidiera el Parlamento de Catalunya. Se hizo, en efecto un nuevo Estatut con una finalidad constitucional de un nuevo Estado que sería Catalunya. Esa Ley incurría en defectos gravísimos de inconstitucionalidad y pese a ello el Tribunal Constitucional, presionado y manipulado por el gobierno retrasó su sentencia más de tres años y dictó una sentencia que no satisfizo a nadie. España ha estado en estos últimos años dividida y desorientada, sin que los líderes la conduzcan ni piensen en ella. Nada que ver con Adolfo Suárez. Lejos de resolverse nada tenemos la amenaza de un referéndum ilegal para conseguir la secesión de Cataluña. De eso sí que puede vanagloriarse ZP.
En cuanto al terrorismo de ETA, mejor no hablar de las cloacas del gobierno socialista. Se ha conseguido en efecto que cesen los atentados, pero no ha habido una entrega definitiva de armas ni han vencido los buenos. Ha sido una claudicación indigna que ofende y molesta a la gran mayoría de los españoles, dolidos hoy con la política vergonzante no solo de Zapatero, sino de su sucesor. ¿Se puede considerar esta salida como una victoria, como algo de lo que enorgullecernos? En absoluto. Ahí esta BILDU gobernando en las diputaciones para recordarnos la indignidad. Ahí está el Ayuntamiento de San Sebastián en el que no han querido ni poner las banderas a media asta estos días.

Más vale que se calle para siempre


22 M: Radicalización sospechosa e innecesaria.

Hay políticos y medios de prensa que saldrían muy beneficiados con una aplicación estricta del respeto a la legalidad. Si los sindicatos y los partidos de izquierda de hoy desautorizaran sin ningún matiz los movimientos callejeros que estos días asolan el centro de Madrid, saldría beneficiada la “derechona” que se vería - ¡encima! – premiada con la tranquilidad fruto de un orden público garantizado. Esa, para muchos sería una situación indeseable: El PP ha llegado al poder y no puede dejársele gobernar en paz, porque el gobierno del PP consiste en recortes y pérdida de derechos para los ciudadanos (sobre todo, para los más modestos).
Si el principal partido de izquierdas cree honestamente que las cosas suceden así, si sus políticos pueden afirmar que el gobierno del PP tiene margen de maniobra y que no es tan rehén como lo fueron ellos de los poderes fácticos (banca, multinacionales etc.), sin duda podrían cimentar una línea sólida de oposición que no necesitaría el auxilio de la agitación callejera.
Pero en ese terreno – donde de verdad un partido demócrata tiene que desenvolverse – han fracasado. Por eso necesitan la calle y la agitación.
De todos los líos que se monten serán los principales beneficiarios: En cualquier elección que se celebre; en cualquier ámbito.
Estamos, pues, ante una polarización interesada del escenario político. La agitación le conviene a la izquierda para cosechar votos. Tienen a su favor un caldo de cultivo que viene dado por la crisis y los recortes, con los que casi nadie está de acuerdo. (Al menos no resulta fácil para nadie aceptar que le apliquen una tras otra medida impopular, que le crujan a impuestos y que sus hijos, hermanos o amigos estén padeciendo una situación injusta de desempleo y falta de oportunidades).
No estamos ni por asomo diciendo que no haya razones de queja, ni que la derecha esté actuando correctamente. Sin duda hay que quejarse, pero debe hacerse cívicamente. Debe haber tolerancia cero con la capucha y el bate de béisbol, con los movimientos organizados antisistema. El PSOE y los sindicatos están en el sistema que se ve amenazado con estos energúmenos. Deberían, por tanto, no sentir tanta comprensión hacia ellos, porque pueden resultar sobrepasados en una radicalización descontrolada de sectores de la sociedad descontentos. El PSOE, además, gobernó y aplicó en sus últimos tiempos medidas muy severas de recorte: Eso no debe olvidarse.
Y tampoco debe olvidarse el peligro que tiene la anarquía. El escoramiento ideológico hacia colectivizaciones, asaltos a supermercados, movimientos asamblearios de acampada, comprensión hacia los movimientos okupa, etc.  solo conduce a una mayor ruina de la sociedad y a un desgobierno en el que todo el mundo sale perjudicado. Si esos movimientos son, por añadidura agresivos, la convivencia de todos y la economía en general, salen doblemente perjudicadas.
Lo que estoy diciendo no implica en absoluto abandonar una línea de solidaridad con los más desfavorecidos que siempre debe fomentarse. Pero ésta no puede ser forzada, ni conseguirse mediante un asalto al poder que condujera a unas hipotéticas medidas de colectivización y lucha maniquea contra la malvada banca. Las cosas no son tan sencillas. Podemos observar lo que está sucediendo en Venezuela, siendo como es un país con muchas más riquezas naturales que el nuestro (fundamentalmente el petróleo que permite al gobierno obtener ingresos para compensar el desastre económico que provocan sus medidas). Allí la gente lucha ahora por algo tan básico como poder consumir artículos básicos de primera necesidad. 
Aquí la gran paradoja es que por muy de izquierdas que sean, estos grupos violentos organizados que dicen luchar contra el sistema y se internan en los recintos universitarios para contaminar ideológicamente a los estudiantes, no dejan de ser brotes fascistas que se alimentan de la decepción de la gente y del descontento con la crisis. Lo típico de estos movimientos es retroalimentarse con las depresiones económicas. Es obvio que cuando la gente tiene los problemas familiares y económicos resueltos, tiende a “aburguesarse” y a ocupar el centro ideológico, siendo mucho menos manipulable. Por eso habría que tener cuidado con la manipulación de la gente indignada. Hay causas justas hoy día para criticar al gobierno, sí. Pero no debemos aceptar la radicalización porque no nos beneficia. 


24 de marzo de 2014

Adiós al entendimiento


Hoy ha muerto Adolfo Suárez. Probablemente al principio sólo fue una vedette rutilante de la transición. Su procedencia permitía albergar dudas sobre sus intenciones. Pero después hizo con gran desgaste personal un gran trabajo a favor de España. Fue un estadista negociador. Las difíciles circunstancias por las que atravesaba el país, hacían necesario un líder como él en aquellos momentos. Tuvo gran intuición para adoptar mediante decisiones rápidas y consensos un camino irreversible hacia la democracia. Su dimisión encierra incógnitas todavía no desveladas ¿Se decepcionó acaso con un rey cuya participación en el 23F íba a ser distinta de como luego fue? Nunca lo sabremos. 
Prácticamente con su caída comenzó otro camino irreversible de destrucción, en el que los lados más oscuros de la política fueron enseñoreándose y conduciéndonos al desastre. Hoy ya no está presente en nadie el espíritu conciliador que tuvo Suárez, quizás porque tampoco existe el miedo que entonces había a la involución. Pero, aunque la dictadura ya no amenace tenemos otros graves peligros contra los que solo se puede luchar estando todos unidos.

Descanse en paz.