Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

31 de marzo de 2014

22 M: Radicalización sospechosa e innecesaria.

Hay políticos y medios de prensa que saldrían muy beneficiados con una aplicación estricta del respeto a la legalidad. Si los sindicatos y los partidos de izquierda de hoy desautorizaran sin ningún matiz los movimientos callejeros que estos días asolan el centro de Madrid, saldría beneficiada la “derechona” que se vería - ¡encima! – premiada con la tranquilidad fruto de un orden público garantizado. Esa, para muchos sería una situación indeseable: El PP ha llegado al poder y no puede dejársele gobernar en paz, porque el gobierno del PP consiste en recortes y pérdida de derechos para los ciudadanos (sobre todo, para los más modestos).
Si el principal partido de izquierdas cree honestamente que las cosas suceden así, si sus políticos pueden afirmar que el gobierno del PP tiene margen de maniobra y que no es tan rehén como lo fueron ellos de los poderes fácticos (banca, multinacionales etc.), sin duda podrían cimentar una línea sólida de oposición que no necesitaría el auxilio de la agitación callejera.
Pero en ese terreno – donde de verdad un partido demócrata tiene que desenvolverse – han fracasado. Por eso necesitan la calle y la agitación.
De todos los líos que se monten serán los principales beneficiarios: En cualquier elección que se celebre; en cualquier ámbito.
Estamos, pues, ante una polarización interesada del escenario político. La agitación le conviene a la izquierda para cosechar votos. Tienen a su favor un caldo de cultivo que viene dado por la crisis y los recortes, con los que casi nadie está de acuerdo. (Al menos no resulta fácil para nadie aceptar que le apliquen una tras otra medida impopular, que le crujan a impuestos y que sus hijos, hermanos o amigos estén padeciendo una situación injusta de desempleo y falta de oportunidades).
No estamos ni por asomo diciendo que no haya razones de queja, ni que la derecha esté actuando correctamente. Sin duda hay que quejarse, pero debe hacerse cívicamente. Debe haber tolerancia cero con la capucha y el bate de béisbol, con los movimientos organizados antisistema. El PSOE y los sindicatos están en el sistema que se ve amenazado con estos energúmenos. Deberían, por tanto, no sentir tanta comprensión hacia ellos, porque pueden resultar sobrepasados en una radicalización descontrolada de sectores de la sociedad descontentos. El PSOE, además, gobernó y aplicó en sus últimos tiempos medidas muy severas de recorte: Eso no debe olvidarse.
Y tampoco debe olvidarse el peligro que tiene la anarquía. El escoramiento ideológico hacia colectivizaciones, asaltos a supermercados, movimientos asamblearios de acampada, comprensión hacia los movimientos okupa, etc.  solo conduce a una mayor ruina de la sociedad y a un desgobierno en el que todo el mundo sale perjudicado. Si esos movimientos son, por añadidura agresivos, la convivencia de todos y la economía en general, salen doblemente perjudicadas.
Lo que estoy diciendo no implica en absoluto abandonar una línea de solidaridad con los más desfavorecidos que siempre debe fomentarse. Pero ésta no puede ser forzada, ni conseguirse mediante un asalto al poder que condujera a unas hipotéticas medidas de colectivización y lucha maniquea contra la malvada banca. Las cosas no son tan sencillas. Podemos observar lo que está sucediendo en Venezuela, siendo como es un país con muchas más riquezas naturales que el nuestro (fundamentalmente el petróleo que permite al gobierno obtener ingresos para compensar el desastre económico que provocan sus medidas). Allí la gente lucha ahora por algo tan básico como poder consumir artículos básicos de primera necesidad. 
Aquí la gran paradoja es que por muy de izquierdas que sean, estos grupos violentos organizados que dicen luchar contra el sistema y se internan en los recintos universitarios para contaminar ideológicamente a los estudiantes, no dejan de ser brotes fascistas que se alimentan de la decepción de la gente y del descontento con la crisis. Lo típico de estos movimientos es retroalimentarse con las depresiones económicas. Es obvio que cuando la gente tiene los problemas familiares y económicos resueltos, tiende a “aburguesarse” y a ocupar el centro ideológico, siendo mucho menos manipulable. Por eso habría que tener cuidado con la manipulación de la gente indignada. Hay causas justas hoy día para criticar al gobierno, sí. Pero no debemos aceptar la radicalización porque no nos beneficia. 


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