Hay políticos y medios de prensa que saldrían muy
beneficiados con una aplicación estricta del respeto a la legalidad. Si los
sindicatos y los partidos de izquierda de hoy desautorizaran sin ningún matiz
los movimientos callejeros que estos días asolan el centro de Madrid, saldría
beneficiada la “derechona” que se vería - ¡encima! – premiada con la
tranquilidad fruto de un orden público garantizado. Esa, para muchos sería una
situación indeseable: El PP ha llegado al poder y no puede dejársele gobernar en
paz, porque el gobierno del PP consiste en recortes y pérdida de derechos para
los ciudadanos (sobre todo, para los más modestos).
Si el principal partido de izquierdas cree honestamente que
las cosas suceden así, si sus políticos pueden afirmar que el gobierno del PP
tiene margen de maniobra y que no es tan rehén como lo fueron ellos de los
poderes fácticos (banca, multinacionales etc.), sin duda podrían cimentar una
línea sólida de oposición que no necesitaría el auxilio de la agitación
callejera.
Pero en ese terreno – donde de verdad un partido demócrata
tiene que desenvolverse – han fracasado. Por eso necesitan la calle y la
agitación.
De todos los líos que se monten serán los principales
beneficiarios: En cualquier elección que se celebre; en cualquier ámbito.
Estamos, pues, ante una polarización interesada del
escenario político. La agitación le conviene a la izquierda para cosechar
votos. Tienen a su favor un caldo de cultivo que viene dado por la crisis y los
recortes, con los que casi nadie está de acuerdo. (Al menos no resulta fácil
para nadie aceptar que le apliquen una tras otra medida impopular, que le
crujan a impuestos y que sus hijos, hermanos o amigos estén padeciendo una
situación injusta de desempleo y falta de oportunidades).
No estamos ni por asomo diciendo que no haya razones de
queja, ni que la derecha esté actuando correctamente. Sin duda hay que
quejarse, pero debe hacerse cívicamente. Debe haber tolerancia cero con la
capucha y el bate de béisbol, con los movimientos organizados antisistema. El
PSOE y los sindicatos están en el sistema que se ve amenazado con estos
energúmenos. Deberían, por tanto, no sentir tanta comprensión hacia ellos,
porque pueden resultar sobrepasados en una radicalización descontrolada de
sectores de la sociedad descontentos. El PSOE, además, gobernó y aplicó en sus
últimos tiempos medidas muy severas de recorte: Eso no debe olvidarse.
Y tampoco debe olvidarse el peligro que tiene la anarquía.
El escoramiento ideológico hacia colectivizaciones, asaltos a supermercados,
movimientos asamblearios de acampada, comprensión hacia los movimientos okupa,
etc. solo conduce a una mayor ruina de
la sociedad y a un desgobierno en el que todo el mundo sale perjudicado. Si
esos movimientos son, por añadidura agresivos, la convivencia de todos y la
economía en general, salen doblemente perjudicadas.
Lo que estoy diciendo no implica en absoluto abandonar una
línea de solidaridad con los más desfavorecidos que siempre debe fomentarse.
Pero ésta no puede ser forzada, ni conseguirse mediante un asalto al poder que
condujera a unas hipotéticas medidas de colectivización y lucha maniquea contra
la malvada banca. Las cosas no son tan sencillas. Podemos observar lo que está
sucediendo en Venezuela, siendo como es un país con muchas más riquezas
naturales que el nuestro (fundamentalmente el petróleo que permite al gobierno
obtener ingresos para compensar el desastre económico que provocan sus
medidas). Allí la gente lucha ahora por algo tan básico como poder consumir artículos básicos de primera necesidad.
Aquí la gran paradoja es que por muy de izquierdas que sean,
estos grupos violentos organizados que dicen luchar contra el sistema y se
internan en los recintos universitarios para contaminar ideológicamente a los
estudiantes, no dejan de ser brotes fascistas que se alimentan de la decepción
de la gente y del descontento con la crisis. Lo típico de estos movimientos es
retroalimentarse con las depresiones económicas. Es obvio que cuando la gente
tiene los problemas familiares y económicos resueltos, tiende a “aburguesarse”
y a ocupar el centro ideológico, siendo mucho menos manipulable. Por eso habría que tener cuidado con la manipulación de la gente indignada. Hay causas justas hoy día para criticar al gobierno, sí. Pero no debemos aceptar la radicalización porque no nos beneficia.

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