¿Por qué un gobierno radical de izquierdas como el que tenemos es nefasto para la clase media? La clase media es la más numerosa en casi todos los países normales: incorpora profesiones colegiadas de cualquier nivel, empleados públicos, pequeños autónomos, pensionistas contributivos, empleados por cuenta ajena de los sectores de servicios e incluso empleados fabriles y agricultores por cuenta propia y ajena. En esta clase entraría casi todo lo inclasificable y se caracterizaría por una identidad etérea e inaccesible para los partidos políticos. Puede estar, para muchos, muy relacionada con esa mayoría silenciosa que puede decidir las contiendas electorales y que se resiste a los análisis políticos porque en ella quiebran los modelos predictivos, el big data y por supuesto los análisis de Tezanos desde el sectario centro de investigaciones sociológicas.
A la izquierda no le gusta la clase media porque no puede dominarla pero recurre a ella insistentemente como fuente de recursos porque de ella sale la mayoría del dinero que necesita el ejecutivo en su voracidad recaudatoria.
Los partidos engañabobos como el de Sánchez necesitan extraer la sangre a los sectores productivos para satisfacer principalmente a dos tipos de colectivos: Los pobres y la casta de amigos.
En el primer grupo entran todos aquellos que deben estar agradecidos por pagas, subvenciones, ayudas etc. es lo que ellos llaman la sociedad débil a la que supuestamente quieren fortalecer. Para repartir pagas a estudiantes o la ortodoncia o las gafas a ilegales (en una concepción suicida de lo que debe ser la universalización de la asistencia sanitaria) están saqueando impunemente a la sociedad productiva hasta obligar a la entrega de más de un 50 % de los ingresos al Estado en muchos casos. Llevando al límite la progresividad de los impuestos predican una solidaridad forzosa que ellos (los políticos y la casta que les rodea) no se aplican a sí mismos.
Porque, en efecto, el segundo grupo, son los amiguetes que suelen vivir muy bien con los partidos de izquierda. Gracias a los políticos y al ejercicio autárquico de los presupuestos para nuevos nombramientos o para adjudicaciones a empresas de familiares o amiguetes (muchas veces constituidas ad-hoc para contratar con la administración en la que manda el autócrata benefactor) nos encontramos con el afloramiento de una nueva casta que accede a privilegios y al modo de vida de la derecha que critican (chalets en Galapagar, coches de marca, clubs, deportes caros, semanas de nieve, inmuebles y viajes a República Dominicana o Venezuela etc.). Naturalmente los integrantes de esta nueva jet que acceden de forma tan fácil al dinero, son muy bien pensantes y conscientes del globalismo de los problemas y de la propia pobreza de la gente que viene de fuera o que tenemos dentro, abogan por la extensión de la solidaridad. ¡Cómo no! Es un buen trato devolver en forma de impuestos al Estado parte de lo que te ha venido regalado. Por eso comulgan con toda la agenda 2030 de pe a pa y cada una de sus nobles y mezcladas causas que hoy son la nueva religión, desde el compromiso con el cambio climático, hasta el apoyo a la absurda y artificial diversidad que hoy nos rodea. En este capítulo podríamos encuadrar a toda la familia de Sánchez, desde el hermano a la mujer, pasando por el padre. Son lo beneficiados de la izquierda, no por ser podres, sino por ser de la casta. Pero no son los únicos; hay abundantes ejemplos de puertas giratorias, de socialistas muy solidarios al frente de empresas públicas con niveles de ingresos muy elevados y nombres que ahuyentan a cualquier inspector de Hacienda que desee conservar su posición. Los Bono, Marlaska, Garzón, Delgado etc.
Hay un tercer grupo muy minoritario, que son las grandes fortunas. Aquellos que tienen recursos para pelear contra el sistema cuando lo ven injusto. Están en una posición de no dejarse avasallar si lo desean o pueden, si así lo quieren, ser solidarios como el que más porque tengan sentido de Estado. Contra estos el gobierno del autócrata y la marioneta chillona que tiene al frente de la Hacienda Pública, no pueden nada.
La sufrida clase media es la que pierde siempre y sin que valga para nada. En un mundo globalizado siempre es posible importar pobreza para poder seguir con este buenismo hipócrita y facilón consistente en saquear para repartir después entre los dos grandes grupos de agradecidos que hay que cultivar en este invernadero ideológico: Los pobres importados y la casta de amigos.





