Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

13 de septiembre de 2013

A esto hemos llegado por la irresponsabilidad de algunos


El nacionalismo catalán, dicen estos días que se alimenta de sentimientos. Gente dispersa del campo y de la ciudad, de las comarcas catalanas, se pone de acuerdo ella sola, para desear espontáneamente un nuevo Estado. Todos ellos claman cada vez más embravecidos y más indignados con la situación actual: Están aplastados. Están sometidos por una potencia que les oprime y les impide expresar sus deseos de diferencia. Y serán cada vez más infelices, y estarán cada vez más frustrados, mientras no consigan esa meta. ¿Es esto realmente lo que está sucediendo?
Creo que hay menos radicalismo y menos espontaneidad de la que pretenden hacernos creer, pero aún así la situación es preocupante porque conduce a la población catalana a un callejón sin salida. El éxito en términos cuantitativos de la cadena humana en el día de la diada podría conducir a la reflexión de que toda esa gente tiene unos sentimientos que merecen ser respetados y, por tanto, hay que permitir la consulta popular. Pero no debe ser así.
Tenemos una generación completa que se ha educado en el victimismo y el adoctrinamiento. A ello han contribuido casi todos los medios de comunicación desde que tenemos democracia, los libros de texto y la actuación política y presupuestaria. Todo lo bueno que había procedía de la Generalitat y todo lo malo de Madrid. El sufrido pueblo catalán, incluida toda la población procedentes de otras regiones de España y todos los inmigrantes extranjeros… todos los que allí viven, han tenido que verse un día tras otro inmersos en una realidad de un nuevo país en obras. En definitiva una construcción que no sabían cómo iba a terminar ni cuanto iba a durar, ni siquiera si la deseaban. Los arquitectos de este proyecto, son los políticos nacionalistas; gente que no existiría si no se enfatizara sobre la diferencia. Viven de la diferencia y se la inoculan día tras día al sufrido ciudadano.
Ahora les beneficia la crisis. Cuando hay una crisis y se está pasando mal, es humano pensar que cualquier cambio puede conducir a una situación mejor. Los irresponsables políticos nacionalistas también juegan con eso y hacen germinar y crecer en la gente los deseos de separación de una realidad que como es natural, deben pintar como algo muy desagradable.
Ahora la realidad les ayuda. España está en crisis con elevadas tasas de paro y con una posición desacreditada ante la Unión Europea por la política de gasto irresponsable que ha habido y la burbuja de la construcción. Todo el pueblo está saliendo como puede de esto, entre otras cosas, gracias a la forzosa solidaridad y sacrificios de los sufridos trabajadores y clase media cuyo bolsillo ha sido literalmente vapuleado. Sin embargo estos políticos nacionalistas – que son tan culpables como el que más de esta situación – hablan de separarse y prometen un destino mejor en solitario. Siempre han actuado así desde que se perdieron las colonias. La debilidad crónica de España les hace desear la separación, en un claro ejercicio de falta de solidaridad y de ignorancia histórica.
Por lo tanto quedémonos en primer lugar con una idea: El discurso actual nacionalista es cizañero, porque necesita sembrar el descontento para progresar.
Es una labor de años de acoso y derribo, lo que ha habido en Cataluña. El gobierno nacional no la ha impedido ni ha puesto orden, por su propia debilidad (de la que han vivido los nacionalistas). Por eso los políticos nacionales también han sido irresponsables: porque han permitido que crezca el monstruo, sin hacer nada. Más bien al contrario; lo han acunado y amamantado. ¿Y por qué se ha permitido esta situación desde Madrid? ¿Por qué no nos hemos inmutado ante las humillaciones públicas y las ofensas que se han hecho a nuestro país, el país de todos? Todos los días en la prensa nacionalista se pueden ver múltiples ejemplos. No es una novedad y viene de antiguo. Recordemos como broche demostrativo ese masivo “Catalonia is not Spain” que pudo verse en las gradas del estadio olímpico de Montjuic, después de haberse implicado toda España en que prosperara la candidatura de Barcelona en 1992. Ha habido un continuo regodeo en la ofensa y el menosprecio hacia el resto de España, a la que han querido ver con desdén.
Frente a eso, tenemos a dos partidos políticos que no dan la talla ante una encrucijada muy difícil. Los socialistas son especialmente torpes en este terreno del nacionalismo. Su necesidad de gobernar les ha conducido a un idilio falso con las minorías nacionalistas, a un tolerancia irresponsable hacia quienes propugnan el troceado de España. Ya sabemos todo lo que hizo Zapatero para conseguir resultados en las elecciones generales de 2008. Sólo por mantenerse en el poder fue capaz de ocultar la crisis, acometer reformas desestabilizadoras para el país y coquetear con unos peligrosos socios como los terroristas.