Ya el verano pasado en un viaje que hice a Francia me
sucedió lo mismo. Sentí envidia de ver un país consolidado que pese a tener
problemas – más en estos tiempos convulsos de globalización – tiene el flanco
interior resuelto y no se pasan el día discutiendo de estupideces.
Ahora he estado en el Reino Unido y me ha parecido que
tenemos mucho que aprender de ellos. Y es algo que duele y produce rabia,
porque la civilización romana estuvo antes de nuestro lado. Ellos fueron los
bárbaros aislados por el Canal de La Mancha, luego los piratas sin escrúpulos
que hacían de mosca cojonera del Imperio Español, pero más tarde ya se hicieron
con el control comercial y marítimo mundial a base de muchas batallas y de no
dudar de sí mismos. Esas batallas les confieren un pasado reciente grandioso y
sienten un legítimo orgullo de su presencia en el mundo. Su idioma y su
impronta traspasan las fronteras y los océanos igual que las transacciones
comerciales que tienen origen en Londres.
Al lado de todo eso, nosotros y nuestros podemitas, somos
una mierda digna de mofa o lástima (según sea el corazón de quien nos observe).
Y qué decir de los separatistas y de la izquierda que cuestiona todos los
pasajes de nuestra historia.
Sentí lástima al ver
el respeto que se tiene en gran Bretaña por los símbolos nacionales e
históricos. Un gran país se construye así: Partiendo de ideas sencillas y
claras en las que todo el mundo esté de acuerdo y no cuestionándose su propia
identidad.
Mientras aquí andamos pidiendo perdón por haber conquistado
América, allí consideran una gesta todas sus batallas coloniales. Incluso
generales torpes que hicieron perder miles de vidas en la Primera Gran Guerra como
Douglas Earl Haig tienen su monumento en Whitehall, con su mirada solemne a
lomos de su caballo.
En la Plaza de Trafalgar se conmemora una importante batalla
en la que el Imperio Británico se quedó en exclusiva con el poderío marítimo
después de destrozar a la flota franco – española. Y presidiendo esa plaza hay
un gigantesco monumento a Lord Nelson el almirante victorioso que perdió la
vida en aquella batalla. Por cierto, enterrado en una monumental cripta de la
Catedral de San Pablo. ¿Es que no ha habido batallas en España para
conmemorarlas en las calles y plazas? ¿Es que somos todos pacifistas veganos y
animalistas?
Es una pena que no estemos reconciliados. Y es una pena que
hayamos tenido una guerra civil. Un país que llega a eso, es un país fracturado
para generaciones. Y ahora seguimos así: Fracturados, desorientados y débiles,
para el solaz y el regodeo de otros estados que disfrutan viendo en lo que se
ha convertido España. Seguimos insistiendo en la autocrítica descarnada y proliferan los imbéciles que dicen que si les hubieran dado a elegir hubieran preferido ser antes afrancesados que resistentes españoles o hubieran simpatizado antes con los pobres aztecas que con los descubridores españoles.
Pero además del respeto sin matices por su propia historia, el punto de vista práctico que tienen los británicos, los
contactos internacionales, la red de intereses y la forma de entender los
negocios, les hacen una potencia de primera magnitud que, por supuesto, está
mucho menos afectada por la crisis si se la compara con países pequeños y
burocráticos como el nuestro.
He visto un Londres en obras, con varias torres en
construcción a la vez y una economía activa y casi diría que desenfrenada. He
visto un turismo de todo el mundo, rico y variado, en gran parte procedente de
países emergentes como la India. He visto más coches lujosos que en ninguna
parte. Y a la gente la he visto tomándose sus pintas de cerveza en el exterior
de los pubs con una tranquilidad pasmosa y, desde luego, sin asomo de
preocupación por el Brexit.
