Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

28 de julio de 2016

Orgullo patrio ¿Qué es eso?

Ya el verano pasado en un viaje que hice a Francia me sucedió lo mismo. Sentí envidia de ver un país consolidado que pese a tener problemas – más en estos tiempos convulsos de globalización – tiene el flanco interior resuelto y no se pasan el día discutiendo de estupideces.
Ahora he estado en el Reino Unido y me ha parecido que tenemos mucho que aprender de ellos. Y es algo que duele y produce rabia, porque la civilización romana estuvo antes de nuestro lado. Ellos fueron los bárbaros aislados por el Canal de La Mancha, luego los piratas sin escrúpulos que hacían de mosca cojonera del Imperio Español, pero más tarde ya se hicieron con el control comercial y marítimo mundial a base de muchas batallas y de no dudar de sí mismos. Esas batallas les confieren un pasado reciente grandioso y sienten un legítimo orgullo de su presencia en el mundo. Su idioma y su impronta traspasan las fronteras y los océanos igual que las transacciones comerciales que tienen origen en Londres.
Al lado de todo eso, nosotros y nuestros podemitas, somos una mierda digna de mofa o lástima (según sea el corazón de quien nos observe). Y qué decir de los separatistas y de la izquierda que cuestiona todos los pasajes de nuestra historia.
Sentí  lástima al ver el respeto que se tiene en gran Bretaña por los símbolos nacionales e históricos. Un gran país se construye así: Partiendo de ideas sencillas y claras en las que todo el mundo esté de acuerdo y no cuestionándose su propia identidad.
Mientras aquí andamos pidiendo perdón por haber conquistado América, allí consideran una gesta todas sus batallas coloniales. Incluso generales torpes que hicieron perder miles de vidas en la Primera Gran Guerra como Douglas Earl Haig tienen su monumento en Whitehall, con su mirada solemne a lomos de su caballo.
En la Plaza de Trafalgar se conmemora una importante batalla en la que el Imperio Británico se quedó en exclusiva con el poderío marítimo después de destrozar a la flota franco – española. Y presidiendo esa plaza hay un gigantesco monumento a Lord Nelson el almirante victorioso que perdió la vida en aquella batalla. Por cierto, enterrado en una monumental cripta de la Catedral de San Pablo. ¿Es que no ha habido batallas en España para conmemorarlas en las calles y plazas? ¿Es que somos todos pacifistas veganos y animalistas?
Es una pena que no estemos reconciliados. Y es una pena que hayamos tenido una guerra civil. Un país que llega a eso, es un país fracturado para generaciones. Y ahora seguimos así: Fracturados, desorientados y débiles, para el solaz y el regodeo de otros estados que disfrutan viendo en lo que se ha convertido España. Seguimos insistiendo en la autocrítica descarnada y proliferan los imbéciles que dicen que si les hubieran dado a elegir hubieran preferido ser antes afrancesados que resistentes españoles o hubieran simpatizado antes con los pobres aztecas que con los descubridores españoles. 
Pero además del respeto sin matices por su propia historia, el punto de vista práctico que tienen los británicos, los contactos internacionales, la red de intereses y la forma de entender los negocios, les hacen una potencia de primera magnitud que, por supuesto, está mucho menos afectada por la crisis si se la compara con países pequeños y burocráticos como el nuestro.
He visto un Londres en obras, con varias torres en construcción a la vez y una economía activa y casi diría que desenfrenada. He visto un turismo de todo el mundo, rico y variado, en gran parte procedente de países emergentes como la India. He visto más coches lujosos que en ninguna parte. Y a la gente la he visto tomándose sus pintas de cerveza en el exterior de los pubs con una tranquilidad pasmosa y, desde luego, sin asomo de preocupación por el Brexit.

Mi conclusión es que estamos siguiendo un camino equivocado.