Los políticos separatistas quieren seguir escenificando con
una risible solemnidad que los atribulados representantes de un pueblo
atropellado tienen de su lado los argumentos de la democracia. Parece que son
muchos y que van muy en serio, pero no nos engañemos. Por estos contornos hay
muchos más que estaban ya muy hartos del “proces”, del descaro de sus
protagonistas y de la impunidad con la que se venía ejecutando el plan desde
2012.
Llarena se ha quedado corto al comparar el proceso
independentista con el golpe del 23 F. lo que han hecho los impulsores del
separatismo catalán en estos últimos años es mucho más grave. Han socavado la
convivencia y el entendimiento entre conciudadanos y a veces entre familiares y
amigos. Han tensado la cuerda a sabiendas, manteniendo un órdago absurdo e
insultante con el resto de la nación española. Han desviado fondos destinados a
cubrir las necesidades de toda la población, descuidando sanidad, educación e
infraestructuras para gastarlos en el proyecto de segregación de España. Han
manipulado a grandes sectores de ciudadanía a través de la propaganda para
indisponerla contra el Estado mientras se dedicaban a robar dinero que debía
haberse destinado a prestarle mejores servicios.
Y han sido avisados una y otra vez de que se trataba de un
golpe desde las instituciones y de la gravedad que entrañaba.
Cierto es que parece menos golpe porque no se han atrevido a
coger las armas, estando como están cómodamente instalados en el victimismo. Esperaban
el cariño y comprensión de todo el mundo, pero no hay tantos idiotas por ahí.
Quizás algunos belgas y para de contar. Lo cierto es que ha sido un golpe en
toda regla. Que el Estado haya reaccionado y con su poder les haya frenado en
seco y que hayan quedado – de momento – lejos de su meta final no significa en
modo alguno que no lo hayan intentado y ejecutado. No hay que negar ni un ápice
de gravedad a lo que han hecho.
Lo peor de todo es que aun proliferan los ilusos partidistas
e interesados que siguen apostando por una vía equivocada para conseguir la
convivencia: (“No provoquemos a los catalanes que tenemos que convivir con
ellos”). Y lo dicen quienes no han protestado nunca por las continuas
provocaciones de los separatistas hacia España. Estos partidarios de las
políticas impunistas a quienes interesa pescar en el caladero de votos
nacionalista - ¡todavía! – avisan de que costará muchos años cerrar esta herida
como si fuera Llarena el que la estuviera causando. Claro que costará una
generación. Pero debe advertirse que el causante del desgarro no es el magistrado del Supremo ni
tampoco es el gobierno de Rajoy, como algunos pretenden. Ha sido la irresponsabilidad
de los propios impulsores del procés.
Ahora es más necesario que nunca un mensaje de rigor y
firmeza y si es preciso que vuelvan a rebelarse otros, pero que sea dentro de
una generación. Algunos no estaremos ya para ver el desastre.
Entretanto los catalanes deben de comprender que quienes han
perpetrado la agresión han sido sus políticos. La única forma de empezar a
construir es comprender en qué ha consistido el intento de destrucción.
Las corrientes indulgentes no solo estaban integradas por
los partidos de izquierdas. Aunque éstos destacaban por su inexplicable simpatía
hacia el separatismo catalán, también los populares y el gobierno han estado
dispuestos a ponerse una venda en los ojos hasta que la reacción ya era insoslayable.
La mosca ha estado comiendo cómodamente, un picotazo tras otro, sin que el
paquidermo reaccionara. Unos y otros hacían cálculos electorales y nadie quería
realmente el enfrentamiento con una gran parte de la sociedad catalana.
Se hablaba de evitar un choque de trenes. Se hablaba de
dialogar. Hoy han quedado definidos aquellos con los que se suponía que el
Estado de España, democrático y comunitario, debía dialogar. Ese diálogo que
supuestamente había de servir para cerrar heridas solo hubiera sido una gran
torpeza porque habría proporcionado una legitimidad inmerecida a quienes hoy no
vemos más que como unos golpistas.