Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

24 de marzo de 2018

Bravo por LLarena


Los políticos separatistas quieren seguir escenificando con una risible solemnidad que los atribulados representantes de un pueblo atropellado tienen de su lado los argumentos de la democracia. Parece que son muchos y que van muy en serio, pero no nos engañemos. Por estos contornos hay muchos más que estaban ya muy hartos del “proces”, del descaro de sus protagonistas y de la impunidad con la que se venía ejecutando el plan desde 2012.
Llarena se ha quedado corto al comparar el proceso independentista con el golpe del 23 F. lo que han hecho los impulsores del separatismo catalán en estos últimos años es mucho más grave. Han socavado la convivencia y el entendimiento entre conciudadanos y a veces entre familiares y amigos. Han tensado la cuerda a sabiendas, manteniendo un órdago absurdo e insultante con el resto de la nación española. Han desviado fondos destinados a cubrir las necesidades de toda la población, descuidando sanidad, educación e infraestructuras para gastarlos en el proyecto de segregación de España. Han manipulado a grandes sectores de ciudadanía a través de la propaganda para indisponerla contra el Estado mientras se dedicaban a robar dinero que debía haberse destinado a prestarle mejores servicios.
Y han sido avisados una y otra vez de que se trataba de un golpe desde las instituciones y de la gravedad que entrañaba.
Cierto es que parece menos golpe porque no se han atrevido a coger las armas, estando como están cómodamente instalados en el victimismo. Esperaban el cariño y comprensión de todo el mundo, pero no hay tantos idiotas por ahí. Quizás algunos belgas y para de contar. Lo cierto es que ha sido un golpe en toda regla. Que el Estado haya reaccionado y con su poder les haya frenado en seco y que hayan quedado – de momento – lejos de su meta final no significa en modo alguno que no lo hayan intentado y ejecutado. No hay que negar ni un ápice de gravedad a lo que han hecho.
Lo peor de todo es que aun proliferan los ilusos partidistas e interesados que siguen apostando por una vía equivocada para conseguir la convivencia: (“No provoquemos a los catalanes que tenemos que convivir con ellos”). Y lo dicen quienes no han protestado nunca por las continuas provocaciones de los separatistas hacia España. Estos partidarios de las políticas impunistas a quienes interesa pescar en el caladero de votos nacionalista - ¡todavía! – avisan de que costará muchos años cerrar esta herida como si fuera Llarena el que la estuviera causando. Claro que costará una generación. Pero debe advertirse que el causante del desgarro no es el magistrado del Supremo ni tampoco es el gobierno de Rajoy, como algunos pretenden. Ha sido la irresponsabilidad de los propios impulsores del procés.
Ahora es más necesario que nunca un mensaje de rigor y firmeza y si es preciso que vuelvan a rebelarse otros, pero que sea dentro de una generación. Algunos no estaremos ya para ver el desastre.
Entretanto los catalanes deben de comprender que quienes han perpetrado la agresión han sido sus políticos. La única forma de empezar a construir es comprender en qué ha consistido el intento de destrucción.
Las corrientes indulgentes no solo estaban integradas por los partidos de izquierdas. Aunque éstos destacaban por su inexplicable simpatía hacia el separatismo catalán, también los populares y el gobierno han estado dispuestos a ponerse una venda en los ojos hasta que la reacción ya era insoslayable. La mosca ha estado comiendo cómodamente, un picotazo tras otro, sin que el paquidermo reaccionara. Unos y otros hacían cálculos electorales y nadie quería realmente el enfrentamiento con una gran parte de la sociedad catalana.
Se hablaba de evitar un choque de trenes. Se hablaba de dialogar. Hoy han quedado definidos aquellos con los que se suponía que el Estado de España, democrático y comunitario, debía dialogar. Ese diálogo que supuestamente había de servir para cerrar heridas solo hubiera sido una gran torpeza porque habría proporcionado una legitimidad inmerecida a quienes hoy no vemos más que como unos golpistas.

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