He leído en algún lugar que lo que ha disparado este brote
de secesionismo y radicalidad en una sociedad que se caracterizaba por el
“seny” y cierto conservadurismo, ha sido entre otras razones la decepción por
el tratamiento dado al estatut. Algo de eso hay. Pero se dan muchos más factores que han confluido como
una tormenta perfecta en esta situación. Veamos las posibles causas:
-
La
frustración del pueblo catalán y el atentado a sus sentimientos
Aunque se trate de algo que muchos sienten
sinceramente – algo que no pongo en duda -, en general el discurso de la
pretendida frustración catalana es falso y artificial. Es una arma más del
victimismo-trampa, que lleva al engaño a gente tan bien intencionada como
ignorante y también ¿por qué no decirlo? a gente irresponsable que intenta
culpabilizar al gobierno actual de pasividad y falta de sensibilidad. Según
todos estos hay que dialogar y negociar. El torpe gobierno actual habría
permitido con su pasividad e inoperancia llegar a esta situación. La culpa de
todo la tiene Rajoy; ahora estamos con él a la fuerza, pero “la historia le
pasará factura”. Eso es lo que dice el tendencioso análisis del periodista de
la SER Iñaki Gabilondo, el hermano del político socialista y amigo de Felipe
González. Según él se tendría que haber percibido por el Gobierno ese
descontento social y frustración que ha disparado el sentimiento del
independentismo hasta porcentajes inéditos.
Sin embargo Rajoy no tiene la
culpa del origen de este desastre. En primer lugar habría que decir, en honor a
la verdad, que no estaba en el poder cuando se prometió lo imposible a
los catalanes. En general todos los gobiernos
de la democracia han hecho cesiones, pero el gran acto de irresponsabilidad lo
hizo Zapatero, actuando más como político socialista que como hombre de Estado
serio y riguroso, al prometer que el Estado español aceptaría lo que acordara
el Parlamento Catalán. Ahí puede situarse el origen de esta última etapa de
secesionismo. ¿En qué pensaba? Probablemente en votos. Lo cierto es que
traspasó una línea roja prometiendo algo que no se iba a poder dar porque se
iba a oponer la derecha española. ¡Jugada redonda! Vuestro gran amigo
socialista, siempre más sensible que la derechona heredera del franquismo, os
comprende, querido catalanes. Os dará más autogobierno, pero ahora votadme para
la Generalitat y el engendro de tripartito que he formado. Se levantaron
expectativas entre los políticos catalanes que les condujeron indefectiblemente
al radicalismo, al comprobar cómo los planes se truncaban con la modificación
de su Estatut por el Tribunal Constitucional, en el que por cierto formaban
mayoría de voto los magistrados propuestos por el PSOE. En ese año (2010) se
derrumbó toda una estrategia que había servido al PSOE para mantenerse en el
poder desde 2004 y para alcanzar la presidencia de la Generalitat y del
Gobierno Vasco. En mayo el presidente de gobierno tuvo que comparecer ante el
Congreso desdiciéndose de toda su política de gasto y en junio sale la sentencia
controvertida del Estatut cuyo contenido permitía ya tener la certeza de que
los socialistas perdían la presidencia de la Generalitat. Se ha visto después
cómo el PSC se ha reducido considerablemente en posteriores compromisos electorales.
Y, aunque ellos es un signo inequívoco de que los nacionalistas catalanes
culpan al PSOE de faltar a su compromiso, este partido se ha obstinado siempre
en culpar al PP por interponer el recurso, cosa que por cierto no hizo en solitario.
Lo que queda claro es que esta estrategia de promesas que no había intención de
cumplir, es la que provocó en mayor medida la indignación y radicalización del
catalanismo. Siempre he pensado que no es la firmeza, sino los errores en la
política de concesiones lo que lleva al pueblo catalán a radicalizarse.
Por lo demás, dejando al Estatut al margen,
el supuesto anticatalanismo no pasa de ser una reacción de una parte del pueblo
español (a quienes ellos llaman nacionalistas españoles) que, con toda
legitimidad, aunque a veces sin las formas correctas, han expresado su profundo
malestar por los cansinos intentos de ruptura y desconexión. Hay mucha gente
hoy que se siente cada vez más ofendida de los pasos que vienen dando los
políticos secesionistas. Ellos desde luego son perfectamente conscientes de
este malestar y lo alimentan y provocan con la esperanza de que la situación se
encone cada vez más. Saben que solo un enfrentamiento abierto les conducirá
finalmente a la independencia. Por eso ponen énfasis en las agresiones del
Estado para alimentar el victimismo de sus conciudadanos, pasando por alto toda
la cadena de ofensas que ellos profieren de forma continua con la política que
practican al resto de los españoles, entre los que se cuenta un elevado
porcentaje de catalanes.
Por lo tanto – insisto – esa ofensa a los
sentimientos, es muy matizable. Yo diría que no es real. Son ellos quienes
quieren sentirse ofendidos para justificar su marcha.
- La crisis
económica: Hay muchos catalanes hoy que, sin darse cuenta están pregonando
a los cuatro vientos que adolecen de un grave defecto como es la insolidaridad.
Sienten que España les tendría que estar agradecida por dignarse a caminar con
ella en contra de sus deseos, por compartir un destino que podría ser mucho
mejor si lo acometieran en solitario. He visto a un catalán hijo de andaluces
que sin rubor alguno llega a decir que se siente agradecido a sus padres por
haberle salvado de vivir hoy en un mundo subdesarrollado donde estaría cobrando
el PER, sin esperanzas y quizás coreando “a por ellos”.
Ese mismo miserable justifica que hoy
tengan que separarse “…hemos tenido mucha paciencia con España, y ya es hora.
Con la crisis y la gestión que se hace de la misma, ya hemos madurado la
decisión de que es hora de irse”. ¿Cree acaso que la crisis la hubiera
gestionado mejor una Generalitat gobernada por la CUP? ¿Es que no se da cuenta
de que si Cataluña le puede ofrecer oportunidades es porque el resto de España
consume sus productos y va a pasar allí sus vacaciones y se ha desangrado con
abnegados emigrantes que han ido allí a trabajar y buscar mejor vida?
Estos miopes que no saben ver cómo son los
políticos locales quienes les están esquilmando lo que contribuyen a través de
los impuestos, en lugar de indignarse con quienes deberían ser diana de sus
críticas, han caído de lleno en su propaganda hasta el extremo de renegar de su
tierra de origen y de sus ancestros. Y todo por el motivo más prosaico: El
dinero.
La crisis y el “sálvese quien pueda” sin
duda están detrás de esta marcha orquestada. Los catalanes siempre se han
sentido superiores y han querido liderar España, seguramente para aprovecharse
de ella. Y los gobiernos centrales del Estado español que se han sucedido
durante todo el periodo democrático le han venido haciendo el caldo: Ubicación
de importantes empresas españolas, designación de altos cargos – nada neutrales
– de origen catalán para responsabilidades estatales, apoyo a multinacionales
catalanas en el exterior, impulso de obras públicas y negocios como el AVE o
las olimpiadas, designación de Barcelona como sede de grandes ferias etc…
Siempre hemos tenido altos cargos catalanes en el gobierno español: Punset, Serra, Roca
Yunyent, Piqué, Borrell, Lluch, el propio Montilla fue ministro de industria
antes que President de la Generalitat, ahora está Dolors Monserrat en Sanidad
etc.
Quizás lo único que les hubiera satisfecho
es la designación de Barcelona como capital, el uso obligatorio del catalán
como idioma oficial y el cambio de régimen institucional, pasando a una república
y destituyendo la monarquía borbónica a la que los secesionistas no perdonan
desde la derrota de 1714, en la guerra de sucesión española. Estamos pues, ante
una realidad cultural e identitaria relativamente menor que siempre ha
pretendido fagocitar al pez grande. Pasado el tiempo han constatado que no
pueden hacerlo, de ahí la movilización y el órdago lanzado contra la legalidad
constitucional. Esta insolidaridad, este querer marcharse, porque no pueden
regir nuestros destinos, porque no se conforman con las mayorías democráticas
integradas por despreciables campesinos andaluces que les recuerdan demasiado a
sus padres, es lo que se trata de combatir mañana.
No es casualidad que los momentos
históricos en los que el separatismo radical más arrecia, siempre coincidan con
crisis en España… en una guerra de sucesión, en la pérdida de las colonias, en
la guerra civil, en la crisis de 2008. El nacionalismo siempre está ahí
acechando para decirnos “no me conviene seguir contigo” “no quiero hundirme
contigo”. Ya se sabe: Las ratas son las primeras en abandonar el barco. Por eso
hemos de cortar las amarras para que no bajen por ellas, y si quieren abandonar
el barco que se tiren al agua y se ahoguen.
-
El pretendido
agotamiento del modelo diseñado en el 78: El modelo del 78 está agotado en
lo que respecta al diseño territorial de España y, no obstante, hay que
defenderlo hoy. Algunos, que quieren destruir la configuración actual del
Estado y que cabe calificar como “anti-sistema” abundan hoy constantemente en
la idea de que el sistema del 78 no vale, proviene de la dictadura y hay que
destruirlo en su integridad. No cabe reforma: Es precisa una ruptura total.
Estos son hoy valedores de los secesionistas catalanes y no merecen que se
entre siquiera a analizar sus endebles premisas ideológicas, pero lo cierto es
que ahí están porque se les ha permitido estar. En Cataluña es la CUP, en el
resto de España el mundo radical de PODEMOS: Son los oportunistas de la crisis.
Todos una colección de irresponsables a quienes no importa hacer de nuestro
país una tabla rasa para favorecer el nacimiento de un Estado distinto que – no
lo dudemos – se cimentaría sobre el totalitarismo y la falta de libertades.
Hay que darles la razón solamente en una
cosa: Los hechos de estos días pasarán a la historia como la demostración de la
ineficacia sobrevenida del Título Octavo de nuestra Constitución y el
agotamiento de un sistema constitucional que pretendía asentarse sobre la
solidaridad de las comunidades y que partía de la idea de que la
descentralización podía llegar a ser vertebración de la sociedad. Hoy constatamos
que era de una ingenuidad casi risible. Y si se pretendía un sistema
consolidado de entendimiento, desde luego estamos ante un fracaso: Una de las
comunidades más importantes, que supone el 20 % del PIB nacional tiene aproximadamente un 50 % de la población
que no cree en la solidaridad, se siente maltratada y no quiere definitivamente
formar parte de este invento. Otras comunidades, aunque en menor medida,
tampoco consiguen ponerse de acuerdo ni en la política impositiva ni en la
regulación (desigual y conflictiva) que se hace respecto a materias
transferidas. Muchos hoy pensamos que el sistema autonómico es disfuncional,
multiplica el gasto y resulta pernicioso ideológicamente porque se basa en la
acentuación de la diferencia y en el fomento del localismo. En eso consiste el fracaso
del sistema del 78. Quienes afirman que este sistema ha servido para crear un
marco de convivencia, obvian que la paz y la estabilidad en realidad se estaban
comprando a través de peligrosas cesiones económicas y de parcelas de
soberanía. Se estaba alimentando al monstruo con la esperanza de que se
mantuviera dormido.
Hoy es patente el fracaso del modelo, pero
no por ello hay que dejar de defender la Constitución, la única que tenemos, la
legítima. No se puede poner en cuestión esa legitimidad so pena de destruir el
Estado para crear otra cosa incierta. La Constitución de 1978 ha sido un gran
intento de una generación de españoles que quería entrar en el grupo de Estados
civilizados y democráticos del primer mundo y muchos de sus preceptos siguen
rigiendo hoy con plena actualidad. No es leal ni honrado aprovechar la crisis
económica o el auge de los separatismos para destruir un sistema de convivencia
que ha sido meritorio en muchos de sus aspectos y, desde luego legítimo en su
origen. Por eso el fracaso parcial que
supone el agotamiento del diseño territorial hay que arreglarlo desde dentro
del sistema. Se impone una reforma constitucional pausada que debería buscar
ante todo una coordinación nacional y el establecimiento de unos límites
definitivos a la descentralización. Ahora no es posible solucionar este
entuerto soltando más pasta. Eso no vale de nada. No se trata además de comprar
la opinión favorable de la ciudadanía catalana. Se trata de explicar el
artículo 2º de nuestra Constitución. Por qué debe entenderse que la soberanía
reside en todo el pueblo español. Por qué el proyecto histórico de España es
indisoluble para quienes formamos parte de él. Hay que hacer una labor
didáctica combinada con firmeza. Solo la
firmeza puede revertir la peligrosa situación actual. Si no se percibe una
actitud firme y coordinada de las fuerzas constitucionales esto se puede transformar
en un dominó incendiario extendido a otras comunidades. El apoyo a un Estado
español, por fortuna es hoy mayoritario. Pero una gran parte de los
constitucionalistas son tibios. No quieren aplicar firmeza, quieren pactar,
quizás con la esperanza de obtener el agradecimiento y los votos de los
nacionalistas. Algunos hoy piensan que lo primero que habría que hacer es
modificar la ley electoral para corregir el exceso de representacióin que
tienen algunas comunidades autónomas. Eso fue un premio de la transición que
han demostrado no merecer. Cuando ya no representen más que lo que son PP y
PSOE dejarán de pelearse por ser amigos de ellos. Después de los sucedido hoy,
naturalmente esa batalla la tiene ganada el PSOE y es lógico pensar que no le
interese la firmeza. Pero hace falta altura de miras, porque lo que han hecho
en Cataluña es muy grave y ha puesto en peligro la unidad nacional. Ése es un
peligro que todavía subsiste, por lo tanto la política en Cataluña tiene que
ser clara y diáfana: No dejar lugar a ninguna duda.
- La
contaminación ideológica: Ha sido una constante y los poderes públicos lo
han permitido. Por parte de mucha población española había una lógica
preocupación al ver el creciente desapego, sobre todo de las generaciones
jóvenes con todo aquello que oliera a España. Se ha cultivado el rechazo a
todos los símbolos culturales de la opresora España. Da igual lo que fuera; la
bandera nacional, el toro de Osborne, el Real Madrid, el idioma, las plazas de
toros… Ha habido una propaganda continuada e incansable que identificaba todo esto con una
cultura fascista y centralista, a la vez que se insistía en el victimismo
ideológico y económico. Se ha manipulado la historia hasta el paroxismo, ignorando los hechos reales: Primero la incorporación del Condado de Barcelona a la Corona de Aragón, después la designación unánime de un infante de Castilla de la Casa de Trastámara para el trono de Aragón, en el Compromiso de Caspe, siguiendo por el matrimonio de un descendiente de éste, Fernando el Católico, con la reina de Castilla, para llegar después a los Decretos de Nueva Planta de Felipe V en los que simplemente este monarca les quitó privilegios a los nobles catalanes por no apoyarle pero no les hizo de menos respecto de otros territorios. Incluso después de abandonar sus pretensiones el archiduque Carlos de Austria, Barcelona siguió en rebelión, lo que obligó a batallar y derrotar a los catalanes en la fecha de 11 de septiembre de 1714 que cien años después comenzó a conmemorarse como una fecha de reafirmación nacional
Aquellos que han percibido desde hace ya muchos años estos signos de rechazo radical, además de sentirse ofendidos por lo que supone un insulto constante, experimentaban una preocupación lógica por un proceso de inoculación colectiva de odio que unos irresponsables políticos nacionales se arrojaban – y se siguen arrojando – entre sí. La inmensa torpeza de no llegar a un acuerdo en el diagnóstico y en formar un frente común para la solución, es lo que ha permitido a los secesionistas llegar a las bravuconadas hasta el extremo del órdago que acaban de lanzar. El PP y el PSOE estaban muy atareados en sus peleas como para advertir la amenaza.
Aquellos que han percibido desde hace ya muchos años estos signos de rechazo radical, además de sentirse ofendidos por lo que supone un insulto constante, experimentaban una preocupación lógica por un proceso de inoculación colectiva de odio que unos irresponsables políticos nacionales se arrojaban – y se siguen arrojando – entre sí. La inmensa torpeza de no llegar a un acuerdo en el diagnóstico y en formar un frente común para la solución, es lo que ha permitido a los secesionistas llegar a las bravuconadas hasta el extremo del órdago que acaban de lanzar. El PP y el PSOE estaban muy atareados en sus peleas como para advertir la amenaza.
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