Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

4 de noviembre de 2017

El laberinto catalán

Las autoridades catalanas se han propuesto desde hace ya tiempo ser una peste para España. Es absolutamente ilusorio pensar que quede un solo resquicio de lealtad institucional y deseo de colaboración con el Estado. Hace ya mucho que decidieron poner en marcha un plan perfectamente trazado para la “desconexión”. En sí mismo supone una monumental y generalizada actitud de desacato a las autoridades políticas, legislativas y judiciales españolas. Y se ha traducido en muchos gestos de desafío que se han ido acumulando. Ante la actitud impunista y conciliadora de las autoridades españolas que no ofrecían respuesta alguna, que miraban para otro lado y carecían de cualquier atisbo de energía y de dignidad, los secesionistas se han envalentonado progresivamente, arrastrando consigo a más voluntades, y han seguido profundizando en la herida con una postura pro activa hacia un fin perfectamente claro y diáfano al final del camino: La independencia.
Muchos hoy nos alegramos de que al menos ha habido un punto de inflexión. Pero la solución va a ser doblemente difícil por la miope actitud de nuestros poderes públicos que han permitido llegar demasiado lejos la evolución de este problema. Las heridas serán difíciles de cerrar porque las ofensas en ambos sentidos han existido y han sido graves. Pero todos tenemos que tener claro qué es lo que ha sucedido realmente: Unas autoridades políticas han vulnerado su juramento a la Constitución española y se han rebelado arrastrando al pueblo que creen representar a un conflicto casi irresoluble que provocará sufrimiento, desgarro y ruina económica. Unos irresponsables han creído poder ir más allá del mandato que recibieron cuando fueron elegidos (de verdad) para ocupar sus cargos autonómicos y, traspasando los límites de su auto gobierno, han declarado unilateralmente la independencia. Han vulnerado la normativa vigente, el alcance de su mandato, el sentir y la voluntad de al menos la mitad de su población, los vínculos históricos entre comunidades, las relaciones de amistad y familiares entre los habitantes, los vínculos económicos… todo eso lo han soliviantado fracturando a la sociedad y creyendo – como iluminados que son – que las acciones no iban a tener consecuencias, que el resto de España no iba a responder.
No ha sido así afortunadamente. Los políticos y autoridades españolas han gestionado hasta ahora de una forma laxa y timorata su relación con Cataluña y otras fuerzas políticas separatistas pero han comprendido que una de las obligaciones más básicas que tienen por imperativo de la Norma magna es salvaguardar la unidad territorial de España. Finalmente han reaccionado y, con ellos, la mayoría del pueblo español que hoy se siente ofendido por este intento de abandono, lleno de desdén y supremacismo que han querido llevar a efecto los separatistas.

Se puede decir que hoy hay una gran brecha. Pero hay una mayor claridad de ideas. Los catalanes independentistas saben que por las buenas no se puede, lo cual es lógico y fácilmente comprensible. ¿Qué gobernante va a permitir que una parte importante de su nación se marche así con total impunidad, quedándose con el territorio, las inversiones, las infraestructuras, obligando a familias a fracturarse en dos nacionalidades? Esa posibilidad (la autodeterminación) solo es admisible cuando una metrópoli posee o se apodera de otro pueblo y su territorio que no tiene ninguna coincidencia histórica, lingüística o cultural. No sucede así con los catalanes, que llevan coexistiendo y entremezclándose pacífica y voluntariamente con el resto de España desde hace quinientos años. Para separarse deben tomar las armas. Quizás los de la CUP lo hicieran, pero el pueblo catalán se precia de tener “seny”, que podría resumirse en este escenario como una voluntad mayoritaria de no extralimitar el conflicto y no afectar a los pilares del bienestar ni a la economía. Se trata de que hoy muchos secesionistas catalanes empiecen a ver claro que no es posible: Tienen el destino unido a España y dentro del Estado han recibido respeto y auto gobierno. Para no ser infelices deben comprender que todo esto ha sido artificial y cocinado. El sentimiento catalanista no es artificial, pero su exacerbación sí lo es. Y la responsabilidad de haberlo multiplicado y exagerado hasta conducirlo a un camino sin salida, la tienen en exclusiva los políticos secesionistas que optaron por un gobierno irresponsable y suicida.
Ahora toca reconciliarse y no provocar los sentimientos de unos y otros. Toca que los catalanes recuperen cuanto antes su auto gobierno pero teniendo claramente advertido que nada va a ser como antes: Que no cabe un nuevo “process” y que el Estado vigilará por que exista una colaboración leal entre las instituciones.

En estos momentos el mayor riesgo es que alguna de las fuerzas políticas que han contribuido a garantizar la unidad del Estado mediante el acuerdo a la hora de aplicar el artículo 155 de la CE, flaqueara y volviera a las tesis impunistas. Si así fuera, todo lo que ha sucedido no nos habría servido de aprendizaje y quizás el nuevo proceso de separación que se iniciara sería el definitivo. 

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