Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

17 de noviembre de 2015

Maestros en la deslealtad

Los políticos catalanes han llegado a ser maestros en la deslealtad. Viven de ella. Viven de la separación. Han puesto énfasis hasta límites inimaginables sobre sus particularidades supuestamente identitarias (que en la mayoría de los casos no son más que rasgos folklóricos), para cimentar sobre la diferencia una construcción ficticia de un Estado.
Para ello, siempre han jugado sus cartas de la misma manera, aunque con desigual suerte. El truco ha consistido en aprovecharse de las diferencias políticas entre los españoles. Ya en la Guerra Civil quiso Companys hacerse independiente, aprovechándose de la debilidad de la República española. Ese Companys era un mediocre y un traidor, al que los nazis con su entrega y Franco, con su ejecución, dignificaron inmerecidamente. Aquellos tiempos convulsos ya pasaron y, aunque haya algunos que quieran revivirlos, parece que por fortuna la situación política es bastante más sosegada. Por eso Artur Mas no tendrá la suerte de ver su postura dignificada.  Aunque podría merecer una consideración de traidor, corren otros tiempos y bastará con dejar que él mismo se consuma en sus delirios como un azucarillo en el café de la historia.
Porque es eso, historia, lo que tiene España como Estado independiente, y es eso precisamente lo que no tiene Cataluña, que nunca ha sido siquiera reino, sino que formó parte del de Aragón, de quien parasita colores e historia.
Hoy nos insultan al resto de los españoles con natural desparpajo, fruto de mentes contaminadas por una odiosa y constante propaganda que ha ido alternando el estado de ánimo de sus gentes entre el victimismo, el odio y el rencor. Lo qie es una sedición en toda regla, lo ven como una reclamación justa de identidad enraizada en lo más hondo de los sentimientos de la gente catalana. Nada má
s falso porque ahora más que nunca han perdido la oportunidad histórica de obtener la expresión real y sincera del pueblo catalán, al que han bombardeado durante más de treinta años con una educación manipulada y unos medios de prensa afines al poder.
Han hecho crecer un orgullo de identidad catalán basado en falsedades y manipulaciones que han exacerbado a un pueblo. Un orgullo que sería legítimo si se basara en la lealtad hacia el resto de España y sus pueblos compañeros en la historia, pero que se torna ilegítimo porque se basa en la diferencia y la separación.
Lo peor de todo es que ese pueblo será quien sufra más que nadie las consecuencias. Lo van a pasar mal por culpa de sus políticos. Cuando ese pueblo acuse la catalanofobia en sus carnes debería pensar que esa animadversión no ha sido gratuita, sino planificada y preparada por sus propios políticos rupturistas con España. Porque es precisamente a ellos – que quieren la ruptura total – a quienes interesa victimizar al pueblo para justificar la construcción de una independencia.
No es buena idea, desde luego, a esta altura de historia, después de haber caminado juntos durante cientos de años, de haber mezclado los apellidos, de haber intercambiado las poblaciones, de estar juntos y ser una única nación, llamar a la segregación. La historia les pasará factura, en lugar de reconocerles esta iniciativa indigna.


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