
Hoy alguien ha dicho que no quisiera que su hijo tuviera los estudios de Pepiño Blanco (quien apenas creo que ha comenzado la carrera de derecho). Su madre o sus círculos próximos se pueden sentir orgullosos de lo lejos que ha llegado este ridículo rompetechos de la política. Sin embargo la cuestión no es dónde se llegue, sino lo que se hace por llegar y lo que se sigue haciendo, una vez que se ha llegado. En el caso de este hombrecillo, no hay más que ver a lo que se dedica para desterrar cualquier asomo de admiración hacia su persona. Más bien es desprecio lo que uno siente cuando asiste a sus maniobras de descrédito, sus consignas goebbelianas y su factoría de fabricar ideas pobres e idiotizantes, con las que está consiguiendo anestesiar a gran parte del electorado.
A mi no, desde luego. Yo soy de los que le ven como un espabiladillo y nada más que eso.
Cuando uno estudia, recibe en algún momento de su carrera, valores que este Pepiño desconoce por completo. Yo le calificaría como un truhán de la política; un listillo ignorante que va a llevar a los suyos al desastre; un practicante del rufianismo político. Los que de verdad quedan como imbéciles son los que le permiten haber llegado ahí, donde está, y continúan siguiendo sus consignas, que son las traviesas de la vía que les conduce al precipicio.
Se ve que no tienen a nadie con más categoría.
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