Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

5 de diciembre de 2008

Azpeitia

Se preguntan muchos cómo es posible que los conciudadanos de Azpeitia siguieran jugando al mus después del asesinato del empresario Ignacio Uría. No sé de qué se extrañan. Está sobradamente demostrado que el hombre es capaz de lo peor y de lo mejor. Podemos hacer grandes acciones y podemos enfangarnos siendo peores que reptiles. Es raro que, a diferencia de lo que sucede con las buenas acciones, el hombre quiera distinguirse por su maldad. Salvo en el caso de algunos contados psicópatas, lo normal es que la abyección sea buena aliada del anonimato y la masa detrás de la cual nos escudamos para cometer los actos más vergonzosos.

Hoy deberían estar muy avergonzados todos los que en Azpeitia han tenido la frialdad de seguir con su ritmo cotidiano sin verse conmovidos o golpeados por el atentado terrorista. Pero es precisamente esa frialdad la que les impide avergonzarse. Esa sociedad está enferma y es gris, como la climatología que tienen en estos días de invierno. La verdad está subordinada al odio y los valores normales que tantos siglos nos ha costado a la especie género humana adquirir, se han echado a perder en un narcotizado pueblo de gente sin alma.