Nos hacen pensar excesivamente en la muerte. Hay exceso de consciencia de los peligros y la felicidad siempre tiene una dosis de inconsciencia. Eso no quiere decir que debamos ser irresponsables: Sólo que no hay por qué vivir en vilo, siempre pendientes de que podamos morir en la carretera, en el avión o infectados por un virus. La vida misma es riesgo. Pero nos hemos acostumbrado a que ese riesgo sea mínimo (irrisorio en las sociedades más o menos avanzadas como la nuestra). Si nos atenemos a la estadísticas, salta a la vista que cada vez hay una mayor longevidad media de la población.
Sin embargo cada vez tenemos más miedos. La sociedad de la información y los vendedores de remedios diversos nos embaucan invocando nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos y – lo peor de todo – hacia nuestros hijos. Como discípulos obedientes seguimos todas las instrucciones y, al final, nos hallamos saturados de tanta prevención: Los riesgos laborales, la carretera, las transmisiones de virus, las intoxicaciones alimentarias, las emisiones de Co2, de CFC, las concentraciones de plomo, los termómetros de mercurio, los juguetes de riesgo, el tabaco, etc.
Hay tantas cosas potencialmente peligrosas…
Ahora nos llega el virus de la gripe A, y los periodistas se han lanzado a contar todos los días el número de bajas impidiéndonos olvidar el fenómeno y vivir en paz.
Y tanto pensar en la muerte, hace que vivir sea un sin vivir.
Es como si no quisiéramos dejar margen a la naturaleza, para que haga su labor. El hombre, cada vez más consciente y con más recursos, se rebela contra la naturaleza, pero en el empeño pierde la tranquilidad y le nacen los miedos y la inseguridad.
Sin embargo cada vez tenemos más miedos. La sociedad de la información y los vendedores de remedios diversos nos embaucan invocando nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos y – lo peor de todo – hacia nuestros hijos. Como discípulos obedientes seguimos todas las instrucciones y, al final, nos hallamos saturados de tanta prevención: Los riesgos laborales, la carretera, las transmisiones de virus, las intoxicaciones alimentarias, las emisiones de Co2, de CFC, las concentraciones de plomo, los termómetros de mercurio, los juguetes de riesgo, el tabaco, etc.
Hay tantas cosas potencialmente peligrosas…
Ahora nos llega el virus de la gripe A, y los periodistas se han lanzado a contar todos los días el número de bajas impidiéndonos olvidar el fenómeno y vivir en paz.
Y tanto pensar en la muerte, hace que vivir sea un sin vivir.
Es como si no quisiéramos dejar margen a la naturaleza, para que haga su labor. El hombre, cada vez más consciente y con más recursos, se rebela contra la naturaleza, pero en el empeño pierde la tranquilidad y le nacen los miedos y la inseguridad.
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