El presidente de gobierno se negó a ayer a contestar a una pregunta de control parlamentario formulada por el jefe de la oposición escudándose en la efemérides del 23F. Dijo que no iba a contestar a la pregunta porque era un día para recordar los tiempos en los que los políticos y el parlamentarismo se enfrentó con dignidad a unas horas difíciles. Se equivocó de medio a medio, como tantas veces.
Primero: La mayor expresión de la salud del parlamentarismo hoy, hubiera sido responder normalmente a la oposición: No cabe evocar el parlamentarismo de otro tiempo para inaplicar los mismos principios hoy.
Segundo: La contestación es aviesa y con doble intención, al hablar de la dignidad de otros tiempos dando a entender que, por contraposición, los tiempos actuales son indignos. Si lo son hoy, se debe sin duda a su falta de respuesta y no al contenido de la pregunta. Cualquier pregunta hecha con corrección en la cámara por un parlamentario en uso de su turno de palabra y sus prerrogativas, merece ser contestada. Indignidad es la falta de respuesta de ayer, así como el bloqueo sistemático de las iniciativas parlamentarias de la oposición. Pero ya se sabe ante quién estamos.
Tercero: La lengua torcida y las malas intenciones de Zapatero se hacen más patentes cuando pone el énfasis en que todos hoy condenamos el golpe. La falta de necesidad de hacer esta afirmación y el modo en que se hace reflejan que lo que quiere Zapatero, de verdad, es dar a entender que el PP y su antecesora Alianza Popular, sintonizaban con el golpe.
Cuarto: La impresión que se transmite a la ciudadanía y sobre todo a sus propios votantes, es la de un boxeador noqueado que se agarra a lo que puede para no caer.
No es de recibo dejar de trabajar por conmemorar un episodio como el del 23F. ¿Podría yo haberle dicho a mi jefe que el de ayer no era día para hablar de las cosas de la oficina porque se conmemoraba el 23F?
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