Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

4 de mayo de 2011

El bien y el mal

En los mismos días en que Bin Laden ha sido abatido en su cubil, hemos celebrado los cristianos de buena voluntad la beatificación del Papa Juan Pablo II. Yo no soy papista ni muy ultra religioso. Solo quiero detenerme a comparar por un momento ambas biografías. Uno de ellos, en Polonia, desde unos orígenes modestos va escalando posiciones en su sublimación personal trabajando para los demás y defendiendo de forma pacífica una religión perseguida por el comunismo represor. El otro parte de una vida acomodada y una posición que dilapida por una causa sangrienta, a la que ha acabado entregando su vida.


El ejemplo que han dado ambos es opuesto. Quienes sigan a Juan Pablo II en alguna de sus posturas y compromisos ante la vida mejorarán como personas y harán algo bueno por los demás, porque detrás de su mensaje está la paz y la hermandad de los seres humanos. No siempre ha sido así el cristianismo. En otros tiempos se acercó a posturas fanáticas y fundamentalistas que hicieron a sus jerarcas guerrear contra el infiel. Hoy representa la moderación.


Enfrente tenemos a un terrorista que ha recurrido siempre a la violencia. Enrolado primero como Muyaidin en Afghanistán, luchó contra el ejército ruso y después entró en una senda de locura de fanatismo y destrucción. Ha empleado su vida y sus recursos en destruir a semejantes, a quitar vidas de gente inocente caída en sus atentados y a propagar el terror y la inseguridad por todo el mundo, desde aquel fatídico 11S.


No sé ni como me atrevo a compararles. Es una ofensa para la memoria del Papa polaco, al que Bin laden no se merecería ni siquiera limpiar la suela de sus zapatos.


Honores y cariño por siempre, para uno, al que podremos venerar en la Capilla de San Sebastián de la Basílica de San Pedro.


Oprobio y olvido para el otro. Que se lo coman los peces y se indigesten con el veneno que llevaba dentro.

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