La religión es costumbre. Es tradición arraigada en los corazones
de los hombres. Quienes creen en Dios tienen una esfera de sentimientos y
pensamientos inaccesibles a los manipuladores ideológicos de las izquierdas.
Por eso la religión cristiana es una realidad difícil de digerir y tolerar para
los nuevos totalitarismos blandos emergentes en España. La esencia del anticlericalismo
es la anulación de los resistentes ideológicos. En los momentos extremos de la
historia si no se ha podido adoctrinar a la gente, se la ha eliminado
físicamente. Así, sin más.
En los Estados leninistas que han existido en el siglo XX,
la lucha contra las religiones, especialmente la cristiana ortodoxa, era la
regla general. Y esa lucha siempre se ha hecho sin calibrar adecuadamente el
grado de poder que tienen las creencias espirituales y la búsqueda de Dios en
nuestras vidas. En algunas personas es casi una omnipresencia, y en otros
muchos ciudadanos de esta sociedad desarrollada de hoy es como una presencia
adormilada en un recóndito pliegue del corazón. Pero ahí está: Es una realidad
digna de tomar en consideración. Solamente por anidar en el corazón de tanta
gente, es digna de respeto. No puede ser apartada así como así por las débiles
ocurrencias de neo comunistas de pacotilla como la alcaldesa de Madrid. La
jueza abuelita entrañable, señora Carmena.
Esa estúpida lucha ideológica se pone de relieve en
cuestiones clave que son importantes para los cristianos: Hay aspectos
importantes de gran calado, como es el de facilitar el derecho a educar a los
hijos en centros docentes concertados y de ideario cristiano; El Estado no
puede condicionar ideológicamente para subvencionar. No debe hacerlo porque
siempre hay una ideología. Ninguna enseñanza es neutra. Lo único que debe
vigilar es que la ideología que subvencione no sea destructiva e intolerante, como
es el caso del islamismo.
La paradoja es que hoy en España, aquellos que se sienten
muy progresistas y afirman traer el cambio de su mano, amparan más a todo lo
islámico que nos está llegando que al cristianismo. Ese cristianismo retrógrado
culpable de todos los males, aliado del dictador saliente de la Guerra civil, esa
colección de torquemadas torturadores, que masacraron hace quinientos años a
los indígenas de medio mundo y todavía no han pedido disculpas por ello, esos
intolerantes que batallaron contra los legítimos moradores de Al – Andalus,
esos indecentes explotadores que engañaban a la pobre gente para recibir
limosnas y vivir, a su costa, rodeados de tesoros.
Contra ésos hay que seguir luchando. Ya no se pueden quemar
sus iglesias porque afortunadamente no hay una revolución en marcha en la que
camuflar esos movimientos anticlericales, pero ahí siguen los sentimientos
vívidos de odio y los movimientos que buscan ridiculizar a la iglesia. Dentro
de esos movimientos tenemos a algunas que, con los senos al aire, profanan una
capilla y molestan deliberadamente a quienes ningún daño hacen, con mofas e
insultos y otras que buscan despatrimonializar culturalmente a la religión
católica, intentando rapiñar sus principales actos y fechas señaladas, y forzar
una presencia tan indeseada como inoportuna. Así lo ha hecho Carmena, que no ha
tenido empacho en hacer un discurso de Navidad.
En su mensaje empieza reconociendo que la Navidad es una
fiesta cristiana para luego añadir que es mucho más: "es
una fiesta cristiana cuyos valores han desbordado su origen, la han convertido
en algo que celebra y festeja una inmensa mayoría de la humanidad."
"La Navidad significa mucho más, es, sobre todo, la fiesta de la
solidaridad, de la compañía, de la empatía entre unos y otros", ha
defendido.
No es que sea mentira lo que
dice. Ciertamente en Navidad surgen todos esos sentimientos entre la gente bien
nacida y entre los bien intencionados. Y para tener buenos sentimientos,
solidaridad, empatía etc. no hace falta ser cristiano: Innegable también. Pero
debemos advertir que, con su discurso, ella es la prueba viviente de que el cristianismo
ha tenido un efecto cultural benéfico sobre la sociedad. Ha tenido un influjo
innegable sobre cientos de millones de habitantes de la tierra y, junto al
aspecto dogmático, cada vez más en segundo plano, contiene unas enseñanzas
morales muy valiosas que son precisamente las que los comunistas como la Sra.
Carmena quieren destruir.
Yo le diría a esta señora que el
espíritu de la Navidad – que ella no tiene – es el que enseña a los más
desfavorecidos a no odiar a los que más tienen, es el que respeta a las familias y
a los derechos individuales, el que no supedita a la persona frente a una
colectividad de diseño definida por los jerarcas totalitarios de turno.
Ella quiere coger lo que le interesa de la Navidad y colarse
en nuestros hogares hablando de niños y disfrazada de cordero inocente, pero es
una loba ideológica que cada día demuestra con sus actos que en realidad es una
máquina inflexible.
El verdadero sentido del mensaje de Carmena sería algo así
como éste: ¿Por qué todos los que no creemos
en Dios, tenemos que aguantar un año tras otro esta estúpida fiesta y no
podemos hacer nada para evitarlo? Vamos a hacer algo: Este año queridos
madrileños no creyentes el Ayuntamiento, que ahora es vuestro, va a procurar
que vosotros también podáis celebrar la navidad porque hasta ahora estabais
marginados y machados por los vencedores de la guerra civil que incluso después
del final de la dictadura, con el régimen del 78, os han impuesto una religión
opresora que no deseáis. Para ello voy a desposeer a los curas de la exclusiva
de la fiesta y vais a celebrarla todos.
"Todos Hacemos Navidad,
como dice el lema del Ayuntamiento, y la queremos hacer para todos, junto a
amigos, compañeros de trabajo, jefes y, por supuesto, familia", ha
apostillado Carmena, que ha añadido que el regalo que el Ayuntamiento desea
hacer a todos los ciudadanos es que Madrid pueda favorecer la navidad de cada
uno, la elegida por cada uno.
Todo esto no es más que una gran
falacia porque la navidad siempre ha sido de todos, creyentes y no creyentes. Y
solamente a los mal nacidos como a la alcaldesa, les molesta que los buenos
sentimientos provengan de una fiesta religiosa.

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