Tenían razón quienes titularon el libro: Es la intocable.
Pero eso no quiere decir que sea inocente. Da la impresión de que han sido
ignorados o no ponderados hechos o indicios que demostraban la connivencia de
la infanta en unas prácticas que cualquiera desde el primer momento sabe que
están mal. Si además la ley dice que por la cuantía que se deja de ingresar al
fisco unas determinadas prácticas constituyen un delito… pues está claro. Una
persona que ha sido formada en entornos de élite y que ha trabajado más de
veinte años en una entidad financiera, debería saber la responsabilidad en que
se incurre por firmar una escritura de sociedad. Debería también saber qué estaba haciendo su marido (en estros tiempos que corren de igualdad) y de dónde procedían los fondos que ella utilizaba para pagar el servicio doméstico de Pedralbes. El reconocimiento que la
sentencia hace de que un cónyuge por la confianza depositada en el otro, puede
verse eximido de las consecuencias de sus actos, trae unas consecuencias muy peligrosas
y una incertidumbre que en nada ayuda a la seguridad jurídica. De ahora en
adelante ¿Cuándo un participe en una sociedad familiar será realmente
responsable de la parte alícuota que le corresponda? ¿Cómo los organismo públicos como la Agencia
Tributaria o la Tesorería General de la Seguridad Social, podrán derivar la responsabilidad
solidaria a los cónyuges?
Porque ¿Había o no delitos? ¿Se habría apreciado la comisión
de tales delitos en otra persona que no fuera la infanta? Ésa es la cuestión.
Ya desde la fase de instrucción se ha visto cómo el propio
gobierno español ha desplegado toda su artillería en favor de la infanta. Un
honrado y experimentado juez, ya en tránsito hacia la jubilación – que por
cierto hoy se muestra sorprendido por el fallo, e imagino que también muy
decepcionado – ha sido denostado de una forma sibilina y traicionado por el
fiscal, con el que hasta cierto momento de la instrucción llevó una relación
fluida y cooperativa. Se intuía perfectamente cual había de ser el contenido de
la sentencia cuando el fiscal replegaba velas y no solicitaba la imputación de
Doña Cristina para dos de las tres figuras delictivas que se barajaban. Uno de
los padres de la Constitución, el señor Roca Junyent asumió la defensa de la
esposa de Urdangarín y ese hecho, por sí mismo ya indica mucho: Qué contactos
no tendrá este señor entre los círculos de poder… y cómo va a arriesgarse,
además, a poner en riesgo su imagen en este juicio tan mediático, si no
estuviera seguro del resultado final del proceso.
Pese a este patente despliegue de máquina bien engrasada que
dedica ingentes esfuerzos para salvar a la infanta, la consigna ha sido la
contraria, y resultaba patético ver como hoy en muchos medios de comunicación
se insistía machaconamente en que la sentencia del caso Noos es la demostración patente de
que con la Casa real no se hacen distingos y que estamos en una democracia
porque la justicia alcanza a todos por igual. La verdad es que se ha hecho patente precisamente lo contrario.
Por lo menos, estos poderes no han podido evitar la
celebración del juicio y la publicidad de la vida indecente que quiso llevar
esta pareja real. Es verdad que ahora son conscientes de que la inmensa mayoría
de la población les desprecia hasta tal punto de que el nombre de una calle de
Palma de Mallorca ha vuelto a llamarse “La Rambla”, volando aquellos “ducs de
Palma de Mall
orca”.
Ha quedado patente al menos la conducta reprobable y nada
ejemplar de una miembro ilustre de la familia real, coincidiendo además con las
cacerías y la abdicación del padre. Y también se ha evidenciado que hay gente
que no merece estar en una élite, que conlleva obligaciones y responsabilidad.
Muchos de los que hoy somos críticos con la Infanta, Urdangarin o el propio rey
emérito D. Juan Carlos no sentíamos la necesidad de un cambio de régimen institucional:
Nos servía la monarquía parlamentaria y aceptábamos los privilegios que el
régimen reservaba a la familia real. Algunos de sus integrantes trabajan en el
sector privado: relaciones públicas de tal o cual perfumería o relojería de
lujo, pero al menos llevan su situación con una digna discreción. Tolerábamos el alto tren de vida y el elitismo
inmerecido que se desprendía de cada una de sus actuaciones o apariciones en
prensa, siempre que al menos cumplieran con su obligación. En el caso de la
infanta y su marido esa obligación además era bien sencilla: Solo debían servir
de florero. Y, a tal efecto a ambos se les había dotado de medios suficientes:
Urdangarin, por ejemplo trabajó como vicepresidente del Comité Olímpico Español
y ella, como decía, entró en La Caixa, donde nunca ha tenido dificultades. La ambición
y las ganas de distanciarse aun más de la plebe les condujeron probablemente a
delinquir y perder así la credibilidad y el respeto de la gente.
Que tome nota el rey Felipe VI. A él se le va a tolerar
mucho menos que a su padre y su hermana. Tiene que tener claro que está donde
está para ser ejemplar y no dar ni un solo escándalo. No se le toleraría: La
sociedad española está al límite, muy dividida en cuanto al modelo
institucional y se puede tornar mayoritariamente republicana.
Y dicho todo esto, repito: No soy un nostálgico republicanista, ni un ideólogo de izquierdas revisionista de la historia, ni cuestiono el régimen reformista de 1978. Soy un ciudadano decepcionado con sus representantes institucionales.

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