No tienen desperdicio. No sé cómo la gente no se da cuenta de que esta maldita coalición que nos gobierna ha destapado el tarro de la inmundicia en todos los terrenos que pisa, en todas las áreas. No hay aspecto en el que hayan supuesto una mejora para la generalidad de los ciudadanos, para el país. Gestionan mal, mienten, gastan irresponsablemente, son débiles ante los poderes fácticos del interior y del exterior, espantan la inversión, aúpan la mediocridad y le dan escaños, destruyen las instituciones, legislan sin pudor desde el ejecutivo, manipulan la historia, fracturan a la sociedad. Todo ha sido nefasto y hace falta un cambio de una vez por todas. Que se deje de identificar a esta gente con el progreso, porque en realidad el progresismo es un falso progreso trufado de trampas y engaños a la ciudadanía.
El verdadero progreso supone mejorar, y esta gente nos está debilitando. Nos está robando a todos los sectores productivos, a los sectores que realmente mueven un país. Las empresas, los inversores, los profesionales colegiados, los autónomos, y por supuesto también los trabajadores por cuenta ajena, todos están siendo atacados por un social comunismo. Sobre todo los trabajadores que dicen defender están siendo perjudicados porque se están perdiendo los empleos de verdad. Están desapareciendo los trabajos que llevan consigo un valor añadido y se están sustituyendo por pagas públicas que inutilizan a la gente, haciéndola pedigüeña y destruyendo su propia autoestima.
Las mentiras continuas ofenden a la inteligencia.
El socialismo de Sánchez está manchado de ignominia por asociarse con el terrorismo, el separatismo y el comunismo: tres monstruos, enemigos de nuestra democracia y, en general, de nuestro Estado, con los que Sánchez se encuentra firmemente comprometido. Tres manos viscosas que le aprietan los cataplines y retuercen hasta conseguir todos sus propósitos, a costa de unos vividores irresponsables que quieren seguir más tiempo en la Moncloa para cometer más irresponsabilidades y seguir robando.
Esta entente Quasimodo nos está destrozando la vida, introduciendo malestar y preocupaciones a quienes han trabajado para ahorrar y poder dejar algo a sus hijos, forzando en un trágala tras otro a quienes tienen todavía algo de celo para defender su libertad individual. Ya no hay nada individual todo se subordina a la colectividad o, quizás sería mejor decir, a la estupidez colectiva: Izquierdismo militante, agenda 2030, solidaridad forzosa con quienes se quieren aprovechar de ti, respeto obligado hacia figuras históricas ignominiosas, adoctrinamiento forzoso en las escuelas, blanqueamiento del terrorismo, cordón sanitario para aislar a quienes defienden la Constitución… y mientras, continuas subidas de impuestos, utilización del poder coercitivo del Estado para atracarnos y gastar el dinero obtenido con finalidades partidistas: Sueldos públicos, cargos a dedo de miles de asesores, asociaciones y fundaciones afines, subvenciones a organizaciones de amiguetes, sindicatos, comisarios de igualdad, de prevención de riesgos laborales, prestaciones, ayudas, subsidios… Este país no da para tanta imbecilidad.
La gente ya no percibe que luzca el dinero que paga. Todos está más caro, cuesta obtener atención en cualquier parte, la sanidad y la seguridad social están menos accesibles y han forzado a que los cotizantes (quienes sufragan el sistema) hayan tenido que migrar a la atención privada, dejando la pública (a la que tienen más derecho que nadie) para quienes no pagan. Ha desaparecido la mentalidad contributiva, del esfuerzo, del ahorro: Una pensión mínima contributiva ya es prácticamente igual que una asistencial.
El que nos gobierna, nunca reconocerá la mierda en que nos ha metido, con esa cara de silex que tiene y esas aristas cortantes de su personalidad. Ha sido una máquina de mentir y es hora de que la ciudadanía se lo censure, incluidos los socialistas honrados que pueda haber; la gente que aun siendo de izquierdas, tenga todavía algunos valores. Porque lo cierto es que puede haber en el marco constitucional un gobierno con mayor tendencia hacia la socialdemocracia. Por puro desgaste del PP, llegaría al poder sin necesidad de servirse del apoyo de todos los traidores que van contra el Estado. Los ciudadanos españoles deben percibir que estamos ante una anomalía muy grave que a medio o largo plazo hace inviable la convivencia y la existencia del propio Estado. Tiene que haber una alternancia entre partidos que respeten las normas y debería haber una modificación de la Constitución del 78 para impedir el chantaje de las minorías y la concurrencia y postulación para cualquier puesto de poder de aquellos que propugnen la independencia. Tiene que impedirse la mentira y la manipulación que se está impulsando en algunas comunidades autónomas a través de los respectivos sistemas educativos.
¿Quién dice que las comunidades vertebran España? Para poder ser vertebradoras deberían ser leales, solidarias y respetuosas con el poder central y con las restantes comunidades. Ninguna de esas condiciones son cumplidas. Por el contrario, ciertos poderes locales emplean el dinero público recaudado en todo el país, para llevar a cabo un socavamiento incesante de la idea de España y una lucha contra sus instituciones dentro y fuera del país, buscando siempre la desacreditación del Estado en el que se inscriben y su perjuicio, aunque ello redunde en beneficio de intereses ajenos. Eso se llama traición.
Son traidores porque, siendo su obligación defender el interés general de la nación española, basan su estrategia en el beneficio de unos pocos, precisamente de aquellos que la repudian. Y lo hacen con fines partidistas.
Modificar el título Octavo de la Constitución es imprescindible: No necesariamente para que desaparezcan las comunidades, pero sí para hacerlas más leales al Estado y para que éste recupere alguna de las competencias que deberían haber sido siempre materia reservada.
Tenemos más descentralización que muchos estados federales. Somos un verdadero experimento político y no hay ninguna garantía de que esto vaya a finalizar bien.
Paralelamente habría que modificar también la regulación electoral para conseguir una correlación más justa entre votos y escaños y para exigir unos límites mínimos de representatividad con un reparto homogéneo en todo el territorio nacional para poder concurrir a las elecciones generales, todo con el fin de evitar los chantajes en los que puedan caer gobiernos centrales cuyos representantes parlamentarios vayan justos de votos.

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