Fundamentalismo

Unas caricaturas publicadas en un diario danés han desatado en todo el mundo musulmán unas movilizaciones que llegan a lo inaudito y hacen pensar seriamente en el peligro que corre este mundo en el que vivimos.
No es que Bush y Aznar tengan razón; no les quiero dar la razón. Está mal eso de inventarse amenazas nucleares para desatar guerras e invadir territorios ricos en petróleo. Pero es cierto que hoy más que nunca las democracias occidentales deben ser fuertes y defender a capa y espada unos principios sólidos en los que no son admisibles políticas de partido. Dicho de otro modo: No podemos tener un partido (ahora en el poder) que, solo por orillarse en el extremo opuesto del PP, hable de alianza de civilizaciones y predique tolerancia con los extremistas musulmanes. La antipatía provocada por Bush y el seguidismo de Aznar fue un filón de votos rápidamente advertido por el PSOE y, sobre todo a partir del atentado de Atocha, se hizo creer a la población que con una política nueva de tolerancia con las miniorías musulmanas nos veríamos libres de esa amenaza y contribuiríamos a que en el mundo libre todos viviéramos en paz y armonía.
Nada más lejos de la realidad. Es posible que la torpeza de Bush haya despertado a un gigante dormido. Pero ese gigante existe y va a por nosotros. Los musulmanes no se conforman con ser minorías religiosas en el mundo occidental. Quieren implantar su modo de vida: Más atrasado, más intolerante, menos equitativo, más cruel. Quieren exportar su estupidez: Precisamente la que les hace ser más atrasados. Esa estupidez colectiva que procede del fanatismo religioso y hace que la gente se transforme en hordas salvajes clamando castigos y venganzas por unas caricaturas, más o menos desafortunadas pero, en todo caso, inofensivas.
Y frente a esa estupidez se opone otra: la de las democracias occidentales. Esos daneses que afortunadamente son una minoría, manifestándose con pancartas en las que se lee "SORRY", que piden disculpas por haber ofendido al pueblo musulmán. ¡Qué bajo está cayendo el mundo civilizado! Que inoperancia, qué pasividad.
Yo agradecería en estos momentos oir mensajes de firmeza de nuestros políticos, en los que se expresara que no vamos a tolerar que vengan aquí a invadirnos con sus costumbres. Tienen derecho a llegar, a trabajar, a ganarse la vida, a integrarse. Pero no tienen derecho a alterar la sociedad creada. No tienen derecho a predicar y extender la intransigencia. Esa es mejor que la dejen en su pueblo de origen.
Las famosas viñetas no justifican desde luego el escándalo que se ha montado en la Comunidad internacional. No dudo de que sean ofensivas pero los gobiernos no pueden hacer nada. Siempre puede haber medios o personas insensibles hacia los valores religiosos de otras. Pero no por ello hay que criminalizarles a ellos y mucho menos a las socidades en las que viven.
A pesar de "defender la libertad de expresión", el presidente de la Federación de Entidades Religiosas Islámicas manifiesta que el límite está en el respeto a los derechos de los demás. Pero está equivocado: no hay ningún derecho que obligue a alguien que no cree en Alá ni en Mahoma, a abstenerse de hacer una caricatura. La caricatura no tiene por qué criminalizarse, no va más allá de una simple ofensa desafortunada, pero no es un delito. Mal estaría nuestra sociedad si este desatino constituyera un delito, porque entonces significaría que estamos cediendo a una sociedad opresiva, mucho más atrasada que la que hemos conseguido. Y esa sociedad, con todos su valores alienantes para el individuo y para la mujer, estaría importándose a través de la emigración y penetrando en la nuestra.
El islamismo radical practica de una forma descarada la globalización de la intolerancia, y hay determinados gobiernos pusilánimes como el nuestro, que le ayudan en esa labor.
Las sociedades desarrolladas no pueden claudicar frente a la intolerancia. Si las democracias son intrínsecamente débiles, hay que compensarlo de alguna manera. Deben invertirse partidas presupuestarias importantes, para infiltrarse entre los colectivos fundamentalistas musulmanes, para entrar a sus mezquitas y escuchar los discursos apologéticos de cualquier clase de violencia o de intolerancia. Debemos ser el Gran Hermano que vigile particularmente a esos colectivos, porque han demostrado sobradamente que son peligrosos. Como hemos visto, aunque presenten una cara amable, pueden estallar; y es entonces cuando se ve la irracionalidad colectiva en toda su dimensión. La religión y la fe pueden desnaturalizar al individuo hasta puntos increíbles.
El islamismo radical es capaz de lo peor en nombre de Alá o de Mahoma: Han anulado sistemáticamente a las mujeres, en sus países son más racistas que nadie (véase el personal de servicio de origen asiático que trabaja en Arabia Saudí, Emiratos, Dubai etc...), para ellos la vida humana no tiene valor (mandan a sus juventudes a guerras de religión o exterminan a minorías cristianas).
¡Dios nos libre de los creyentes radicales!

Unas caricaturas publicadas en un diario danés han desatado en todo el mundo musulmán unas movilizaciones que llegan a lo inaudito y hacen pensar seriamente en el peligro que corre este mundo en el que vivimos.
No es que Bush y Aznar tengan razón; no les quiero dar la razón. Está mal eso de inventarse amenazas nucleares para desatar guerras e invadir territorios ricos en petróleo. Pero es cierto que hoy más que nunca las democracias occidentales deben ser fuertes y defender a capa y espada unos principios sólidos en los que no son admisibles políticas de partido. Dicho de otro modo: No podemos tener un partido (ahora en el poder) que, solo por orillarse en el extremo opuesto del PP, hable de alianza de civilizaciones y predique tolerancia con los extremistas musulmanes. La antipatía provocada por Bush y el seguidismo de Aznar fue un filón de votos rápidamente advertido por el PSOE y, sobre todo a partir del atentado de Atocha, se hizo creer a la población que con una política nueva de tolerancia con las miniorías musulmanas nos veríamos libres de esa amenaza y contribuiríamos a que en el mundo libre todos viviéramos en paz y armonía.
Nada más lejos de la realidad. Es posible que la torpeza de Bush haya despertado a un gigante dormido. Pero ese gigante existe y va a por nosotros. Los musulmanes no se conforman con ser minorías religiosas en el mundo occidental. Quieren implantar su modo de vida: Más atrasado, más intolerante, menos equitativo, más cruel. Quieren exportar su estupidez: Precisamente la que les hace ser más atrasados. Esa estupidez colectiva que procede del fanatismo religioso y hace que la gente se transforme en hordas salvajes clamando castigos y venganzas por unas caricaturas, más o menos desafortunadas pero, en todo caso, inofensivas.
Y frente a esa estupidez se opone otra: la de las democracias occidentales. Esos daneses que afortunadamente son una minoría, manifestándose con pancartas en las que se lee "SORRY", que piden disculpas por haber ofendido al pueblo musulmán. ¡Qué bajo está cayendo el mundo civilizado! Que inoperancia, qué pasividad.
Yo agradecería en estos momentos oir mensajes de firmeza de nuestros políticos, en los que se expresara que no vamos a tolerar que vengan aquí a invadirnos con sus costumbres. Tienen derecho a llegar, a trabajar, a ganarse la vida, a integrarse. Pero no tienen derecho a alterar la sociedad creada. No tienen derecho a predicar y extender la intransigencia. Esa es mejor que la dejen en su pueblo de origen.
Las famosas viñetas no justifican desde luego el escándalo que se ha montado en la Comunidad internacional. No dudo de que sean ofensivas pero los gobiernos no pueden hacer nada. Siempre puede haber medios o personas insensibles hacia los valores religiosos de otras. Pero no por ello hay que criminalizarles a ellos y mucho menos a las socidades en las que viven.
A pesar de "defender la libertad de expresión", el presidente de la Federación de Entidades Religiosas Islámicas manifiesta que el límite está en el respeto a los derechos de los demás. Pero está equivocado: no hay ningún derecho que obligue a alguien que no cree en Alá ni en Mahoma, a abstenerse de hacer una caricatura. La caricatura no tiene por qué criminalizarse, no va más allá de una simple ofensa desafortunada, pero no es un delito. Mal estaría nuestra sociedad si este desatino constituyera un delito, porque entonces significaría que estamos cediendo a una sociedad opresiva, mucho más atrasada que la que hemos conseguido. Y esa sociedad, con todos su valores alienantes para el individuo y para la mujer, estaría importándose a través de la emigración y penetrando en la nuestra.
El islamismo radical practica de una forma descarada la globalización de la intolerancia, y hay determinados gobiernos pusilánimes como el nuestro, que le ayudan en esa labor.
Las sociedades desarrolladas no pueden claudicar frente a la intolerancia. Si las democracias son intrínsecamente débiles, hay que compensarlo de alguna manera. Deben invertirse partidas presupuestarias importantes, para infiltrarse entre los colectivos fundamentalistas musulmanes, para entrar a sus mezquitas y escuchar los discursos apologéticos de cualquier clase de violencia o de intolerancia. Debemos ser el Gran Hermano que vigile particularmente a esos colectivos, porque han demostrado sobradamente que son peligrosos. Como hemos visto, aunque presenten una cara amable, pueden estallar; y es entonces cuando se ve la irracionalidad colectiva en toda su dimensión. La religión y la fe pueden desnaturalizar al individuo hasta puntos increíbles.
El islamismo radical es capaz de lo peor en nombre de Alá o de Mahoma: Han anulado sistemáticamente a las mujeres, en sus países son más racistas que nadie (véase el personal de servicio de origen asiático que trabaja en Arabia Saudí, Emiratos, Dubai etc...), para ellos la vida humana no tiene valor (mandan a sus juventudes a guerras de religión o exterminan a minorías cristianas).
¡Dios nos libre de los creyentes radicales!
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