Los avances tecnológicos y la aparición de nuevos y baratos soportes informáticos han afectado en mayor medida a determinados productos culturales, ahora susceptibles a la replicación privada. El mercado del ocio audiovisual ha nacido prácticamente liberalizado, desde su paso a la digitalización. Y esto es así porque la conversión en archivos binarios de los textos, imágenes o sonidos permite su reproducción privada y su copia con unas dificultades técnicas muy reducidas.Ante este hecho inexorable, la industria de la cultura debe adaptarse a través de sistemas imaginativos que reduzcan costes, que inciten al consumo de productos originales, que diversifiquen la oferta, que eliminen intermediarios. Es decir: debe producirse la conversión de este sector, como sucedió sin ir más lejos con el carbón asturiano cuya producción estaba por encima de los costes asumibles.
En la cultura se argumenta que si no hay medidas proteccionistas para con los autores, la copia privada e Internet pueden traer consigo el fin de la creación y una subsiguiente sequía de obras artísticas y culturales. Pero cabe preguntarse:
¿Por qué el ciudadano ha de conformarse con pagar un precio fuera de mercado por esta obra cultural? Y lo que es peor ¿Por qué ha de hacerlo forzosamente quien no desea - en uso de su libertad ser consumidor de esa obra?
Pensemos en un arquitecto: El también es un autor de una obra cultural, sin embargo cobra en origen. Recibe su pago en una única vez y a nadie se le ocurre pensar que cada vez que pasemos - por ejemplo- andando por delante del cubo de Moneo tengamos que pasar por taquilla para pagarle derechos de autor. Su obra no se reproduce; Se produce. En el caso de la edición de libros discos o películas, la causa de que no estemos ante el mismo proceso no depende del autor que podría recibir un adelanto de la discográfica o de la editorial. Depende realmente de estas empresas, que no están actuando como tales y no quieren arriesgarse a tener pérdidas si el producto no tiene después el éxito esperado o deseado. Esta forma de pago es la que se ha puesto realmente en crisis ante las novedades técnicas que se vienen extendiendo, pero en lugar de revisarla se acude al Estado para que legisle medidas recaudatorias - el canon es realmente un impuesto indirecto sobre el consumo que viene a añadirse al IVA, o sea es un impuesto añadido al de valor añadido -.
Se dice que éste es un dinero que no va a las empresas editoras o discográficas. Naturalmente: Va a las arcas de la SGAE quien lo reparte con arreglo a no se sabe bien qué criterios entre los autores. Pero ello es porque las empresas repercuten sobre éstos últimos las pérdidas, intentando mantener incólumes sus beneficios. Los autores repentinamente asisten a una devaluación de su propia obra que deja de ser pagada porque sus empresas no recaudan lo suficiente.
Por otra parte, se interpreta que las empresas tecnológicas, que posibilitan el copiado de la obra de autor mediante los aparatos y soportes de clonado que comercializan, están obteniendo un beneficio como consecuencia de estos procesos de copiado y, por ese motivo encarece el precio de sus productos mediante el establecimiento de un canon que, como es lógico, ellas repercuten en el precio, yendo directamente a afectar el bolsillo del consumidor.
De este modo nadie pierde: Ni la empresa que contrata al autor, ni el propio autor, ni la empresa que comercializa la tecnología de copia... ¿nadie?
Si; Hay alguien que pierde. El consumidor, del que dependen todos los citados. Por eso han tenido cuidado de no elevar en exceso el porcentaje del canon. No quieren disuadirnos de que sigamos consumiendo sus productos. Solo quieren parasitar un poquito, sin excederse para no agotar la fuente de recursos.
El procedimiento en sí, adolece de muchos defectos y provoca a primera vista la sensación de que se ha recurrido a la vía más sencilla y menos imaginativa:
- El sector no solo no se plantea su reconversión, sino que nos repercute los costes a quienes no tenemos nada que ver con su declive. Es como si se hubiera creado un impuesto específico para que compensara las pérdidas de la minería asturiana y las minas siguieran vendiendo su poco competitivo carbón.
- El nuevo sistema es incapaz de discriminar cuando los aparatos o soportes gravados con el canon se van a utilizar realmente para realizar copias; en muchos casos -probablemente en la mayoría - se usan para grabar o reproducir datos personales o copias originales legalmente adquiridas. El uso que se da a las cámaras de fotos digitales (también gravadas con este canon) es de forma abrumadora privado. Lo mismo sucede con los teléfonos móviles: Solo una parte de la población los usa para almacenar tonos o canciones. La inmensa mayoría los utilizamos para enviar o recibir llamadas o mensajes y no vamos más allá.
- El pago del canon no discrimina entre obras extranjeras o españolas, ni entre autores asociados a la SGAE o no asociados. Si se hace una copia privada, por ejemplo de un archivo mp3 de una canción de los Beatles, no se está provocando ninguna pérdida a los autores españoles. La realidad es que muchos de los soportes adquiridos para copias (CDs y DVDs) realmente se usan para copiar obras extranjeras. En el caso de las películas esto es un hecho apabullante: las películas españolas no es que no queramos copiarlas, es que mayoritariamente no nos interesa ni verlas en el cine. ¡Qué gran paradoja que sus autores cobren prebendas de la SGAE porque supuestamente la ciudadanía copia privadamente sus obras! (será por eso por lo que no van a los cines a pasar por taquilla: estamos todos como locos copiando los títulos españoles y bajándolos de internet).
- El pago del canon se justifica por la realización de copias privadas, pero los soportes originales siguen conteniendo los sistemas anti-copia. Entonces, en qué quedamos ¿Es legal o no, la copia privada? Y si no es legal ¿Cómo se justifica el canon? Y si es legal ¿Por qué se permite el software anticopia en los soportes originales?
- El nuevo sistema permite que una entidad, por completo privada, recaude lo que constituye un verdadero impuesto y destine la recaudación a fines que ella misma determina sin dar cuentas a nadie, permitiéndose así una opacidad y descontrol que jamás se permitiría con los caudales públicos de una administración cualquiera (ya sea local, central o autonómica).
- El nuevo sistema consagra un clientelismo político, pervirtiendo un sector que, de por sí, debería caracterizarse por su independencia de criterio y falta de alineamiento. Ahora la SGAE y sus integrantes pasan a engrosar la nómina en la que ya figuran tantos otros "estómagos agradecidos" al PSOE de Zapatero (y con ello se hacen automáticamente sospechosos de parcialidad en sus obras, en muchas de las cuales no por casualidad se revive ultimamente todo eso de la Guerra Civil y la memoria histórica). Ese clientelismo no discurre en una única dirección sino que es una verdadera relación sinalagmática de reciprocidad: El gobierno paga favores pasados de este sector (con su lucha a favor de la "paz") y el sector paga con su alineamiento izquierdista, en el que - todo hay que decirlo - los autores e intelectuales de bajo perfil siempre se han sentido más cómodos.
Por último señalar que muchos estamos hartos de alarmismo. Supuestamente los sistemas de copia y el abaratamiento y accesibilidad de la tecnología doméstica para clonar obras intelectuales van a acabar - como dicen - con la creación artística. Este argumento es más que discutible. Yo lo que creo es que los bienes culturales y artísticos están, como otros muchos bienes más prosaicos, dentro de sus mercados de consumo. Siempre ha sido así, y no hay razón para que se intervenga en el mercado de bienes culturales más que en otros. Los autores y artistas de éxito siempre han ganado mucho dinero y los que no tienen éxito, como pasa en todas las profesiones, deberían dedicarse a otra cosa en lugar de ser subvencionados.
El ciudadano, por otra parte, siempre va a consumir productos audiovisuales. De hecho, en estos tiempos los consume más que nunca y, como no es tonto, si el producto está ajustado en calidad y precio es seguro que preferirá el original antes que una mala copia. Pero también es cierto que ahora no se conforma con cualquier cosa, tiene más recursos para seleccionar. Es más libre y menos conformista. Ya no estamos por fortuna en los tiempos de los LPs en los que la discográfica de turno te sacaba al mercado tan solo seis o siete temas de un artista, de los cuales había un éxito en cada cara. No se editaban tantas recopilaciones como ahora, ni había tanta variedad o cantidad como hay ahora. El consumidor era un esclavo de lo que querían imponerle. Ahora podemos, si queremos, elaborar nuestros propios CDs mediante la compra legal en internet de los temas sueltos que prefiramos. Pues bien: toda esa competitividad y abundancia, lejos de perjudicar, es muy positiva para la creación.
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