
Los padres de muchos que hoy están cercanos al poder nos hubieran hecho un favor si hubieran abortado, pero en esos años estaba estrictamente penalizado, quizás hasta el punto de la exageración. El aborto era un tema que se entremezclaba con los principios dogmáticos de un catolicismo exacerbado. Había una política clerical o una religión politizada, pero la consecuencia era la falta de permisividad.
Hoy, más de veinte años después de la aprobación de la Ley del Aborto, nos encontramos con un incumplimiento flagrante de sus preceptos, resultando que el certificado médico necesario para justificar la concurrencia de los requisitos legales para el tercer supuesto (grave perjuicio físico o psicológico para la madre en caso de dar a luz), se daba sin examinar a nadie y se firmaba por facultativos a sueldo de la propia clínica cuyo negocio es precisamente el aborto.
Aparte de que convendría revisar el código deontológicio de estos profesionales, lo preocupante es que los poderes públicos no han tomado cartas en el asunto hasta que les han puesto el escándalo delante de sus mismas narices, en época preelectoral y con publicidad por medio. Es decir: No ha podido evitar implicarse aunque le hubiera gustado pasar. Porque sencillamente: Esta no es su guerra. Esta es la guerra de esa panda de pijos de la "Asociación Pro-vida".
Ahora falta ver cómo ha sido esta implicación: ¿Se han preocupado por hacer una regulación más justa, que protega también al nasciturus, además de a la madre? Parece que no; se limitan a anunciar una ley de plazos, lo cual significa legalizar el aborto libre si se está en plazo de gestación. En cuanto a aquellos supuestos en los que se incumpla el plazo - que seguirán dándose - estaremos en una situación idéntica a la actual. Solo quizás un poquito menos hipócrita.