Siempre se ha dado al hecho de tener un prejuicio, una connotación negativa. Se dice que no debemos emitir prejuicios y tener nuestra mente en blanco para lo que venga. Hay que estar abiertos a nuevas posibilidades, aunque resulten extrañas: Y así hoy vemos que algunas ideas van calando en una sociedad, cada vez más extraña y multicultural.
Pero los prejuicios de algún modo están basados en el conocimiento y en la experiencia. Y a las costumbres y en general las ideas conservadoras les ocurre lo mismo. ¿Hay que conservarlo todo? Por supuesto que no. Pero tampoco hay que cambiarlo todo de la noche a la mañana.
El ansia de cambio siempre supone criminalizar lo pasado. Lo anterior es malo, y por eso es necesario el cambio. Es, por tanto, un comportamiento reactivo, que se basa en algo anterior y ajeno a nosotros. Algo que queremos destruir o sustituir. Es una visión rupturista y radical y, como tal, niega la evolución paulatina y natural, para justificar el borrón y cuenta nueva.
Suele asociarse el progresismo con la izquierda en este país y el conservadurismo con la derecha. En ese reparto de roles, la izquierda felipista (pre-ZP) tenía ciertos prejuicios o tabúes que no llegó nunca a traspasar. Pero ese respeto por las reglas del juego le hizo perder votos y distancia con el partido gobernante. El PSOE estaba preso de las reglas del juego y necesitaba liberarse. Tenía demasiadas cosas en común con el PP; se había “aburguesado” hasta el punto de hacernos pensara a algunos, cómo se las iba a arreglar para gobernar, cuando salió vencedor en las elecciones de marzo de 2004.
Por eso comenzó con una trayectoria rupturista y reaccionaria, que ha explorado todos y cada uno de los recovecos donde pueda encontrar la disensión ideológica. La búsqueda de la diferenciación debía construirse sobre dos pilares fundamentales:
1.- Criminalización del contrario: Asociarle con el pasado franquista, con los regímenes antidemocráticos, con la guerra de Irak, con la explotación empresarial, con las cavernas.
2.- Apertura sin reservas a nuevas tendencias desoyendo el sentir y la sensibilidad de muchas personas: Aquí entra de lleno la nueva concepción de las familias, el aborto libre, la ridiculización de la Iglesia (ayudados por la propia Iglesia), el apoyo a las ideas republicanas, la identificación con loa nacionalistas, el poner a gente joven e inexperta en puestos de alta responsabilidad, el mal llamado “proceso de paz” etc…
Parece como si la principal regla del juego fuera no coincidir con el PP en nada. Se buscó su aislamiento en una especie de frentepopulismo, que ya empieza a quebrarse y se pretendió hacer pasar toda esta progresía precocinada como mayor sensibilidad y sentido social de los políticos.
Realmente lo que hicieron fue apartarse de la experiencia y obligarnos a experimentar un retroceso en el tiempo. El proceso de paz solo fue un balón de oxígeno para los terroristas. La alianza de las civilizaciones y la solidaridad con la población inmigrante eran un “bluff” del Sr. Caldera que ahora anda por ahí en su observatorio, sin hacerle caso nadie, mientras Rubalcaba incentiva las redadas y la caza de los “sin papeles”, la economía de la Champion’s league genera ahora más paro que el resto de Europa junta, las privilegiadas relaciones de amistad con los gobernantes sudamericanos nos han llevado a perder bancos en Venezuela, empresas de energía en Bolivia o aerolíneas en Argentina, gracias a la política exterior, la criticada judicialización de la política se ha transformado en una descarada politización de la justicia llevando incluso a la salida forzada del ministro de justicia del gobierno, después de los escándalos de Garzón y la cacería, la articulación de la reforma estatutaria en Cataluña se ha detenido en seco y el Estatut sigue embarrancado en el Tribunal Constitucional.
Esto es la muestra de que ha habido progresismo irreflexivo que solo buscaba ganar la batalla en cada momento. Hemos tenido y seguimos teniendo un gobierno táctico, pero sin estrategia definida. O quizás haya que decir que solo había una estrategia identificable como tal, que era la reacción frente al PP o la oposición frente a la oposición. Todo lo demás han sido ocurrencias, la mayoría desafortunadas, que nos van a costar muy caras a todos los españoles.
Pero los prejuicios de algún modo están basados en el conocimiento y en la experiencia. Y a las costumbres y en general las ideas conservadoras les ocurre lo mismo. ¿Hay que conservarlo todo? Por supuesto que no. Pero tampoco hay que cambiarlo todo de la noche a la mañana.
El ansia de cambio siempre supone criminalizar lo pasado. Lo anterior es malo, y por eso es necesario el cambio. Es, por tanto, un comportamiento reactivo, que se basa en algo anterior y ajeno a nosotros. Algo que queremos destruir o sustituir. Es una visión rupturista y radical y, como tal, niega la evolución paulatina y natural, para justificar el borrón y cuenta nueva.
Suele asociarse el progresismo con la izquierda en este país y el conservadurismo con la derecha. En ese reparto de roles, la izquierda felipista (pre-ZP) tenía ciertos prejuicios o tabúes que no llegó nunca a traspasar. Pero ese respeto por las reglas del juego le hizo perder votos y distancia con el partido gobernante. El PSOE estaba preso de las reglas del juego y necesitaba liberarse. Tenía demasiadas cosas en común con el PP; se había “aburguesado” hasta el punto de hacernos pensara a algunos, cómo se las iba a arreglar para gobernar, cuando salió vencedor en las elecciones de marzo de 2004.
Por eso comenzó con una trayectoria rupturista y reaccionaria, que ha explorado todos y cada uno de los recovecos donde pueda encontrar la disensión ideológica. La búsqueda de la diferenciación debía construirse sobre dos pilares fundamentales:
1.- Criminalización del contrario: Asociarle con el pasado franquista, con los regímenes antidemocráticos, con la guerra de Irak, con la explotación empresarial, con las cavernas.
2.- Apertura sin reservas a nuevas tendencias desoyendo el sentir y la sensibilidad de muchas personas: Aquí entra de lleno la nueva concepción de las familias, el aborto libre, la ridiculización de la Iglesia (ayudados por la propia Iglesia), el apoyo a las ideas republicanas, la identificación con loa nacionalistas, el poner a gente joven e inexperta en puestos de alta responsabilidad, el mal llamado “proceso de paz” etc…
Parece como si la principal regla del juego fuera no coincidir con el PP en nada. Se buscó su aislamiento en una especie de frentepopulismo, que ya empieza a quebrarse y se pretendió hacer pasar toda esta progresía precocinada como mayor sensibilidad y sentido social de los políticos.
Realmente lo que hicieron fue apartarse de la experiencia y obligarnos a experimentar un retroceso en el tiempo. El proceso de paz solo fue un balón de oxígeno para los terroristas. La alianza de las civilizaciones y la solidaridad con la población inmigrante eran un “bluff” del Sr. Caldera que ahora anda por ahí en su observatorio, sin hacerle caso nadie, mientras Rubalcaba incentiva las redadas y la caza de los “sin papeles”, la economía de la Champion’s league genera ahora más paro que el resto de Europa junta, las privilegiadas relaciones de amistad con los gobernantes sudamericanos nos han llevado a perder bancos en Venezuela, empresas de energía en Bolivia o aerolíneas en Argentina, gracias a la política exterior, la criticada judicialización de la política se ha transformado en una descarada politización de la justicia llevando incluso a la salida forzada del ministro de justicia del gobierno, después de los escándalos de Garzón y la cacería, la articulación de la reforma estatutaria en Cataluña se ha detenido en seco y el Estatut sigue embarrancado en el Tribunal Constitucional.
Esto es la muestra de que ha habido progresismo irreflexivo que solo buscaba ganar la batalla en cada momento. Hemos tenido y seguimos teniendo un gobierno táctico, pero sin estrategia definida. O quizás haya que decir que solo había una estrategia identificable como tal, que era la reacción frente al PP o la oposición frente a la oposición. Todo lo demás han sido ocurrencias, la mayoría desafortunadas, que nos van a costar muy caras a todos los españoles.