Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

25 de mayo de 2009

El aborto de las quinceañeras

Me pregunto cuál puede ser el motivo por el que políticos supuestamente maduros y responsables aprueban un proyecto de ley como la del aborto, que va a permitir a niñas menores de edad interrumpir su embarazo sin consentimiento de sus padres… sin que ellos siquiera lo sepan.

Se habla, además eufemísticamente de “interrupción”, como si la decisión no fuera irrevocable y el embarazo pudiera reiniciarse en el punto en el que se dejó. Nunca se ha querido hablar de terminación o finalización, lo que sería mucho más correcto.

Se habla de “embarazo”, por referir el asunto a la madre, como si fuera exclusivo o unilateral de ella, soslayando otra vida en marcha, ya iniciada. Un corazón que late con fuerza queriendo abrirse paso hacia el futuro. Es esa vida lo que se termina, por decisión de la madre. No se termina un proceso anónimo, no se termina un catarro.

Y el término “voluntaria” juega también al equívoco. Alude por contraposición al aborto espontáneo, que pueda producirse por causas naturales. Se quiere decir que el aborto es consecuencia de la voluntad de la madre. Ella supuestamente decide. Pero no siempre es así. Cuantas chicas embarazadas hubieran tenido el niño de haber recibido ayuda. Cuantas han quedado arrepentidas después ¿De verdad había voluntariedad? Por eso será más correcto hablar de “deliberada”.

¿Qué pasaría si en vez de hablar de “interrupción voluntaria del embarazo”, habláramos de “Finalización deliberada de la vida del feto? Sin duda esta terminología sería más próxima a la realidad. Luego ya es cuestión de valorar a quién y por qué le parece más grave el hecho.

Pero hay otra mezquindad añadida. La asociación del aborto con los temas de igualdad de género. Cuando esperar un hijo se concibe como un problema, resulta natural pretender que su solución no quede en manos de otros (en este caso, de los hombres). Mujeres que se ven a sí mismas como receptáculos de algo tan real como odioso para ellas. Algo alienante, que les va a impedir su progreso, que les va a cercenar tantas oportunidades. - ¿Por qué me ha tocado a mí, y no al hombre que me preñó? ¿Por qué he de soportar esto yo sola? – se preguntan. Y claro que es un problema, por el que las mujeres merecen ayuda. Pero lo determinante es que en este caso, terminar con el problema es terminar con la vida del nasciturus. Y yo me pregunto ¿no hay otras formas de enfrentarse al problema? ¿Por qué los poderes públicos han de abogar por la solución más sencilla y deshumanizada? ¿Por qué ese pronunciamiento por la solución final? La respuesta es obvia: Solo piensan en la madre. Les da igual que sea una joven irresponsable a la que no permiten siquiera hacerse un piercing sin permiso de sus padres. En este caso sí que abogan por que ella decida sin contar con sus padres.

Naturalmente ella no les importa nada. Solo quieren el voto de una joven rebelde que se sienta tan comprendida por un gobierno progresista como rechazada y despreciada por la derechona y la Iglesia que le impiden liberarse del yugo. Ese yugo al que llamaremos niño que nunca llegó a nacer.

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