El dictador Francisco Franco, en la madurez de su mandato, cuando en los años sesenta miraba al país desde el paternalismo, recibió muchos honores prodigados por adláteres caciquiles y demás gente afín. Muchos beneficiarios del régimen que hicieron fortunones a su costa, agradecidos – no se sabe si sinceramente o con una perspectiva utilitarista del momento – buscaban la manera de agradarle a él o a su familia. Nadie hoy se acuerda de ellos. De hecho han pasado ya treinta y cuatro años desde la muerte del dictador. Uno tras otro, estos años han traído inexorablemente el olvido de esos tiempos franquistas en los que el pulso de la nación palpitaba desde la residencia de “su excelencia el Jefe del Estado en El Pardo”.
Que los honores eran inmerecidos, no lo discute nadie. Seguramente tan poco justos como muchas de las estatuas o de los nombres de calles que hoy pueblan nuestra ciudad, pero mucho más interesantes de manipular. La izquierda de hoy se siente incómoda con cada recuerdo del dictador y, bajo el pretexto de borrar esos recuerdos (de los que nadie se acordaba) consiguen que nos acordemos de lo malvado y abyecto que era.
Ésa es la táctica. En el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, por ejemplo, han gobernado durante muchos años y nunca Tierno, Barranco o Leguina consideraron oportuno desempolvar esos viejos odios (por mucho que estuvieran seguros de que la legitimidad democrática les hubiera permitido hacerlo). Era una cuestión de oportunidad, o quizás es que la política era algo más noble o ingenua que ahora. Por eso lo hacen ahora, habiendo tenido sobradas ocasiones para hacerlo antes.
En estos tiempos en los que no se desaprovecha ninguna oportunidad por pequeña que sea para desacreditar al adversario político, el socialismo y en general la izquierda, piden a gritos – porque eso es precisamente lo que quisieran - que el PP salga en defensa de los símbolos que van encontrando y destruyendo del pasado. Ya sea estatua, lápida, nombre de calle, título honorario, donación… todo lo que huela al régimen anterior lo sacan a la palestra para denostarlo públicamente. Quisieran que el PP cayera en el error de defender esos símbolos. Si así fuera tendrían ya el argumento definitivo para cimentar sólidamente las críticas que, de hecho, ya hacen y pasan por asociar a la derecha actual con el antiguo régimen.
Constituye un juego peligroso el dar a la izquierda un plus de legitimidad por el mero hecho de ser la parte derrotada en el desgraciado enfrentamiento armado que hubo en nuestro país, y considerar a la derecha de hoy como heredera de la dictadura resultante. Este simplismo maniqueo fractura a la sociedad y desata enfrentamientos. Si de verdad existiera un ánimo conciliador, no se plantearían estas cuestiones desde un planteamiento partidista.
Por eso creo que han acertado los concejales del PP cuando ayer se ha votado por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento de Madrid, la retirada del título de hijo adoptivo a Franco. Lo mejor que se puede hacer con esta izquierda revisionista de la historia es darles la razón como a un niño y no perder el tiempo con sus estupideces.
Y conste que no pretendo ofender a nadie. No me atrevería nunca a calificar de estupidez los sentimientos de aquéllos supervivientes de nuestra guerra civil a los que el régimen vencedor de la contienda les haya podido zaherir. Lo único que digo es que esa causa no puede ser objeto de manipulación política a día de hoy. No se puede utilizar continuamente el pasado como arma política del presente. Y mucha gente estaría de acuerdo conmigo si califico de estupideces muchos de los efectos colaterales de la llamada memoria histórica. Y si no ¿Qué opinar de la imputación de genocidios a autores que se sabe muertos y enterrados hace decenas de años, o del mero planteamiento de la idea de borrar todo signo franquista en iglesias y cementerios? Son esos despropósitos – nada inocuos además – los que califico de estupideces. Y no están los tiempos ni la crisis para permitirnos derroches de ninguna naturaleza.
Que los honores eran inmerecidos, no lo discute nadie. Seguramente tan poco justos como muchas de las estatuas o de los nombres de calles que hoy pueblan nuestra ciudad, pero mucho más interesantes de manipular. La izquierda de hoy se siente incómoda con cada recuerdo del dictador y, bajo el pretexto de borrar esos recuerdos (de los que nadie se acordaba) consiguen que nos acordemos de lo malvado y abyecto que era.
Ésa es la táctica. En el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, por ejemplo, han gobernado durante muchos años y nunca Tierno, Barranco o Leguina consideraron oportuno desempolvar esos viejos odios (por mucho que estuvieran seguros de que la legitimidad democrática les hubiera permitido hacerlo). Era una cuestión de oportunidad, o quizás es que la política era algo más noble o ingenua que ahora. Por eso lo hacen ahora, habiendo tenido sobradas ocasiones para hacerlo antes.
En estos tiempos en los que no se desaprovecha ninguna oportunidad por pequeña que sea para desacreditar al adversario político, el socialismo y en general la izquierda, piden a gritos – porque eso es precisamente lo que quisieran - que el PP salga en defensa de los símbolos que van encontrando y destruyendo del pasado. Ya sea estatua, lápida, nombre de calle, título honorario, donación… todo lo que huela al régimen anterior lo sacan a la palestra para denostarlo públicamente. Quisieran que el PP cayera en el error de defender esos símbolos. Si así fuera tendrían ya el argumento definitivo para cimentar sólidamente las críticas que, de hecho, ya hacen y pasan por asociar a la derecha actual con el antiguo régimen.
Constituye un juego peligroso el dar a la izquierda un plus de legitimidad por el mero hecho de ser la parte derrotada en el desgraciado enfrentamiento armado que hubo en nuestro país, y considerar a la derecha de hoy como heredera de la dictadura resultante. Este simplismo maniqueo fractura a la sociedad y desata enfrentamientos. Si de verdad existiera un ánimo conciliador, no se plantearían estas cuestiones desde un planteamiento partidista.
Por eso creo que han acertado los concejales del PP cuando ayer se ha votado por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento de Madrid, la retirada del título de hijo adoptivo a Franco. Lo mejor que se puede hacer con esta izquierda revisionista de la historia es darles la razón como a un niño y no perder el tiempo con sus estupideces.
Y conste que no pretendo ofender a nadie. No me atrevería nunca a calificar de estupidez los sentimientos de aquéllos supervivientes de nuestra guerra civil a los que el régimen vencedor de la contienda les haya podido zaherir. Lo único que digo es que esa causa no puede ser objeto de manipulación política a día de hoy. No se puede utilizar continuamente el pasado como arma política del presente. Y mucha gente estaría de acuerdo conmigo si califico de estupideces muchos de los efectos colaterales de la llamada memoria histórica. Y si no ¿Qué opinar de la imputación de genocidios a autores que se sabe muertos y enterrados hace decenas de años, o del mero planteamiento de la idea de borrar todo signo franquista en iglesias y cementerios? Son esos despropósitos – nada inocuos además – los que califico de estupideces. Y no están los tiempos ni la crisis para permitirnos derroches de ninguna naturaleza.
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