
Ayer publicó el diario El País una entrevista a Felipe González, muy reveladora. No sé si por la nostalgia, el remordimiento, o más probablemente por caer en la trampa del narcisismo ególatra, el ex presidente socialista da a entender que estaba en su mano – como siempre se había sospechado – el control de los mecanismos sórdidos y alegales del GAL.
Se regodea FG en los últimos tiempos por mostrarse de vuelta de todo. Por pura prudencia debería haber mantenido el engaño, debería haber seguido contribuyendo a que el ciudadano de a pie no vea ni sienta las cloacas. Así conseguiría no empeorar las cosas y no perjudicaría a su propio partido. Pero no puede evitarlo: las adulaciones que recibe –entre ellas la del propio periodista que le entrevista, rendido a su personalidad – le hacen perder la perspectiva. Se siente sabio y, en su autocomplacencia, deriva hacia la imprudencia. Ahí es donde se pierde.
Primero hace un ejercicio de maquillaje de su propia historia cuando dice que quiso irse y solo se quedo porque Alfonso Guerra le convenció para no descabezar el partido. Con eso se define como falto de ambición, como alguien que quería estar pegado al poder lo imprescindible: la realidad es que hubo que separarle de la Moncloa con soplete, casi. Estuvo en el poder desde el 82 hasta el 96 y aún quería presentarse de nuevo.
Añade, cuando habla de la corrupción que “Internamente, quizá sea uno de los factores de condicionamiento para apartarme de la política institucional después de salir del poder”. Pero no es así: De la política institucional le apartó en realidad su derrota frente al PP. El quiso ganar de nuevo. El se presentó a las elecciones pese a tener a medio gabinete corrompido. Lo que sucede es que las perdió, y su soberbia le impidió quedarse en la oposición.
En otro pasaje dice “La mayor aspiración que he tenido en mi vida es tener un cacho de tierra mía “. Continúa diciendo que solo quiere seis u ocho hectáreas; nada serio. Es decir: Tenemos nada menos que a un ex presidente, todavía afiliado al partido socialista obrero español, cuya mayor aspiración es ser terrateniente.
Aboga por la iniciativa empresarial en otro pasaje: “… en la cultura en la que vivimos, que es la europea, faltan los emprendedores. Incluso cuando hay empresarios, faltan empresarios emprendedores. Falta en el país la cultura emprendedora ligada a la iniciativa con riesgo”. Y se descubre - ¡He ahí la gran paradoja! – como formador de emprendedores.
Hay pasajes de la entrevista en que parece uno de esos charlatanes americanos que cobran un montón por dar conferencias para borregos, llenas de recetas tan inútiles como vistosas. Se le ve ahí la faceta del conferenciante.
También se le ve el plumero cuando dice que tiene el despacho en la calle Velázquez, de Madrid: la más indicada para un socialista ejemplarizante.
Pero lo peor de todo, donde verdaderamente le ha perdido la suficiencia, ha sido al reconocer públicamente lo que no quiso declarar en su momento cuando fue llamado por la Audiencia Nacional: Que supo del secuestro de Segundo Marey, por las fuerzas de seguridad del Estado. Aunque a ese secuestro él le llama “detención” , los jueces que juzgaron a Vera y Barrionuevo lo calificaron como lo que era: Un secuestro. Añade que fue precisamente Barrionuevo el que dio la orden de soltarlo, lo que equivale a admitir que tanto Barrionuevo como él mismo tenían control sobre la situación o, dicho de otra manera: Quienes retuvieron a Segundo Marey obedecían ordenes.
Y ¿Qué decir de la decisión de FG de no volar por los aires a toda la cúpula de la ETA en Bidart? Dice en la entrevista que cuando se lo propusieron contestó que no. Con esta afirmación se ha revelado como el auténtico Mr X que tenía la capacidad decisoria suficiente para decidir sobre atentados cometidos por las FAS. Su soberbia le conduce a la torpeza. Le tenía por más inteligente. Por eso creo que esta clarificadora entrevista de El País le sitúa – sin pretenderlo – en una órbita muy humana y asequible, desmitificando la figura del honrado sabio retirado y entrando de lleno en un perfil siniestro y lleno de sombras.
Se regodea FG en los últimos tiempos por mostrarse de vuelta de todo. Por pura prudencia debería haber mantenido el engaño, debería haber seguido contribuyendo a que el ciudadano de a pie no vea ni sienta las cloacas. Así conseguiría no empeorar las cosas y no perjudicaría a su propio partido. Pero no puede evitarlo: las adulaciones que recibe –entre ellas la del propio periodista que le entrevista, rendido a su personalidad – le hacen perder la perspectiva. Se siente sabio y, en su autocomplacencia, deriva hacia la imprudencia. Ahí es donde se pierde.
Primero hace un ejercicio de maquillaje de su propia historia cuando dice que quiso irse y solo se quedo porque Alfonso Guerra le convenció para no descabezar el partido. Con eso se define como falto de ambición, como alguien que quería estar pegado al poder lo imprescindible: la realidad es que hubo que separarle de la Moncloa con soplete, casi. Estuvo en el poder desde el 82 hasta el 96 y aún quería presentarse de nuevo.
Añade, cuando habla de la corrupción que “Internamente, quizá sea uno de los factores de condicionamiento para apartarme de la política institucional después de salir del poder”. Pero no es así: De la política institucional le apartó en realidad su derrota frente al PP. El quiso ganar de nuevo. El se presentó a las elecciones pese a tener a medio gabinete corrompido. Lo que sucede es que las perdió, y su soberbia le impidió quedarse en la oposición.
En otro pasaje dice “La mayor aspiración que he tenido en mi vida es tener un cacho de tierra mía “. Continúa diciendo que solo quiere seis u ocho hectáreas; nada serio. Es decir: Tenemos nada menos que a un ex presidente, todavía afiliado al partido socialista obrero español, cuya mayor aspiración es ser terrateniente.
Aboga por la iniciativa empresarial en otro pasaje: “… en la cultura en la que vivimos, que es la europea, faltan los emprendedores. Incluso cuando hay empresarios, faltan empresarios emprendedores. Falta en el país la cultura emprendedora ligada a la iniciativa con riesgo”. Y se descubre - ¡He ahí la gran paradoja! – como formador de emprendedores.
Hay pasajes de la entrevista en que parece uno de esos charlatanes americanos que cobran un montón por dar conferencias para borregos, llenas de recetas tan inútiles como vistosas. Se le ve ahí la faceta del conferenciante.
También se le ve el plumero cuando dice que tiene el despacho en la calle Velázquez, de Madrid: la más indicada para un socialista ejemplarizante.
Pero lo peor de todo, donde verdaderamente le ha perdido la suficiencia, ha sido al reconocer públicamente lo que no quiso declarar en su momento cuando fue llamado por la Audiencia Nacional: Que supo del secuestro de Segundo Marey, por las fuerzas de seguridad del Estado. Aunque a ese secuestro él le llama “detención” , los jueces que juzgaron a Vera y Barrionuevo lo calificaron como lo que era: Un secuestro. Añade que fue precisamente Barrionuevo el que dio la orden de soltarlo, lo que equivale a admitir que tanto Barrionuevo como él mismo tenían control sobre la situación o, dicho de otra manera: Quienes retuvieron a Segundo Marey obedecían ordenes.
Y ¿Qué decir de la decisión de FG de no volar por los aires a toda la cúpula de la ETA en Bidart? Dice en la entrevista que cuando se lo propusieron contestó que no. Con esta afirmación se ha revelado como el auténtico Mr X que tenía la capacidad decisoria suficiente para decidir sobre atentados cometidos por las FAS. Su soberbia le conduce a la torpeza. Le tenía por más inteligente. Por eso creo que esta clarificadora entrevista de El País le sitúa – sin pretenderlo – en una órbita muy humana y asequible, desmitificando la figura del honrado sabio retirado y entrando de lleno en un perfil siniestro y lleno de sombras.
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