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Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

8 de noviembre de 2010

Se planta en Afghanistan para no recibir al Papa

Ha estado el Papa en nuestro país, en una visita nada casual, fruto seguramente de que la diplomacia vaticana vea con preocupación la beligerancia del laicismo, que está consiguiendo pírricas victorias con las que desarma otro más de los rasgos de identidad de nuestro país.

Desde que está en el poder Zapatero tiene clavada una molesta espina: Que la Constitución Española reconoce a la Iglesia Católica una prevalencia sobre las demás religiones con menor tradición. Nuestra Carta Magna quiso así hacerse eco de una tradición de siglos que impregna por completo toda nuestra cultura y que encuentra acomodo en el sentir y las más profundas convicciones de muchos millones de españoles.

Por las razones que sean y aún cuando habláramos de injusticias históricas del pasado – de las que no somos responsables quienes vivimos hoy – lo cierto es que las demás confesiones son minorías a mucha distancia. Y alguna de estas minorías confesionales emparenta peligrosamente con tendencias fundamentalistas y regresivas, del todo alejadas de la tolerancia que hoy tiene la Iglesia Católica en la civilización occidental.

Sin embargo hoy parece que desde el gobierno hay un interés especial en implantar un igualitarismo en el trato, cuya artificialidad resulta sospechosa.

El Papa ha venido preocupado, para prestar apoyo a una Iglesia, la española, que antes se desenvolvía con comodidad y sin oponentes. Durante toda la dictadura y en los primeros tiempos de la transición la Iglesia fue respetada y ahora hay una tendencia a ofenderla deliberadamente como una forma rentable de cosechar votos.

La reforma del código civil para traer el matrimonio entre homosexuales o la Ley del aborto son buenas muestras de ello. Ese afán del actual gobierno de demoler todas nuestras tradiciones y no dejar títere con cabeza, está haciendo como es lógico mucho daño a la Iglesia. Pero no es solo este gobierno irresponsable. Es la propia sociedad acelerada en la que vivimos la que nos conduce a sumergirnos cada mañana en un mundo en el que cada vez escasean más los principios sólidos. Detrás de esos principios está, para mucha gente, la ausencia de temor y la esperanza. Sean ciertas o no las enseñanzas doctrinales de la Iglesia actual, quienes creen en ellas, no se merecen el trato institucional dispensado por el gobierno.

Hay muchas muestras del gobierno rompedor y con poco talante del Sr. Zapatero. Y ya sabemos que la Iglesia es una de sus obsesiones.
La última de las muestras de su poca simpatía, ha sido la contraprogramación de su ministerio de defensa, que le ha preparado una visita a nuestras tropas de Afghanistán, a la que ha marchado para no tener que estar presente en los actos de Santiago y Barcelona (como debería). En cinco años Zapatero no ha visto oportuno desplazarse a ese destino donde están nuestras FAS. Ni siquiera en las Navidades, fechas en las que se ha dirigido a ellos por videoconferencia, ha estado allí. Ahora se ha plantado allí por sorpresa en una de sus acostumbradas visitas de Estado a países de tercera (como la primera visita en la que se va a estrenar trinidad Jiménez, a Ecuador y Bolivia). ZP se ha reservado un rato en el aeropuerto de El Prat para cubrir el expediente, por supuesto – como siempre en los últimos tiempos – lejos de la gente de la calle, que le hubiera abucheado sin contemplaciones.

El sectarismo en su modo de actuar y la falta de sentido de Estado resultan ya ofensivos para muchos españoles, que lejos de sentirnos representados por este gobernante nefasto, nos avergonzamos hoy de tenerle en La Moncloa y de que ofenda de esta manera al más alto dignatario de la Iglesia, que se merece un respeto por lo que representa y por los fieles que tiene detrás.

Benedicto XVI debería haber rechazado la entrevista con ZP, un cadáver político, cuya hedionda compañía no le sirve de nada. Pero, con una suprema tolerancia y una generosa buena disposición aguantó sus sandeces durante unos minutos y a buen seguro no le recriminó su continuos ataques a la Iglesia, dando a su interlocutor una lección de profesionalidad y diplomacia

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