Para Zapatero han sido un batacazo estas elecciones, para el PP la cosa sigue igual. Y los nacionalistas de CiU no deberían echar las campanas al vuelo porque han sido depositarios de un voto de moderación y descontento con las vías y soluciones rápidas y chapuceras del tripartito patrocinado por el PSOE de Ferraz.
La situación sigue siendo verdaderamente complicada, aunque se ha clarificado un poco el horizonte. Primero tenemos el tripartito, los impulsores de aquel pacto de Tinell, al que – no olvidemos – también se apuntó CiU. Han seguido una estrategia imposibilista, encaminada a la cosecha del voto nacionalista en las elecciones generales, a través del pasteleo y del engaño a los nacionalistas, haciéndoles creer que había alguna vía de independencia o federalismo. Pero los catalanes han visto cómo han sido sacrificados en aras de los resultados a nivel nacional. El controlado y desacreditado Tribunal Constitucional dictó una chapuza de sentencia, tardía y llena de matices indeseables para los políticos catalanes, quienes sabían que el gobierno estaba detrás.
El pueblo catalán también ha visto cómo la Generalitat ha estado en manos de unos políticos de baja categoría, radicalizados y en perpetuo enfrentamiento con Madrid, unos políticos que les han envuelto en una línea izquierdista y republicanista que no les interesa. Detrás del PSC encabezado por el charnego Montilla, vislumbran un sometimiento al socialismo constitucionalista y por mucho que éste ha hecho esfuerzos para ser el nacionalista más aparente, al final ha quedado descubierto.
Cabría preguntarse si en estos momentos el PSC puede estar interesado en escapar al control de la disciplina de Ferraz. El problema de este partido es que una gran parte de sus votantes no son nacionalistas, pero el pacto con ERC y con IC por llegar al poder, les ha llevado a un nacionalismo beligerante que no hubieran deseado. Por otra parte Madrid les ha dispensado en los últimos tiempos todo tipo de atenciones, desde nombramientos para importantes cargos y ministerios hasta inversiones que llegan al punto de la discriminación y el agravio comparativo con otras comunidades.
Pero todo eso no ha valido de nada. El electorado catalán ha dado un portazo a las manipulaciones. Desde esa óptica, el resultado electoral constituye un innegable adelanto: Al menos es fruto de una soberanía popular menos intervenida y más auténtica. La realidad forzada que tenían en la que convivían las izquierdas, mezclando constitucionalismo con radicalismo nacionalista, ha terminado por derrumbarse estrepitosamente y desgastar hasta el descrédito a quienes integraban el pacto.
Por su parte, el PP no tiene especiales motivos para sentirse satisfecho. Se han mantenido, sí. Hay quien dice que el electorado no les ha pasado factura por la interposición del recurso de inconstitucionalidad al Estatut. Pero eso es una obviedad ¿Cómo van a perder electores si los suyos son precisamente quienes están en desacuerdo con la ampliación del proceso estatutario? Es más: Si no hubieran interpuesto el recurso es cuando hubieran perdido votos. Pero da la impresión de que los electores del PP son un grupo estático en el que cabe perder si se hacen las cosas mal, pero es imposible conseguir incrementos, más allá de tres o cuatro escaños arriba si se hacen las cosas bien. Está topado, y da un poco lo mismo que el candidato sea Alicia Sánchez Camacho, Daniel Cirera o Alex Vidal Cuadras. Este último afirmaba que lo único que se ha hecho ha sido perder el tiempo porque las cosas vuelven a estar como hace quince años.
Pero ¿Están igual las cosas? No lo creo. La apisonadora del PSOE ha causado destrozos; la labor sistemática de erosión de las instituciones y de desestabilización rentabilizada y consciente ha provocado desperfectos de consideración. No es solo una pérdida de tiempo. Hoy tenemos una Cataluña más empobrecida, como el resto de España, a consecuencia de la crisis, pero tenemos también un escenario dañado fruto de los experimentos de pasteleo, a los que tan aficionados son los socialistas, tan amigos como siempre de las subvenciones y prebendas y tan enemigos de la producción y el trabajo.
La política rupturista y de enfrentamientos entre Cataluña y el resto de la nación ha provocado tensiones y descosidos, que ahora deberán repararse. Y en ello la mayor responsabilidad le corresponde a la Generalitat, que deberá acostumbrarse a la idea de un próximo gobierno del PP en La Moncloa. El PSOE se lo ha puesto difícil. Por su propio interés ha provocado el enfrentamiento con Cataluña, alentando divisiones y provocaciones diversas, entre las que destaca sobre todas, el texto insensato del Estatut. Por eso ahora, cuando CiU intente un acercamiento con el PP, si es que lo hace, deberá superar una dificultad añadida tejida desde Moncloa. Tendrán que hacerse amigos de quienes se opusieron a su Estatut planteando el recurso oportuno: Un verdadero desafío a su pragmatismo.
La otra opción es que se sacrifique a la cúpula actual del PSC, como artífices del tripartito, y los nuevos dirigentes se acerquen a CiU, apoyándoles puntualmente cuando lo necesiten. De ese modo habría una coalición con mayoría estable para gobernar en Cataluña, sin ayuda del radicalismo de ERC o IC y, por supuesto, sin necesitar para nada los cuatro votos de Laporta.
¿Serán capaces de hacerlo?
Veremos
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