Hace poco más de una semana, toda la costa este de Japón se estremeció como nunca antes y, con ella, el mundo entero. Un violentísimo terremoto sacudió el país y provocó después un tsunami que barrió la costa. Pudimos ver un desastre de dimensiones incalculables con casas y poblaciones enteras borradas del mapa y grandes barcos varados como ballenas tierra adentro sobre los escombros. Después de las primeras horas del desastre se cernió otra amenaza sobre la desgraciada población: Comenzaron a explotar los reactores nucleares de la Central de Fukujima que había sido seriamente afectada por el tsunami. El periodismo sensacionalista y pseudo científico se puso rápidamente en marcha y consiguió angustiarnos con el seguimiento de la crisis. Todo eran noticias malas. La situación estaba fuera de control y yo empezaba a temerme que la nube radiactiva empezara a extenderse por todo el mundo. Me acordé de la película “La Hora final” de Stanley Kramer, en la que los tripulantes de un submarino estadounidense descubren que toda una parte del mundo está muerta por un envenenamiento nuclear de la atmósfera y el resto del mundo tiene las horas contadas.
El desastre no ha podido ser mayor y le llega, además, al impresionable pueblo del mundo occidental en un mal momento, en el que se respira crisis por todos los lados. En pocos días nos hemos visto acorralados por los miedos de la civilización acomodada. El miedo a la escasez de recursos energéticos, el miedo al fundamentalismo, el miedo al desastre nuclear… Lo tenemos todo y no sabemos vivir en paz.
Reconozco que estoy superado y avasallado por tanta mala noticia, pero debo reservar un hueco para sentirme solidario con aquellos que han sido de verdad tocados por la desgracia. Todos esos japoneses que no solo han perdido su casa y sus seres queridos, sino que viven con la angustia de haber resultado contaminados por isótopos radiactivos. La crueldad de los elementos es a veces excesiva.
No dudo de que los japoneses saldrán adelante. Es un pueblo peculiar: Sufrido y disciplinado, demasiado introspectivo. Creo que sabrán trabajar para reconstruir su país, pero les costará. Pero para ayudarles debería haber un gran movimiento mundial de solidaridad con Japón, igual que lo hubo con Haití. No por ser un país desarrollado han sufrido menos.
Unos de los efectos del grave accidente nuclear de Fukujima, en el que está seriamente afectados cuatro de los seis reactores, ha sido el miedo de toda la comunidad internacional a esta fuente de energía. Otra vez se cierne sobre ella el rechazo de los verdes, que apuestan por energías renovables y no contaminantes. Ha constituido la excusa perfecta para que se renueve con brío el movimiento antinuclear.
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