Se ha ido al otro barrio un ridículo y trasnochado personaje. Quizás el creía que no podía morir, y le ha tocado. Ha sido la única manera de separarle de la poltrona del poder, en el que se había instalado, aprovechándose de la ignorancia de unas clases bajas que le han sostenido. Y han sido esas clases ignorantes las que, entrando al trapo de sus batallitas y creyéndose su escenografía populista a pies juntillas, han acudido a despedirle, agradecidos por las migajas que de él recibieron.
Este hombre que convivía de una forma insostenible con la economía mundial y con la iniciativa privada de su país era capaz de abusar del poder de un gobierno usurpado mediante reformas constitucionales dictadas por peleles en su beneficio. Y ese abuso lo cometía expropiando bienes privados para hacerse simpático a medio país, que le votaba, mientras insultaba a sus antagonistas en su "Aló presidente".
La clase beneficiaria de su política le llorará, le momificará, le venerará como el Simón Bolívar del siglo veintiuno, sin reparar en el inmenso daño que ha hecho a su país, hoy instalado entre las economías más desequilibradas y peor gestionadas del mundo. Porque lo que él no hacía era crear riqueza: Espantaba a la iniciativa, asustaba a capitales y empresarios y esquilmaba los recursos naturales sin reemplazarlos en economía productiva.
Algún día el pueblo venezolano se dará cuenta de su nefasta influencia.

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