He visto estos días en varios programas de tv a un activista catalán, de familia murciana por vía materna, que se ufana en enfrentarse al Estado español y a los españoles, con un desparpajo y una desfachatez propia de un irresponsable. No sé el motivo exacto por el que este individuo ha sido invitado por distintos medios, que le han dado cancha y micrófono. Puedo imaginar que lo que se está buscando es que quede retratada la versión más rancia y radical de un separatismo que se ha quitado ya la careta después de treinta años de democracia.
De esto es de lo que nos ha servido contemporizar con los nacionalismos, que es lo que hace al fin y al cabo el título octavo de nuestra Constitución. En los primeros años de la democracia esta solución sirvió para templar los ánimos. Pero hoy es un lastre que está haciendo daño y debilitando al Estado español. La transferencia de competencias en materia de educación ha servido para criar cuervos, como este señor, que se han transformado en un problema permanente y desestabilizador. Una especia de moscas cojoneras que vienen a añadirse a todos los graves problemas que hoy tenemos.
Como es natural otros Estados miembros de la Comunidad internacional que competirían con nosotros, están encantados de este debilitamiento, pero esto es algo que le importa poco a los independentistas. Cuanto más débil sea el Estado español, más facilidades tendrán para segregarse. Ellos se ven como una colonia y las colonias históricamente se han separado de las metrópolis cuando éstas han atravesado por dificultades.
Pero este planteamiento es una gran mentira y una irresponsabilidad. Los catalanes han formado parte de España desde sus mismos inicios. Forman parte de uno de los estados más antiguos de Europa, desde que se integraron los reinos de Aragón y Castilla en una corona única, porque ellos lo cierto es que formaban parte del reino de Aragón. Cuando aquel reino tuvo poder y territorios por todo el mediterráneo los catalanes no protestaban, cuando después el Reino de España puso en manos de los catalanes un grandísimo negocio textil, abriendo enormemente las expectativas de su comercio, tampoco protestaron. Las ansias de separatismo vivieron a partir de la pérdida de las colonias y la crisis del 98. ¿Qué eran entonces los catalanes, colonia o metrópoli?
Podríamos seguir haciendo incursiones en la historia y reflexionando sobre el papel de los catalanes en España. Hay apellidos catalanes que han prosperado y hecho mucho bien a otros territorios de España y hay muchos apellidos de otras regiones que se han establecido en Cataluña enriqueciendo esa Comunidad e integrándose en ella, pero sin dejar de sentirse españoles. Hoy la gente como Espot quiere buscar la destrucción de esos vínculos y el borrado de la historia. Quieren formatear el disco duro para escribir en él a su conveniencia.
Probablemente son conscientes de la gravedad de sus acciones y planteamientos pero lo dan todo por bien empleado porque se sienten unos patriotas libertadores. Pero les está sucediendo como a los borrachos, que perciben una realidad distorsionada en la que viéndose como seres cautivadores, la percepción que ofrecen a los demás es la de unos seres torpes y patéticos.
Ese ensimismamiento iluminado, propio de un cerebro lavado por años de martilleo propagandístico, razonamiento selectivo y planteamientos parciales y sesgados, les sitúa en una postura tan intransigente que les inhabilita como líderes, porque están conduciendo a una camino sin salida a los catalanes. Y éstos algún día les recriminarán por su irresponsabilidad, porque lo cierto es que el pueblo catalán terminará esta fase de su historia como empezó: Integrado en España, único Estado nacional del que ha formado parte en toda su historia. Y esto es así porque ningún gobernante español puede permitir que prospere una segregación de esta naturaleza y porque la comunidad internacional es perfectamente consciente de dos cosas: Una, que no somos un Estado balcánico artificial y sin historia y dos, que si hay tiros, todo el mundo pierde y por desgracia en España tenemos el precedente cercano de la Guerra civil.
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