Algunos como Ansón, en su artículo de hoy en El Mundo, vienen a situar a Aznar como una especie de Pepito grillo, más allá del bien y del mal, que amenaza con retornar a la palestra si Rajoy no cumple con sus promesas electorales y no vuelve a la esencia del PP, ésa por la que le votaron sus electores.
Nadie más fuera de sospecha que yo, que vengo criticando a Rajoy por sus incumplimientos y por ser un títere manipulado por los bancos y por aquellos a quienes llama afectuosamente “nuestros socios europeos” para incumplir todas y cada una de sus promesas electorales y asegurare el beneficio – que se va – de los inversores extranjeros y de las multinacionales de la usura.
Estoy seguro de que en muchas de las cosas que dice, Aznar tiene razón. Pero me fastidia que sea él precisamente. Porque su gestión tiene mucho que ver con la ruina que padecemos actualmente: No supo diversificar nuestra economía y no frenó un desastre que muchos vaticinaban ya durante su mandato. Todo se sostenía con la construcción y se profundizó en el error, confiados por las cifras de un progreso ficticio de papel basado en el endeudamiento excesivo de las familias.
Esa situación tuvo mucho que ver en el desempleo posterior y el endeudamiento público. No lo digo por disculpar la gestión de Zapatero, que fue un auténtico desastre sin paliativos y nos dio la puntilla al país, dejándolo sin posibilidad de recuperación para muchos años. Pero sí lo digo como una acto de justicia para con la historia y la realidad.
Que ahora aparezca Aznar a enmendar la plana, parece una broma de mal gusto, porque durante su mandato las comunidades autónomas se desarrollaron y crecieron, haciéndose mayor la intrincada red de clientelismo que favorece nuestro actual sistema de partidos. Él tuvo también la mayoría absoluta y no redujo la administración ni los ayuntamientos. Bajo su manto protector han crecido y se han desarrollado sinvergüenzas de la talla del bigotes o Bárcenas
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