Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

21 de junio de 2014

Panorama incierto en la izquierda

Pedro Sánchez quiere acabar con la inviolabilidad del rey, Madina se declara republicano… ¿Ése es el debate que tiene hoy el PSOE?
Conduce a la preocupación el ver como las figuras emergentes que se van a pelear por la Secretaría General del Partido se centran en un discurso rupturista que nos lleva a la incertidumbre. Produce escalofríos pensar qué harían con nuestra maltrecha economía si estuvieran en el poder. Lo peor de todo es que a medida que se destroza el PSOE, la radicalización se va enseñoreando entre sus otrora votantes. ¿A quién conceder la confianza?
Hoy he oído a Joaquín Leguina. Si se presentara como candidato, le votaría. Tiene claro que quienes han cambiado han sido aquellos grupos de izquierdas que apoyaron la Constitución y ahora tienen un discurso distinto.
Susana Díaz, investida de una autoridad injustificada, habla con aparente responsabilidad: “Los socialistas debemos contribuir a la vertebración del país, que es lo que hemos hecho siempre, y no apartarnos ni un ápice de la Constitución…” hasta ahí muy bien, pero luego continúa: “También es cierto que la Constitución no la votó un gran sector de la ciudadanía actual, que entonces no tenía edad y es manifiestamente revisable”. Y éste es el mensaje que destroza la base de nuestro sistema. Ese afán de grandes partidos por sintonizar con minorías radicales, esas ganas de cambiar el sistema.
Han relacionado la crisis con un cambio de sistema, incluyendo las principales instituciones de nuestro Estado y no reparan en que abrir estos debates es retrasar la recuperación.
La crisis era financiera y el verdadero cambio no estaba ni está en manos de los políticos, al menos de los españoles. Lo que hay que hacer es esperar: Prepararnos como país con trabajo abnegado, defendernos comercialmente, apoyar a las empresas y la investigación española, establecer controles para terminar con el gasto público injustificado. Tener claro que estamos todos en el mismo barco. Si se sigue una trayectoria rectilínea y responsable, la vida empezará a mejorar para todos, tarde o temprano. No podemos estar a estas alturas planteándonos el reformar la Constitución para crear una república y además federal, por si fuera poco.
¿Alguien puede asegurarme a mí que si se modificara la Constitución y se creara una República Federal, Cataluña se comportaría igual que Baviera en Alemania, por poner un ejemplo? No tenemos ninguna garantía. Abriríamos el melón para nada. Los separatistas estarían en mejor posición: Más investidos de autoridad para seguir exigiendo la independencia. Los políticos independentistas del País Vasco y de Cataluña quieren un Estado propio. No se conforman con otra cosa… y seguirán molestando como moscas cojoneras hasta que lo consigan. Abrir el debate del federalismo, para mí se inserta en una línea de apaciguamiento que nunca ha obtenido resultados y que en realidad desvertebra España. Hemos visto como es radicalmente falso que dando mayores cotas de autogobierno se consiga una mayor cohesión nacional y solidaridad financiera entre comunidades: Es todo lo contrario.
¿Por qué abrir el debate? ¿Por qué debilitarnos como país?
Los que queremos a España estamos sufriendo y nos damos cuenta de que detrás de todo esto hay una lucha por el poder. No cabe duda de que a partir del 2004 los socialistas vieron el acercamiento a las tesis nacionalistas como una fuente de votos. Se insistió hasta la saciedad en la diversidad y en el respeto por las diferencias territoriales porque dependían en el Parlamento Nacional del voto de los vascos y de los catalanes. Localmente cosecharon buenos resultados.  Y consiguieron de forma transitoria lo que querían; Aislar al PP. Pero los nacionalismos se vinieron arriba y ahora tenemos el problema que tenemos: El órdago de Artur Mas y la consulta de noviembre (de hecho muy parecido a los que lanzó Companys a la República española aprovechando, como siempre con sentido oportunista, que atravesaba por momentos de debilidad).
En estos momentos los separatistas están contentos, porque saben que si uno de los dos grandes partidos de este país no quiere abrir este debate, el otro  -por llevar la contraria y encontrar acomodo ideológico – sí que va a apoyarles siempre. Han conseguido además que su discurso se asocie al progresismo; ya se sabe: Respeto por la diversidad etc. Quienes suscriben esas opiniones no reparan en que los localismos y los micro Estados no tienen nada de avanzado y que quienes no saben encontrar acomodo en un Estado que tiene a sus espaldas cientos de años de historia no hacen gala precisamente de mucha tolerancia y modernidad.

Esta gente pretende ahora asociar la Constitución de 1978 con la época de Franco. Resultado: La Constitución es añeja y hay que cambiarla. Valió para obtener consensos en aquellos momentos. Valió para unirnos todos frente a la amenaza militar, pero ya no vale. Ahora somos un país moderno y progre y además muchos de los jóvenes de hoy no la votaron (con los que el PSOE desesperadamente quiere sintonizar).  Sin embargo lo que en realidad están vendiendo algunos no es modernidad, sino algo chusco y añejo: Hoy Cayo Lara, por ejemplo ha aparecido en el Congreso con una escarapela, en el más puro estilo de la revolución francesa. Le falta pedir la cabeza de Juan Carlos. Pero no se da cuenta de que el PCE de Carrillo sí estuvo de acuerdo con la bandera española y con la monarquía parlamentaria. Entraron en esos acuerdos por responsabilidad política: Una responsabilidad que hoy les falta a nuestros políticos.

Hoy muchos pensamos ya que moriremos sin llegar a ver con nuestros ojos un Estado español cómodo dentro de su piel, pero al menos no quiero morirme sin ver un golpe de autoridad;  un basta ya a tanto despropósito. 

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