Lo primero que podemos decir claramente es que en realidad
no hay una dicotomía entre socialismo y liberalismo: Si asociamos con el
liberalismo el consumo y el mero hecho de querer tener bienes y propiedades, y
que la propiedad privada sea respetada, la gran mayoría de la población está
por el liberalismo. La población tiene una tendencia natural hacia el
aburguesamiento y solo cuando se ve privada abruptamente de este camino (por
carecer de ingresos y de crédito) se vuelve socialista. Aquel que no puede
aspirar a tener bienes de consumo por falta de recursos, no desea que los tenga
nadie o al menos se le antoja intolerable la situación de que a alguien le
sobren esos bienes de los que él carece: Esa es la esencia del comunismo, que
siempre está basado en la frustración. Es la ideología de los frustrados, que
con las crisis resplandece con más fuerza. Y si sabemos que existe una
ideología de la frustración, los manipuladores de masas que están agazapados
detrás de ella siempre aparecen prestos a cosechar éxitos en los momentos de
mayor sufrimiento de los indignados.
Pero ¿Qué es lo que ofrecen a estos ciudadanos frustrados? Ofrecen
la gratuidad. El gratis total; hacen creer a los indignados que los bienes no
tienen coste alguno, que ha de haber un papá Estado proveedor que reparta
subsidios, casas, ayudas de todo tipo y llegue a equiparar todas las prestaciones
que reconoce en el ámbito contributivo con las que concede en el ámbito
asistencial.
En la economía no existe la justicia entre otras cosas
porque no debe haber jueces que la impartan. Si quien se erige en juez y
pretende reparar las injusticias económicas, es un político que depende de los
votos de quien va a beneficiar con las ayudas, ya tendremos asegurado que tampoco
habrá justicia. Por lo tanto siempre nos veremos abocados a escoger entre la
injusticia natural y la artificial. La que viene dada por el reparto desigual
de la riqueza y la que procede de las manipulaciones políticas que, en base a
criterios falibles buscan la compensación de buena fe o directamente el
clientelismo que ahonda más en la injusticia.
Decididamente en España hay una cultura más de cigarras que
de hormigas y éstas últimas además están cada día más desprotegidas. Entre las
hormigas se podría incluir a toda la gran bolsa de clase media cada vez más
masacrada por los impuestos. Esta población, con la tremenda crisis que hemos
atravesado, se ha visto muy mermada, y es a las “hormigas” que han caído a las
que hay que ayudar. Sobre todo a quien después de ser ayudado pueda nuevamente
generar riqueza y provocar un efecto retorno de beneficio en toda la sociedad.
Pero el político populista de izquierdas, prefiere ayudar a fondo perdido a las
cigarras y prefiere tener a un colectivo cada vez más dependiente de las ayudas
públicas. El gran drama de los partidos de izquierdas es ver la deslealtad de
los desfavorecidos cuando después de haber venido a más no siguen otorgando un
voto de gratitud a sus “bienhechores”.
¿Qué se puede hacer realmente para solucionar esta situación? Se debe buscar a una ciudadanía formada e independiente, no adoctrinada, que tenga realmente oportunidades de progreso. Se debe luchar contra el desánimo e incidir sobre todo en los empleadores.
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