Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

19 de noviembre de 2018

La manipulación de la historia en cénit


Yo era una persona abierta durante la transición y los años posteriores. Ya entonces se bombardeó a la ciudadanía con una insistente publicidad contraria al franquismo. Alianza Popular, el partido heredero del régimen, estaba profundamente desacreditado con un montón de políticos intelectualmente muy brillantes, pero lastrados por haber formado parte de lo que se dio en llamar el “búnker”. Llegó la Constitución española y la reforma política, de la mano de un partido de centro que no era más que una amalgama de ideologías que no tardarían en enfrentarse. Fueron los tiempos de Unión de Centro Democrático con el que simpaticé, queriendo distanciarme ideológicamente de los extremos. Como mucha gente ansiaba la paz y la normalización de mi país
El socialismo llegó pronto al poder, en 1982. Apenas siete años después de la muerte de Franco, tiempo durante el cual otros tuvieron que impulsar la transición y desgastarse con ello.
UCD tuvo que orquestar un sistema de entendimiento entre todos, tuvo que soportar los años de plomo de la ETA, el ruido de sables de los militares, la exigencia de las izquierdas radicales, la crisis del petróleo, en suma los peores años del cambio, en los que nada estaba consolidado y los riesgos de involución acechaban detrás de cada esquina.
 El PSOE llegó limpio de historia sin que nadie le recriminara su pasado y su alta responsabilidad en el enfrentamiento cainita de España. Aparecieron como abanderados del cambio, manejando de forma maestra la propaganda y la publicidad engañosa, pero desenvolviéndose todavía en torno a un mensaje conciliador y a una reforma política. Gran parte de las adhesiones y del apoyo que recibieron fue precisamente por esto. Yo mismo – en mi gran  ignorancia – les voté entonces. Ese mismo PSOE fue capaz de renunciar (lo había hecho antes en el Congreso de Suresnes) al marxismo y la búsqueda de la dictadura del proletariado y fue capaz incluso de hacernos entrar en la OTAN.
El felipismo había llegado con el aura del cambio: Gente nueva y joven para oxigenar la política española. El mérito de permitir que llegaran democráticamente fue mío y de mucha gente anónima que les dio una oportunidad (aunque hoy no les voten).  Hoy, los más jóvenes que votamos la Constitución y en aquellas elecciones posteriores, superamos los cincuenta. Y, de verdad, estamos asustados con la falta de memoria histórica, aunque paradójicamente se esté insistiendo hasta la machaconería en ese mismo concepto.
Ahora se pretende que todo aquel proceso de transición, al que llaman “régimen del 78”, pase al olvido y en cambio se recuerden hechos que no hemos experimentado y que hoy reciben la traducción sesgada del cambio generacional y, sobre todo del interés político y sectario. ¿Por qué hemos de respetar una cosa y no la otra?
Se ha perdido el miedo y el respeto y somos inmisericordes autocríticos con nuestra propia historia sin conocerla realmente ni abordarla con una mínima objetividad. Todos los excesos ideológicos, todos los abusos de la izquierda, del anarquismo y del comunismo, se han olvidado, como si nunca hubieran existido y se centra el foco sobre un fascismo que ya no existe, porque la derecha de hoy no es fascista, aunque se empeñen, como tampoco lo fue la CEDA de Gil Robles, al que no dejaron gobernar, habiendo ganado las elecciones. 

Se ha desenterrado la tibieza que ya tuvo la izquierda en el 34 por los mismos motivos que ahora y se ha vuelto a apoyar a golpistas por pura conveniencia electoral. La traición a España que el socialismo perpetra hoy (como entonces) es lo que no se quiere que la ciudadanía perciba de ningún modo. El indultar a traidores que se han rebelado contra el orden constitucional es algo progresista y digno de elogio. Y en cambio defender la bandera por la que han dado su vida muchas personas a lo largo de la historia, es anacrónico y casposo. ¿Por qué? 

¿Acaso tenemos que ceñirnos todos a una hoja de ruta diseñada para todo un país, solamente porque le conviene a un partido político, a una ideología falsa y un grupo sectario? No debería ser así, pero lo permitimos. Cada día que callamos permitimos que el okupa de la Moncloa contamine la historia y el pensamiento de toda una generación tan descontenta como manipulable. 


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