Dicen que ETA se ha acabado y es cierto; pero ha sido de una manera vergonzante. Un país digno y seguro de su propio destino debe luchar contra este tipo de organizaciones y vencerlas. España debió demostrar que ETA no tenía razón, y no lo ha hecho, porque BILDU está en el Parlamento español, condicionando al gobierno español y, lo peor de todo, gobierna en la comunidad vasca, contaminando irremediablemente la historia y la verdad y ofendiendo a quienes eran inocentes y sufrieron la garra del rencor y el fanatismo. Eguiguren negoció con los vascos – tal y como hoy reconoce abiertamente – por mandato de Zapatero buscando conseguir (sí) el fin del terrorismo de ETA, pero haciéndolo de una forma indigna y partidista, pensando más en los intereses del PSOE que de España, sacrificando a las víctimas para contentar a quienes debían abandonar las armas, practicando la equidistancia y engañando a la historia de una forma obscena y burda. La única razón era – ha sido siempre, desde la guerra civil e incluso desde antes – que la izquierda necesita imperiosamente y busca la alianza del nacionalismo separatista.
Así sucede también en Cataluña. Y esa ha sido la explicación de la tibieza tradicional con los movimientos secesionistas (buscando con ellos siempre, a nivel central, una alianza frente populista para asegurarse el gobierno).
El
único paréntesis en el que el socialismo pudo permitirse cierta moderación y
sentido de Estado y, al menos en apariencia, pensó algo más en el Estado
español y sus necesidades, fue con motivo de su abrumadora victoria del 82 en
plena transición, estando ya desgastado UCD y siendo todavía Alianza Popular un
partido con tufo franquista y retrógrado, el PSOE era la gran alternativa, y
aprovechó su oportunidad. Fue tal el dominio, que el socialismo reformista
resultante de Suresnes se pudo permitir el lujo de meternos en la OTAN o acabar
con sectores enteros de la economía nacional en un proceso de reconversión que
supo vender como una necesidad nacional, pero pudo ser gestionado de otra
manera mucho más digna para nuestro país. Y sucumbieron la pesca, la leche, los
astilleros, los altos hornos, la minería del carbón, hasta el aceite se
desmanteló en gran medida porque le interesaba a Europa. Es verdad que, a
cambio entramos en Europa y nuestro país se modernizó pero pagamos un alto
precio, y todos los trabajadores de esos sectores desmantelados fueron
literalmente comprados y narcotizados con dinero de fondos europeos que el
gobierno del PSOE supo capitalizar bien, como un logro. Ahí quedaron por muchos
años los estómagos agradecidos de los mineros, los pescadores, los agricultores
y los obreros que agradecían inocentemente al PSOE el poder prejubilarse,
olvidando que la dignidad está en el trabajo.
Aquel PSOE de la transición – hoy casi
añorado – al menos no era radical. No necesitaba serlo, porque el régimen
anterior era rancio e indeseable y el liberalismo democrático era solo
incipiente y no estaba organizado (en realidad no lo ha estado nunca en España,
porque nunca ha pasado de ser una minoría).
La lucha contra los terroristas había llevado
de hecho a treguas porque la ETA estaba de hecho derrotada y los vascos estaban
hartos de violencia. El propio Aznar había llegado a negociar con ellos buscando
la entrega de las armas. Fue entonces cuando utilizó la desafortunada expresión
para calificar a los terroristas como “Movimiento de liberación vasco” que
luego han repetido hasta la saciedad los socialistas para intentar demostrar
que han sido todos iguales con la ETA.
La realidad es que fue un intento, entre dos
o tres que hubo, que únicamente buscaba la entrega de las armas y naturalmente
se negociaba con contrapartidas que podían ser excarcelaciones o acercamiento
de presos, si había arrepentimiento (lo que no es criticable y siempre ha
sucedido).
Zapatero inauguró una nueva vía cuyo hecho
diferencial (que muchos no quieren ver) consistió en la negociación política y
la equidistancia: Solamente por conseguir la finalización del terrorismo (y ser
considerado como el hombre de paz, de aquí a la eternidad… quién sabe si
pensaba también en el premio nóbel) incurrió en dos concesiones novedosas a los
terroristas que ya no han apartado de la línea de actuación del PSOE: por un
lado reconocer a los terroristas como interlocutores políticos para hablar con
ellos de temas de fondo sobre la relación de Euskadi con el Estado español de
una forma bilateral, como si se tratara de dos Estados y por otro lado
practicar la equidistancia reconociendo a los vascos y por ende a los terroristas
la condición de víctimas de no se sabe qué malos tratos, cuando en realidad han
sido verdugos.
Esto no lo hizo nunca Aznar, y el matiz es
importante. Como lo es también el contexto, que volvemos a recalcar: La
necesidad de la izquierda de contar con el voto nacionalista.
Si nos trasladamos a Cataluña, sucede lo
mismo. Zapatero rompió allí la baraja, llegando a traicionar a los propios
catalanes. Les prometió (sin poder hacerlo) que España y su Parlamento
aceptarían lo que los catalanes determinaran a través del suyo. Después de
capitalizar convenientemente esa toma de postura lo cierto es que la aplicación
inmediata del Estatut quedó en suspenso como consecuencia de un recurso de
inconstitucionalidad que interpuso (no le quedó otro remedio) el PP y el
Tribunal Constitucional con mayoría de magistrados favorables al PSOE, estuvo
cuatro años sin dictar sentencia. El motivo estaba claro: La sentencia no iba a
ser en su integridad, favorable a los catalanes, en el sentido de que alteraba
muchos preceptos, justamente aquellos en los que el Estatut se situaba en una
línea de soberanía y bilateralidad que chocaba con la Constitución Española de
1978 (por ejemplo la pretensión de crear una ley de planta judicial propia en
la comunidad que pusiera fin a la vía jurisdiccional). La sentencia
desfavorable a los intereses del PSOE salió en el momento oportuno: En junio de
2010, justamente un mes después de la dimisión de Zapatero.

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