
El juez estrella Baltasar Garzón pensó quizás que iba a dar una imagen de firmeza ordenando traer a los dos piratas somalíes a España y el gobierno, de acuerdo con él y buscando los titulares, llevó adelante la operación y los trajo a nuestro territorio. Creyeron dar con la solución y se metieron en un camino laberíntico de difícil salida.
Ahora están los piratas amenazando con ejecutar a los marineros españoles de tres en tres si no se envía a su país a sus dos colegas apresados. Tenemos, mientras, a dos fragatas paralizadas asistiendo, sin un pestañeo, a la escena y viendo cómo se llevan a tierra a los tres rehenes.
Las familias de los marineros han explotado y, en su indignación claman contra un gobierno tan buenista como incapaz. Un gobierno inútil que pudo callarse el apresamiento de los dos piratas, para poder tener una libertad de maniobra y proceder in situ al canje de los prisioneros. En lugar de callarse, se los trajeron aquí, como si se tratara de una gran victoria, quizás con la intención de airear públicamente el juicio o de transmitir a la ciudadanía que todo el mundo tiene derecho a un juicio justo y que en este país somos muy respetuosos con la justicia.
Ahora la situación se ha tornado más peligrosa y acuciante. La ministra pacifista no sabe qué hacer. ¿Qué puede hacer una paloma para liberar a la presa de una rapaz?
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