
Me lleva de forma insoslayable a unos momentos de reflexión la catástrofe apocalíptica de Haití. El tremendo terremoto que ha castigado hasta lo indecible a una población que ya estaba deprimida parece, visto desde fuera, el fin del mundo. Allí, desde luego lo ha sido para muchos. Y sin embargo la vida continúa, como si la naturaleza, con su dureza de pedernal pasara página antes de tiempo y dijera a los haitianos: “Ahí os quedáis, sin encontrar siquiera el cuerpo de vuestros seres queridos, sin un maldito cobijo, sin nada que comer. Tenéis que sobrevivir, y serán sólo los más fuertes y desalmados quienes salgan adelante. ”
Los efectos de este desastre, sumados a la situación que ya había, no se arreglarán ni en varias generaciones. Haití es un país fantasma. Es un zombie de la comunidad internacional que no saldrá adelante sin ayuda. Pero ¿Cómo ayudar? Lo que se ha demostrado hasta ahora es que por la propia naturaleza de la comunidad internacional, impera el desconcierto y la descoordinación. Están llegando toneladas de ayuda pero no es posible garantizar su entrega debidamente. Es desesperante enterarse de que no llega y de que los supuestos beneficiarios, los pobres supervivientes, o los menos pacientes de entre ellos, están llegando a la ira y el salvajismo. Seguramente por esas polvorientas calles sin forma y sin luz, repletas de cascotes y de cadáveres ya medio descompuestos, habrá niños inocentes deambulando o queriendo ratear para encontrar un poco de agua. Ya se han visto hombres con armas de fuego y machetes. La situación es de extrema urgencia.
Los EEUU están comenzando a enviar ejército. Hablan de que llega una fuerza de marines de 10.000 hombres, lo que ha provocado la indisimulada crítica de Francia. Tampoco la Europa “liderada” por Zapatero ha aplaudido la forma de intervención y ayuda que Obama ha decidido unilateralmente. Pero ¿Qué otras posibilidades hay? Mientras los burócratas europeos discuten, la gente se morirá de hambre o se pelearán hasta matarse por un pedazo de pan. Y entretanto en el aeropuerto se acumularán los palés con material sanitario y comida y todo lo que ha llegado fruto de la ayuda solidaria de tanta gente.
¡Claro que es necesario un ejército!, y el de los EE.UU. es el más cercano. Lo que hace falta es que se garantice que esa potencia no se va a cobrar de alguna manera la ayuda. El premio a esa ayuda debe ser el aplauso internacional y el mayor crédito frente a los restantes Estados. Nada más. Lo cierto es que poco más pueden obtener de un país como Haití, sin grandes riquezas naturales y absolutamente expoliado por una política irresponsable. El plantearse si los haitianos pierden o no la soberanía por la intervención de los Estados Unidos es ahora una muestra de inoperancia y de pasividad intolerables a la vista de la situación que hay.
Los efectos de este desastre, sumados a la situación que ya había, no se arreglarán ni en varias generaciones. Haití es un país fantasma. Es un zombie de la comunidad internacional que no saldrá adelante sin ayuda. Pero ¿Cómo ayudar? Lo que se ha demostrado hasta ahora es que por la propia naturaleza de la comunidad internacional, impera el desconcierto y la descoordinación. Están llegando toneladas de ayuda pero no es posible garantizar su entrega debidamente. Es desesperante enterarse de que no llega y de que los supuestos beneficiarios, los pobres supervivientes, o los menos pacientes de entre ellos, están llegando a la ira y el salvajismo. Seguramente por esas polvorientas calles sin forma y sin luz, repletas de cascotes y de cadáveres ya medio descompuestos, habrá niños inocentes deambulando o queriendo ratear para encontrar un poco de agua. Ya se han visto hombres con armas de fuego y machetes. La situación es de extrema urgencia.
Los EEUU están comenzando a enviar ejército. Hablan de que llega una fuerza de marines de 10.000 hombres, lo que ha provocado la indisimulada crítica de Francia. Tampoco la Europa “liderada” por Zapatero ha aplaudido la forma de intervención y ayuda que Obama ha decidido unilateralmente. Pero ¿Qué otras posibilidades hay? Mientras los burócratas europeos discuten, la gente se morirá de hambre o se pelearán hasta matarse por un pedazo de pan. Y entretanto en el aeropuerto se acumularán los palés con material sanitario y comida y todo lo que ha llegado fruto de la ayuda solidaria de tanta gente.
¡Claro que es necesario un ejército!, y el de los EE.UU. es el más cercano. Lo que hace falta es que se garantice que esa potencia no se va a cobrar de alguna manera la ayuda. El premio a esa ayuda debe ser el aplauso internacional y el mayor crédito frente a los restantes Estados. Nada más. Lo cierto es que poco más pueden obtener de un país como Haití, sin grandes riquezas naturales y absolutamente expoliado por una política irresponsable. El plantearse si los haitianos pierden o no la soberanía por la intervención de los Estados Unidos es ahora una muestra de inoperancia y de pasividad intolerables a la vista de la situación que hay.
Ahora hay que ayudar rápido y con eficacia. Hace falta imponer una fuerza que coordine las ayudas y además abrir una conferencia internacional que tome las decisiones oportunas para impulsar la reconstrucción de ese país con la ayuda de todos. Lo último que necesita Haití son las palabras huecas como las que ha dicho hoy la vice Fernández de la Vega, señalando que quien debe salir de esto son los propios haitianos. Los antecedentes de este pueblo apuntan por desgracia a que se trata de ocho millones de personas que no pueden dirigirse a sí mismas. Y tanto menos en una situación como ésta. Necesitan una fuerza exterior. Necesitan una intervención, pero todos sabemos que unos de los principios esenciales del derecho internacional es el de no intervención. Allí hace falta un gendarme que organice el tráfico de las ayudas y las ONGs. ¿Quién quiere presentarse? ¿Por qué no los pacifistas armados de Carma Chacón?
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