Hay razones de fondo para luchar contra el principio atávico de la dominación del macho. Hombres y mujeres, gracias al desarrollo intelectual de nuestra especie debemos intentar coexistir en condiciones de igualdad, aunque seamos diferentes. Hoy no tiene sentido que un género se imponga al otro.Sin embargo la igualdad de sexos prácticamente nunca ha existido. Por tanto no se trata de un restablecimiento de derechos; es una implantación nueva que choca con casi toda la tradición que en nuestro entorno cultural lleva siglos atribuyendo al hombre una preponderancia sobre la mujer.
Hay que tener una exquisita sensibilidad para conseguir una implantación progresiva pero firme de la igualdad. Los extremismos y las prisas de los políticos (que quieren apuntarse rápidos y espectaculares logros en poco tiempo), son malos consejeros en este caso y huelen a electoralismo barato.
No es conveniente la imposición de medidas utilizando el poder coercitivo del Estado, sino la persuasión y la educación.
No debe mezclarse la igualdad de género, que es una lucha justa, con temas que encierran una problemática mucho mayor y distinta, como es el de la interrupción voluntaria del embarazo. Plantear el aborto como un logro feminista y un derecho, en lugar de un mal y un proceso traumático (que eso es lo que es en realidad) supone además de una trivialización, una grave irresponsabilidad que no genera adeptos ni simpatías para la causa. Pero además, consagrar este planteamiento sectario mediante una ley, aprobada por una mayoría mínima y forzada, gracias – como todo el mundo sabe – a pasteleos y acuerdos parlamentarios, sólo sirve para restar legitimidad al feminismo actual y asegurar la marcha atrás, en cuanto haya cambio de mayorías parlamentarias y de gobierno.
La discriminación positiva no es tampoco una ayuda a la causa. Las mujeres ayudadas por esta vía, ya sean altos cargos en la Administración que han sido designadas para cumplir con la cuota o integrantes del “casting” de ochenta candidatas para formar parte de Consejos de Administración, nunca sabrán si llegan graciads a sus méritos o sólo porque son mujeres. Una mujer que de verdad se sienta igual que el hombre no debe ceptar ayudas de este tipo.
Es bastante discutible que tengan que ayudar los poderes públicos en esta causa. Si acaso sería aceptable que ministerios implicados como Cultura o Educación, formaran parte de una Comisión interministerial constituida ad-hoc para la adopción de medidas a favor de la igualdad de género y contra la violencia machista. Un ministerio sólo para esto no se justifica ni siquiera en épocas de prosperidad: mucho menos en una situación de crisis económica como la que atravesamos.
Una lucha a favor de la igualdad de género necesita concitar el respecto de todos los sectores y, para ello, es imprescindible encontrar una mujer madura y respetada, que transmita sensación de equidad, de justicia, de respeto por los hombres (a ser posible casada y con hijos). Mujeres de ese tipo, existen, y ocupan puestos de alta responsabilidad en empresas y organizaciones. Lo peor para la causa es encontrar una jóven como Bibiana Aido, enchufada, “hija de”, sin méritos contrastados, chica de partido, imprudente e impulsiva, que no sabe lo que es luchar por una familia, mucho más difícil de digerir para sus oponentes. Está claro que no se busca la conciliación, ni los verdaderos avances. Lo único que se pretende es hacer tragar una píldora indigerible a los sectores más conservadores y tradicionales. Se busca la oposición. Se busca la reacción machista. Se pretende fracturar la sociedad para encontrar el rédito electoral.
No favorece tampoco a la causa la adopción de medidas absurdas y ridículas, como incluir en todos los planes de estudios de todas las carreras una asignatura troncal para estudiar el feminismo. Es decir, que examinen a nuestros universitarios/as de feminismo, cuando puede que estén estudiando cosas que no tienen nada que ver. ¿Qué pinta esa asignatura en carreras como la arquitectura, las ciencias exactas o la biología?
Otro aspecto que sin duda resta legitimidad a nuestro ministerio de igualdad es su silencio culpable frente a la actitud de otras culturas y religiones que –ésas sí – mantienen a la mujer en una situación de oprobio y humillación ante el hombre. No se conocen manifestaciones de repulsa de Bibiana Aido contra el fundamentalismo islámico y el maltrato a sus mujeres. Hoy el Islám es una religión en España que, aunque minoritaria, tiene cada vez más presencia. Y están extendiendo una cultura de la desigualdad en sus guetos culturales. En todas las grandes ciudades españolas ya hay barrios en los que proliferan los musulmanes y las mezquitas ¿Se va a implantar también allí, como asignatura el feminismo? Muchos Imanes se partirían de risa si se adoptara esta medida. Pero la realidad es que el ministerio de Bibiana no se atreve a tanto.
En definitiva: Lo que resulta de temer con un ministerio tan incompetente y sectario como el que tenemos, es que haya una recidiva generalizada del machismo. Que paguen justas por pecadoras. Que tantas mujeres serias y trabajadoras que ya hoy se codean sin problemas con los hombres en todos los ámbitos, se vean perjudicadas por esta lucha feminista que no sienten (o que sienten de otra manera).
Si por feminismo hemos de entender la lucha contra la violencia de género, o la aplicación de medidas correctoras contra la dominación atávica del macho sobre la hembra, estamos todos de acuerdo. Pero es un proceso que hay que hacer con lealtad, todos de la mano, dando protagonismo a las familias, a las asociaciones y entidades privadas, consensuándolo entre los partidos. No hay por qué hacer política con este tema. Hay que tener una exquisita sensibilidad para no mezclarlo con la religión o la salud. La religión católica, por ejemplo, tiene unos antecedentes remotos y viene de tiempos históricos en los que el papel de la mujer era distinto – obviamente – al de ahora. En los primeros tiempos del cristianismo y durante todos los siglos que han venido después la figura de la mujer ha aparecido asociada a la familia, a la virginidad etc… El propio velo islámico podemos verlo en las imágenes de la Virgen María y de las monjas asociado a la limpieza de espíritu y de costumbres. Todo eso hoy puede parecernos una colección de patrañas ideadas por los sacerdotes y los miembros del Sanedrín para su conveniencia. Sin duda acertaríamos si estableciéramos la correlación entre estas ideas religiosas de limpieza y los celos atávicos y el sentido de propiedad de los hombres sobre las mujeres. Pero el hecho es que éstas han tenido un papel subordinado al hombre durante muchos siglos y si hoy hemos de derribar lo que queda de ese mito, debemos hacerlo de una forma responsable y respetuosa.
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