Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

1 de junio de 2011

Harto de la crisis

Estoy tremendamente harto de la crisis. El tema recurrente que de forma periódica salta a la palestra es una posible intervención de nuestro país por la UE. Hoy todos sabemos por desgracia lo que es la prima de riesgo y estamos continuamente oyendo hablar de que una subida un poquito mayor de los porcentajes que hoy ya hay, supondrá poco menos que transformar España en un protectorado, con todo lo que supone de pérdida de soberanía. Ahí está Grecia, que parece no ser capaz de afrontar sus pagos, porque los inversores se lo han puesto muy difícil.
Y en España, no sé si la situación es tan dramática o se está exagerando para provocar de una vez el derrumbre de este gobierno inútil que tenemos. Como español me siento rabioso porque en la UE hay lobos acechando y nosotros no estamos unidos ni somos capaces de afrontar de una forma seria nuestros problemas. Las economías extranjeras se están aprovechando de nuestra falta de unidad y de la debilidad institucional de un gobierno que está contra las cuerdas. Un gobierno que ha alentado irresponsablemente la desunión entre las comunidades de España, un gobierno que no lima las dificultades sino que las agranda.
Y mientras, los poderes fácticos arrecian con la presión. La población vive en medio de una alarma y una sensación apocalíptica. O al menos algunos lo percibimos así, y luchamos con racionalidad contra los negros presentimientos que nos provocan los numerosos agoreros que crecen como setas a nuestro alrededor.
Por primera vez me han asaltado temores sobre la quiebra del propio Estado. Mi sueldo como funcionario depende de los Presupuestos generales y sería demoledor encontrarme con que un mes no me abonan la nómina. ¿Será posible que lleguemos a esos extremos? De momento he podido ver cómo en poco tiempo familiares cercanos han perdido el empleo, he visto también como me han subido los impuestos, me han recortado el sueldo un 7 %, han subido el precio de muchos bienes de consumo, ha subido el tipo de interés de la hipoteca etc.
¿Qué más hace falta?
Empiezo a ver por otra parte como nuestra inclusión en la Unión Europea le ha podido servir a algunos españoles, pero a mí solo me ha ocasionado perjuicios. Cuando entyramos en la zona euro, el precio de todo pegó un subidón que no tuvo una correlativa subida de sueldos. En realidad nos empobrecimos todos un poco. Por si no fuera suficiente para cumplir copn los requerimientos de Mastricht y entrar en la zomna euro con una balanza saneada, se echó mano de los sueldos de los empleados públicos recurriendo aquel año a la congelación salarial. Productos básicos que costaban 100 ptas. pasaron a cobrarse a un euro (166 ptas.). La gente casi no protestó. Lo vieron normal. Nuestro país seguía siendo modesto pero ahora tenía precios de rico y todos nos lanzamos a disfrutar de nuestra condición de nuevos ricos. Naturalmente era preciso endeudarse pues nos faltaba liquidez. Y llegó un gran endeudamiento privado que vino muy bien a los bancos que con los créditos, además de obtener los correspondientes intereses, obtuvieron también clientes forzosos, con la nómina domiciliada. El pingüe negocio les hizo lanzarse a captar clientes cuya solvencia muchas veces era dudosa y les hizo tasar las viviendas por encima de su valor para facilitar el encaje de la ratio de riesgo de los solicitantes. Todo parecía funcionar hasta que llegó la crisis y repentinamente nos dimos cuenta de que se había construido en exceso y de que se habían concedido préstamos a mucha gente que tenía puestos de trabajo poco sólidos.
El consumo se retrajo ante la falta de liquidez e ingresos de mucha gente. Las empresas, además de notar el descenso de clientes y de ingresos, se encontraron con que se les cerraba la línea de crédito de forma injustificada, por los mismos bancos que ahora trataban de recuperar capital y de cuadrar sus balances. Y el gobierno, con una irresponsabilidad mayúscula, pensando siempre en clave electoralista y populachera, asumió un papel protector, gastando más dinero a raudales y añadiendo la deuda pública al endeudamiento privado. Por si fuera poco se dedicó, como un gobierno socialista que se precie, a gastar en nuevos capítulos generalmente en torno a la experimentación social, proliferando los cursos y subvenciones y la financiación de proyectos disparatados, creando ministerios innecesarios o ahondando en el particularismo de las regiones y comunidades autónomas, a las que se financiaban dispendios varios, solo por el hecho de ser socias en el Congreso de los Diputados, a la hora de votar.
¿Quiénes son más culpables? ¿Los bancos, los inversores extranjeros, el gobierno, la gente de la calle que ha desconocido sus limitaciones?
Quizás todos un poco. Pero ahora esto lo tenemos que pagar unos pocos que reunimos ciertos requisitos. A saber: Haber tenido la suerte de conservar un empleo, estar en la clase media y cobrar un sueldo transparente y blanco. Sobre nosotros se echarán como cuervos los políticos oportunistas, (lo han hecho ya) para obtener desesperadamente ingresos que les permitan seguir disfrutando de los coches oficiales y demás prerrogativas inmerecidas. Tenemos motivos para estar indignados, pero seguimos trabajando. Y mientras en esos movimientos de calle que están proliferando estos días podemos ver como abunda la gente que no ha dado un palo al agua en la vida, verdaderas cigarras que ante las inclemencias de estos tiempos de crisis demandan la ayuda de las hormigas.

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