Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

16 de febrero de 2012

Sedientos de sangre

Estamos sedientos de sangre: como integrante de la clase media pisoteada, mi indignación va en aumento. No he visto desfilar ningún cadáver político. No he visto ningún mangante condenado por los tribunales, y necesito verlo, para aplacar mi ira contra quienes siento que tienen una gran responsabilidad en los males que nos aquejam a todos.
La clase pudiente no tiene motivos de preocupación. Le protegen los propios políticos, evaden impuestos, obtienen grandes beneficios en los tiempos de crisis etc. Son unos pocos, pero cada vez más ricos.
Quienes se incluyen en la clase más desfavorecida no tienen nada. Naturalmente son los que peor están. En situaciones a veces dramáticas, pero muchos de ellos han estado siempre en la cuerda floja.
La paz es lo primero; es preferible ser pobre en una sociedad en paz que verse envuelto en un conflicto civil como el que tuvo España. La guerra civil tuvo un componente de lucha de clases. Había una clase más o menos numerosa que se deleitaba oyendo la palabra “revolución” porque no tenía nada que perder. Era tal la pobreza y abandono en los que se encontraban.
Había otra clase que se echaba a temblar con la misma palabra y por eso – entre otras razones – se llegó al pronunciamiento militar y la guerra posterior.
Todos perdieron con la guerra,, pero la clase media incipiente (menos numerosa que hoy) fue la gran perdedora desde el punto de vista patrimonial. Era la que tenía cosas que perder y las perdió. Imagino la desesperanza de aquekllos pocos que, teniendo la suficiente visión y formación asistieron impotentes al derrumbre de la sociedad de entonces. La guerra civil tuvo de forma anticipada unos grandes derrotados: los moderados de uno y otro signo. Los Besteiro, Portela valladares, Casares Quiroga y el propio Azaña. Incluso Gil Robles, no quiso saber nada de la guerra, una vez desatada.
Me siento mucho más partidario de una evolución con educación que de una revolución. Los pensamientos con el buche lleno suelen ser más construtivos y moderados, mientras que los pensamientos revolucionarios suelen conducir al desastre, que sólo termina arreglándose con la pérdida de una generación completa.
Por eso hoy deberíamos tomar buena nota de lo que sucedió a nuestro país no hace tanto. Se diría que muchos no tienen aprendida la lección más importante que se puede extraer de aquel conflicto: No son buenas las luchas de clases. No son buenos los extremismos. No son buenos los experimentos de progreso forzados por los poderes públicos.
Los políticos no son unos iluminados. La mayoría son más ignorantes que la media. Por eso deben saber escuchar la voz de la sociedad. Y la sociedad lo que quiere – lo que siempre ha querido – es trabajar. Tener medios para ser burguesa y consumista. Alguien que saca adelante a sus hijos y puede adquirir los bienes de consumo básicos y algunos otros no tan básicos, es alguien en paz; es alguien que no tiene ganas de bronca.
Hoy, por desgracia, tenemos una crisis económica de tal calibre, que la amenaza de desórdenes va en aumento. Por ahora las familias y algunas instituciones vienen sosteniendo a los más débiles y necesitados, contribuyendo a que se mantenga una cohesión social, pero el riesgo ahí está. No fluye el dinero. Cada vez hay más paro. Cada vez cierran más empresas. Basta que empeoren un poco más las cosas para que empiecen a anidar en los más desfavorecidos, los pensamientos  revolucionarios. Basta que la desesperación aumente un poco más, para que la moderación escape ahuyentada de las conciencias. Y entonces ya estará el caldo de cultivo idóneo para el desastre.


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