Estamos sedientos de sangre: como integrante de la clase
media pisoteada, mi indignación va en aumento. No he visto desfilar ningún
cadáver político. No he visto ningún mangante condenado por los
tribunales, y necesito verlo, para aplacar mi ira contra quienes siento que
tienen una gran responsabilidad en los males que nos aquejam a todos.
La clase pudiente no tiene motivos de preocupación. Le
protegen los propios políticos, evaden impuestos, obtienen grandes beneficios
en los tiempos de crisis etc. Son unos pocos, pero cada vez más ricos.
Quienes se incluyen en la clase más desfavorecida no tienen nada. Naturalmente son
los que peor están. En situaciones a veces dramáticas, pero muchos de ellos han
estado siempre en la cuerda floja.
La paz es lo primero; es preferible ser pobre en una
sociedad en paz que verse envuelto en un conflicto civil como el que tuvo
España. La guerra civil tuvo un componente de lucha de clases. Había una clase
más o menos numerosa que se deleitaba oyendo la palabra “revolución” porque no
tenía nada que perder. Era tal la pobreza y abandono en los que se encontraban.
Había otra clase que se echaba a temblar con la misma
palabra y por eso – entre otras razones – se llegó al pronunciamiento militar y
la guerra posterior.
Todos perdieron con la guerra,, pero la clase media
incipiente (menos numerosa que hoy) fue la gran perdedora desde el punto de
vista patrimonial. Era la que tenía cosas que perder y las perdió. Imagino la
desesperanza de aquekllos pocos que, teniendo la suficiente visión y formación
asistieron impotentes al derrumbre de la sociedad de entonces. La guerra civil
tuvo de forma anticipada unos grandes derrotados: los moderados de uno y otro
signo. Los Besteiro, Portela valladares, Casares Quiroga y el propio Azaña.
Incluso Gil Robles, no quiso saber nada de la guerra, una vez desatada.
Me siento mucho más partidario de una evolución con
educación que de una revolución. Los pensamientos con el buche lleno
suelen ser más construtivos y moderados, mientras que los pensamientos
revolucionarios suelen conducir al desastre, que sólo termina arreglándose con
la pérdida de una generación completa.
Por eso hoy deberíamos tomar buena nota de lo que sucedió a
nuestro país no hace tanto. Se diría que muchos no tienen aprendida la lección
más importante que se puede extraer de aquel conflicto: No son buenas las
luchas de clases. No son buenos los extremismos. No son buenos los experimentos
de progreso forzados por los poderes públicos.
Los políticos no son unos iluminados. La mayoría son más
ignorantes que la media. Por eso deben saber escuchar la voz de la sociedad. Y
la sociedad lo que quiere – lo que siempre ha querido – es trabajar. Tener
medios para ser burguesa y consumista. Alguien que saca adelante a sus hijos
y puede adquirir los bienes de consumo básicos y algunos otros no tan básicos,
es alguien en paz; es alguien que no tiene ganas de bronca.
Hoy, por desgracia, tenemos una crisis económica de tal
calibre, que la amenaza de desórdenes va en aumento. Por ahora las familias y
algunas instituciones vienen sosteniendo a los más débiles y necesitados,
contribuyendo a que se mantenga una cohesión social, pero el riesgo ahí está.
No fluye el dinero. Cada vez hay más paro. Cada vez cierran más empresas. Basta
que empeoren un poco más las cosas para que empiecen a anidar en los más
desfavorecidos, los pensamientos revolucionarios.
Basta que la desesperación aumente un poco más, para que la moderación escape
ahuyentada de las conciencias. Y entonces ya estará el caldo de cultivo idóneo
para el desastre.
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